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PARTE 2ª

INTRODUCCIÓN: DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA

A. Un modelo sobre el funcionamiento y posible evolución del ser humano.

 

Lo primero que debe hacer alguien que desee “mejorar”, sea lo que sea lo que entienda por tal (sufrir menos, dar sentido a su existencia, sentirse más querido, libre o seguro, disfrutar de la vida…), es darse cuenta de que, normalmente, actúa como un autómata, sin libertad, condicionado por su genética e historia y por las circunstancias del momento.

 

En la primera parte de este libro se plantea un modelo sobre el funcionamiento y posible evolución del ser humano en el que se muestra, entre otras cosas, cómo funciona el autómata y cómo puede dejar de serlo. Un resumen de los principales temas abordados en dicha obra se expone en el ANEXO I, en el que se explican los conceptos de “amor”, bien, emoción y ego; la relaciones entre autoestima, felicidad y estado de ánimo; la naturaleza de la mente y del sufrimiento; la personalidad y las compulsiones que la conforman; los conceptos de conciencia, “Yo” y consciencia, y las relaciones entre “Yo” y libertad, y entre fe y compasión1. En la siguiente figura se muestra, de forma simplificada, cómo funciona el autómata: 

 

Figura 0.1: El modelo del autómata: esquema básico


El autómata es el “organismo” (la unidad funcional) que resulta de la integración de tres elementos: el ego2 es el elemento que “manda” -mediante las emociones que genera- y que fija los objetivos; la mente piensa qué hacer para lograrlos; y el cuerpo hace lo que le ordena la mente para satisfacer al ego. El problema es que el ego hace de nuestra vida una contínua lucha por obtener y mantener bienes diversos (por motivos de los que ni siquiera solemos ser conscientes); que la mente, por su parte, nos obliga a pensar contínuamente cómo satisfacer los deseos del ego, preocupándonos inútilmente e impidiéndonos disfrutar del presente; y que nuestro cuerpo se resiste a obedecer a la mente, intenta que lo mimemos y toma el mando si una necesidad primaria (nutrición, descanso, sexo…) está insatisfecha.

 

Todo ello nos hace sufrir. Sufrimos cuando nuestro cuerpo se opone a lo que nos conviene; sufrimos, sobre todo, porque deseamos lo que no tenemos o tememos perder lo que tenemos; y aumentamos inútilmente nuestro sufrimiento al preocupamos por lo que no podemos resolver. Buena parte de este sufrimiento es debido a que nos comportamos como autómatas; es fundamental darse cuenta de cómo nuestras compulsiones, innatas (el anhelo de bienestar) o adquiridas (el ansia por el prestigio o el poder, por ejemplo) condicionan nuestra conducta; de ello se tratará en el siguiente apartado (B).

 

Para dejar de comportarme como un autómata no solo necesito minimizar y controlar mis compulsiones; necesito, paralelamente, comprender quién soy YO. Normalmente, cuando digo “yo quiero…” está hablando el ego; cuando digo “yo pienso que…” está hablando la mente; y cuando digo que “yo hago…” es la mente hablando de lo que hace el cuerpo. Sin embargo, yo no soy mi ego, ni mi mente ni mi cuerpo; ni siquiera soy el conjunto de los tres (el autómata); YO soy el que observa en la conciencia la secuencia de sensaciones, emociones e imágenes a la que llamo “vida” (apartados 9 y 10 del Anexo I).  

 

Soy o estoy consciente cuando soy dueño de mi atención y veo3 cómo las sensaciones, emociones y pensamientos (imágenes) producidos por mi cuerpo, ego y mente se concatenan y van determinando lo que hago (apartado 11 del Anexo I). Solo si soy consciente puedo decidir centrar mi atención en una cosa u otra y evitar así ese determinismo, típico del comportamiento del autómata. Cuando estoy “inconsciente” soy como el espectador de una película que está tan identificado con el protagonista que centra toda su atención en él y se olvida de sí mismo; solo si recuerda que él es el espectador (si se torna consciente) puede dirigir su atención donde él elija.  

 

En síntesis, para dejar de comportarme como un autómata debo minimizar mis necesidades/actitudes compulsivas y maximizar mi capacidad de mantenerme consciente, dueño de mi atención; estos dos objetivos son las dos caras de una misma moneda: son las compulsiones las que dificultan la consciencia y es desde esta que se puede luchar efectivamente contra aquellas. No se pretende aquí profundizar más en estos temas; eso ya se ha hecho en la primera parte de esta obra, en cuyo último capítulo se dan 15 recomendaciones dirigidas a facilitar la consecución de esos objetivos. Lo que se pretende es transformar esas recomendaciones en un conjunto sencillo de reglas de comportamiento que me permitan contestar a la pregunta (apartado C): ¿Qué debo hacer, en la práctica, para dejar de ser un autómata?

 

B. Nos comportamos como autómatas, aunque de formas muy distintas.

 

Las personas cuidan de sí mismas4, de sus familiares y amigos, y de sus posesiones; trabajan (prestan ciertos servicios) para obtener e incrementar esos bienes5; e intentan disfrutarlos si tienen ocasión6 aunque, a menudo, se aburren. La necesidad de seguridad física (no correr peligro) y la de bienestar (no sentir dolor, hambre, frío…) son predominantes. A continuación suelen prevalecer las necesidades de seguridad material (poder abastecerse y cobijarse) y de compañía (de familia/amigos, de disponer de amparo y poder “compartir las penas”). En general, para satisfacer la mayoría de estas necesidades básicas, debe disponerse de trabajo.

 

Las necesidades básicas, que son instintivas, nos condicionan y pueden llegar a esclavizarnos; un hambriento puede comportarse como un animal. Aparentemente, sin embargo, una persona que tenga razonablemente satisfechas esas necesidades, es libre para hacer lo que quiera, dentro de ciertos límites. Desgraciadamente, como se mostrará a continuación, esto no es cierto. Nuestra vida y nuestro comportamiento están determinados y ese determinismo conlleva un sufrimiento inútil. Somos como autómatas programados7 para reaccionar frente a los estímulos externos de forma que se maximicen nuestras probabilidades de supervivencia y reproducción, aunque sea a costa de sufrimientos injustificados. A la evolución, que nos ha ido conformando a lo largo del tiempo, no le importa nuestra felicidad, sino la supervivencia de la especie.

 

El curso general de nuestra vida viene básicamente determinado por la genética, el lugar y momento de nacimiento, y las “circunstancias familiares” (afectivas, socioculturales, económicas, etc.) de nuestra infancia. Evidentemente, no es lo mismo nacer guapo y saludable, o hacerlo con una grave minusvalía; nacer en la actualidad y en una urbe moderna, o hacerlo en una aldea prehistórica carente de infraestructuras; educarse en el seno de una familia unida, culta y con medios económicos, o criarse en un orfanato. Todas estas circunstancias tienen una gran influencia sobre nuestra vida y de ninguna de ellas somos responsables: nos vienen dadas.

 

Admitiendo lo anterior, puede argüirse que, aunque mi vida se desarrolle en un determinado marco familiar, social y económico, sigo teniendo un amplio margen de decisión: puedo decidir llevar una vida más o menos familiar; trabajar más o menos y hacerlo para conseguir unas cosas u otras; optar por emplear el tiempo de ocio en un tipo de actividad u otro, etc. Aunque, a primera vista, esto parezca evidente, tampoco es cierto. Las decisiones que se toman y, en definitiva, lo que se hace, depende de la suerte (de circunstancias externas sobre las que no se tiene control) y de la personalidad que, a su vez, viene determinada por ciertas “compulsiones” derivadas de experiencias más o menos traumáticas, normalmente ocurridas durante la infancia o juventud.

Según cuál sea su personalidad, un individuo puede dar mucha o poca importancia al  éxito, el poder, la familia, la independencia, las relaciones sociales, etc.; o puede reaccionar de distinta forma en una misma situación (de forma agresiva o huidiza, por ejemplo). Por eso, los comportamientos de las personas varían mucho de unas a otras. Para algunos el trabajo es una actividad que les permite entretenerse, mandar o mostrar su valía; para otros, es un sufrimiento que debe soportarse para ganar dinero; el dinero, a su vez, puede verse básicamente como algo que sirve para asegurar el futuro o bien para facilitar la diversión… y esta puede encontrarse, según los gustos, en actividades tan distintas como jugar con los hijos o hacer paracaidismo.

 

Admitiendo nuestros condicionamientos por razones de nacimiento o personalidad, aún puede argüirse, de forma aparentemente irrefutable, que en este preciso momento puedo decidir libremente si quiero comer en casa o ir al restaurante, mirar la televisión o hacer un crucigrama o, simplemente, dar una palmada o no hacerlo. Esto sí es cierto, pero muy engañoso. Si no me lo hubiera planteado, habría hecho indefectiblemente “lo que me hubiese salido”. La ilusión de libertad, profundamente arraigada, está producida por el hecho de que cada vez que alguien se pregunta (o le preguntan) si es libre, pasa a serlo, ya que se torna (momentáneamente) dueño de su atención.

 

Para que yo “haga lo que quiera” debo ser dueño de mi atención; eso es lo que significa ser consciente y lo que permite que deje de comportarme como un autómata; si soy dueño de mi atención puedo centrarla en lo que quiera, cambiando así el posible devenir de los acontecimientos. Habitualmente, yo no dirijo mi atención, que es captada por lo más novedoso, ilusionante o preocupante y pasa de una cosa a otra. Me llegan estímulos desde el exterior o desde mi propio cuerpo (estímulos cinestésicos), que originan sensaciones y emociones las cuales, a su vez, provocan pensamientos y acciones. En general, todos nos movemos como objetos que flotan en un río cuyo curso se ven obligados a seguir, pero con trayectorias distintas, según sean sus características individuales y las corrientes del entorno.

 

Los argumentos anteriores pretenden convencer al lector de que, normalmente, funciona en modo “automático/inconsciente” (aunque no se dé cuenta de ello), lo que le genera, además, un sufrimiento innecesario. Si el lector intenta aplicar las recomendaciones (las reglas de comportamiento) que se proponen en este libro, cuyo objetivo es el de evitar que se “funcione” de ese modo, lo primero que percibirá es lo difícil que le resulta ser dueño de su atención. Constatará, en la práctica, la validez de lo expuesto y deseará liberarse de su automatismo: ser dueño de sí mismo liberándose paulatinamente de la esclavitud que le imponen su ego, mente y cuerpo.

 

C. ¿Qué debo hacer, en la práctica, para dejar de ser un autómata?

 

Como ya se ha mencionado, en el último capítulo del libro “Del autómata al ser consciente” se presentan 15 recomendaciones, que se resumen a continuación, cuyo propósito es el de ayudarnos a liberarnos de nuestras compulsiones y ser cada vez más conscientes, para minimizar así el sufrimiento innecesario que sentimos y causamos.


Figura 0.2: Recomendaciones para facilitar la evolución personal


Las recomendaciones 1 y 10 plantean la necesidad de conocerse mejor y ser (más) conscientes mediante la práctica de la auto-observación y de la meditación. Las recomendaciones restantes son “operativas”: tratan de lo que debe hacerse o evitarse para mejorar el control sobre el autómata (en amarillo), y para evolucionar hacia el “ser consciente y compasivo” (en azul); su estructura se resume a continuación:

 

  1. Respecto al cuerpo, ego y mente se da una recomendación específica para cada uno: cuida tu cuerpo… (2), minimiza tu ego… (3) y controla tu mente… (4); una recomendación común a los tres (5): evita que el aburrimiento o el mimetismo dicten lo que haces, sientes o piensas;y tres recomendaciones aplicables al autómata (al conjunto cuerpo-ego-mente): afronta las justas obligaciones (6), evita la búsqueda compulsiva de aprecio (7) y no consagres el presente a pensar en el futuro (8).

  2. La recomendación 9 (comprende a tu prójimo y trátalo justamente) representa el tránsito entre las recomendaciones anteriores, centradas en el autómata (inconsciente y egocéntrico), y las que buscan su evolución hacia un ser consciente y compasivo: las recomendaciones 11 y 12 muestran la actitud propia de la persona consciente (experimenta el momento presente con una mirada inocente); la 13 establece la norma de conducta (acepta lo que venga -incluido el sufrimiento- y responde desde la consciencia); y la 14 fija el objetivo (intenta paliar el sufrimiento y la inconsciencia propios y ajenos); por último, la recomendación 15 promueve el desarrollo de un apego espiritual, una creencia “sentida” que suscite el amor al prójimo y a la vida.

Aunque tienen un carácter práctico, resulta evidente que nadie puede actuar pensando continuamente cuáles de esas 15 recomendaciones son aplicables en cada instante y situación, para decidir qué es conveniente hacer (o no hacer) en cada caso. El objetivo de este libro es, precisamente, solucionar ese problema. Suponiendo que una persona desee transitar el camino que va desde el autómata al ser consciente, aquí se aportan los elementos necesarios -elaborados a partir de dichas recomendaciones- para que esa persona sepa qué hacer, en general, y cómo comportarse en cada circunstancia. La mayoría de esos elementos no son más que reglas de comportamiento aplicables a unas pocas circunstancias tipificadas: si pasa eso, haz esto. Cada regla se basa en una recomendación o en una integración de varias de ellas. Para su elaboración se han tenido muy en cuenta dos cuestiones:

 

  1. Si uno quiere dejar de comportarse como un autómata, debe constatar que se comporta como tal y averiguar qué tipo de autómata es y cuáles son sus principales compulsiones; debe constatar también que no es “consciente”: que no es dueño de su atención, la cual pasa automáticamente de una cosa a otra. Todo eso le ayudará a motivarse y realizar los esfuerzos que necesariamente tendrá que hacer para liberarse de la esclavitud que le imponen su ego, su mente y su cuerpo… (no basta con desear adelgazar, por ejemplo, sino que es necesario ser capaz de mantener una dieta).

  2. Sea cual sea el grado de control consciente que una persona llegue a tener sobre sus actos, deberá seguir comiendo, cuidando de sus hijos, trabajando, etc.; en algún momento sentirá ira o tristeza si sufre una injusticia o pérdida, o se preocupará por su salud o por el riesgo de perder el empleo. Lo que se pretende es que una persona aprenda a actuar conscientemente -no automáticamente- en todas esas circunstancias; no se trata solo de que una persona “practique la consciencia” un rato cada día, sino de que incorpore esa práctica a su vida normal… (esto no es como quién va al gimnasio para compensar los efectos negativos de una vida sedentaria).

1 El lector que necesite más información sobre estos temas (para mejor comprensión de lo que sigue) puede acudir al libro de referencia, donde se tratan con mayor detalle.

2 El “ente” que representa al conjunto de aquello con lo que me identifico, es decir, de todos los “bienes” (cualidades, amistades, posesiones…) que quiero obtener y mantener: véase el apartado 4 del Anexo I.

3 Al “mirar” en la pantalla de mi conciencia.

4 Comen, duermen, se acicalan, hacen gimnasia, estudian, etc.

5 El dinero les permite comprar comida o una bicicleta, pagar la educación de sus hijos o la hipoteca...

6 Disfrutan comiendo su plato favorito, montando en bicicleta o jugando con sus hijos.

7 Pero con capacidad de aprendizaje.

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