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PARTE 2ª. APARTADO 9.

HABITÚATE A PERMANECER CONSCIENTE Y APRENDE CÓMO HACERLO

A. En resumen: habitúate a permanecer consciente.

 

Las seis reglas anteriores tienen algo en común: solo pueden ser (bien) aplicadas en la medida en que esté “consciente”, es decir, que sea dueño de la (mi) atención. Solo así puedo: a) concentrar mi atención en lo que quiero hacer (regla 1), o en mi entorno, si se me presenta la oportunidad de hacerlo (regla 2); b) darme cuenta de que actúo para ganarme a los demás (regla 3), o de que les juzgo cuando les veo actuar (regla 4), y así poder evitarlo; y c) centrar mi atención en las emociones que experimento (regla 5) o en los pensamientos que ocupan mi mente (regla 6) para poder evitar así, respectivamente, las reacciones descontroladas y los pensamientos masoquistas o negativos.


Para permanecer consciente el mayor tiempo posible debe adquirirse el hábito de la consciencia, que es el hábito de observar lo que me sucede: las sensaciones, emociones e imágenes que pasan por la pantalla de mi conciencia (apartados 10 y 11 del Anexo I); para adquirirlo debo empezar por experimentar introspectivamente en qué consiste ese estado en el que yo, el “observador”, me diferencio de lo observado, es decir, en el que la atención no es autónoma, sino que la dirijo hacia donde quiero. Esto puede lograrse, básicamente, mediante la meditación (apartado 12 del Anexo I).

 

Pero sobre todo, para adquirir el hábito de la consciencia es necesario conseguir que estímulos exteriores, frecuentes en mi vida diaria, me tornen consciente (si no lo soy): me alerten sobre la posibilidad de que haya perdido el control de mi atención, permitiéndome recuperarlo. Como de lo que se trata es de aplicar las reglas anteriormente explicadas, es necesario que la circunstancia que determina la aplicación de una regla sea, a la vez, la alerta que me recuerde la necesidad de controlar mi atención (pues, de lo contrario, no podré aplicarla).

 

En concreto, las circunstancias que nos deben alertar respecto a la necesidad de controlar nuestra atención y poder aplicar así la regla correspondiente, son las siguientes:

 

  1. El comienzo de la actividad “desagradable” que tengo que hacer, debe alertarme sobre la necesidad de mantenerme concentrado mientras la haga (evitando distracciones, prisas, retrasos...) para evitar ir más lento o hacerla peor, y sufrir más (regla 1).
  2. El contacto con un entorno natural o social “rico” (novedoso, cambiante, abundante…), debe alertarme sobre la necesidad de aprovechar las oportunidades de observarlo y de  intentar disfrutarlo, mirándolo con curiosidad, sin intereses ni prisas (regla 2).
  3. El comienzo de una actividad que debe hacerse con -o frente a- otras personas, debe alertarme sobre la necesidad de no intentar ganármelas suscitando admiración, simpatía o pena (regla 3).
  4. La presencia de personas a las que veo “actuar”, debe alertarme sobre la necesidad de recordar que, al igual que yo, son “autómatas sufrientes” y que, por tanto, no debo juzgarlas y criticarlas, sino intentar comprenderlas y compadecerme de ellas (regla 4).
  5. La aparición de una emoción, especialmente si es negativa, debe alertarme sobre la necesidad de afrontarla, de controlar las reacciones que puede desencadenar y de aprovechar la circunstancia para mejorar el conocimiento de mi ego (regla 5).
  6. La detección de un pensamiento recurrente, debe alertarme sobre la necesidad de pensar solo cuando sea rentable, evitando los pensamientos masoquistas/obsesivos o negativos/derrotistas (regla 6).

 

Se trata de que, con tiempo y práctica, una circunstancia que nos alerta sobre la necesidad de comportarnos de una forma determinada se transforme en un reflejo que hace que nos comportemos de esa forma cada vez que se da dicha circunstancia. Así, la aplicación de las reglas preconizadas se transformará en un hábito.

 

B. Una síntesis que facilita la aplicación de las “reglas de comportamiento”.

 

En las dos figuras siguientes se resume lo expuesto hasta ahora. El resumen facilita la aplicación de las reglas explicadas, ya que se sintetiza la esencia de cada regla (figura 9.1) y se estructuran dentro del modelo del que surgen (figura 9.2).

 

Figura 9.1: Resumen de las “reglas de comportamiento”

 

Figura 9.2: Estructura de las reglas de comportamiento

 

C. Un ejemplo ilustrativo.

 

El siguiente ejemplo muestra un caso de la vida diaria en el que se visualizan las oportunidades de aplicación de las reglas de comportamiento. El caso en cuestión trata de un joven ejecutivo al que se le encarga hacer la presentación de un producto a un cliente; la reunión se celebra un lunes por la mañana a primera hora, con la participación de su jefe y otros ejecutivos de la empresa.

 

Habla (piensa) el ejecutivo, que está contento de cómo le ha salido la presentación:

 

  1. El sábado, después de comer, comencé a prepararme la presentación, tal como lo había programado (regla 0) y fue una suerte que empezase tan temprano, porque tardé más de lo que pensaba; si llego a dejarlo para el domingo, no hubiera tenido tiempo. Me costó preparármela porque era un trabajo monótono y, además, venían a mi cabeza ideas sobre cómo podría estar divirtiéndome; pero conseguí concentrarme (regla 1).

  2. El lunes me desperté nervioso. Decidí ir andando al trabajo, pasando por un parque cercano, para relajarme observando el entorno (regla 2), en vez de obsesionarme con inútiles pensamientos sobre la reunión, que podrían ponerme aún más nervioso (regla 6). Lo conseguí a medias; me costaba prestar atención a lo que me rodeaba, porque mi cabeza se empeñaba en volver a la reunión.

  3. Comencé bien la presentación pero, enseguida, mi jefe empezó a apostillarme. Me fui enfadando, pero me di cuenta a tiempo de que no podía dejarme llevar por la ira (regla 5) y hacer un feo a mi jefe (y menos, delante del cliente). Al acabar la reunión, mi jefe fue el primero en felicitarme. El que no me felicitó fue el otro candidato a realizar la presentación, que lleva más tiempo que yo en la empresa. No me enfadé, porque comprendí lo que sentía (regla 4); lo vi fastidiado y hasta me dio pena.

  4. Luego me fui a tomar café con mis compañeros, como siempre; estaba deseando que me preguntaran, para alardear de mi gran actuación, pero me contuve (regla 3) y les dije simplemente que me había ido bien. Luego pensé que había hecho lo correcto, porque a algunos de ellos no les están yendo bien las cosas.
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