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PARTE 2ª. APARTADO 8.

CONOCE Y CONTROLA TU MENTE: PIENSA SOLO CUANDO SEA RENTABLE

A. Pensamiento útil.

 

Pensar es recordar, imaginar o reflexionar sobre algo. Es la mente la que piensa. Se puede pensar para disfrutar; es lo que se hace, por ejemplo, cuando se juega al ajedrez, se rememora una victoria deportiva o se imagina lo que se haría si nos tocase la lotería. En general, sin embargo, la mente se dedica a pensar cómo satisfacer los deseos del ego (cómo obtener, incrementar o mantener bienes). Si el ego quiere obtener o incrementar un determinado bien, la mente piensa cómo encontrar oportunidades y aprovechar las que surjan; o cómo evitar obstáculos y eliminar los que aparezcan. Y si el ego quiere conservar un bien, la mente piensa cómo evitar amenazas o sortear las que se presenten.

 

La mente piensa para poder dar órdenes al cuerpo y lograr que este se encargue de hacer lo que satisface al ego. Por tanto, exceptuando los casos en que se recuerda o imagina algo por el mero placer de hacerlo, todo pensamiento tiene como último objetivo tomar una decisión sobre lo que conviene hacer. Se piensa, por tanto, para prever y prevenir: para imaginar lo que puede pasar y decidir, a continuación, qué puede hacerse para reconducir los acontecimientos en beneficio propio.

 

Esencialmente, hay dos tipos de decisiones. En el primer tipo se decide qué hacer; puede decidirse entre distintos cursos de acción u optarse por combinarlos. Por ejemplo, para encontrar trabajo puede acudirse a agencias de empleo, pedir ayuda a amigos, escribir cartas a empresas seleccionadas y/o utilizar webs especializadas. Este tipo de decisión es el que se toma, por ejemplo, cuando se juega al ajedrez o se calcula una estructura. También se toma este tipo de decisión para adaptar una actividad a los cambios (más o menos súbitos) del entorno; se trata, a menudo, de tomar “decisiones rápidas” para reaccionar adecuadamente a dichos cambios, que es lo que se hace, por ejemplo, cuando se pilota un vehículo en un entorno desfavorable.

 

El segundo tipo de decisión versa sobre cuándo o cómo debe hacerse algo. No se trata de decidir qué hacer, sino de concretar y situar en el calendario -es decir, de planificar-  las actividades “ya decididas”, teniendo en cuenta que el tiempo es limitado y las actividades suelen ser múltiples, lo que implica el establecimiento de prioridades. Eso es lo que se hace, por ejemplo, cuando se realiza una planificación formal de las actividades necesarias para alcanzar un importante objetivo, pero también, aunque no lo parezca, cuando al levantarnos ordenamos de una cierta forma las actividades del día.

 

Un pensamiento es útil si es necesario, porque debe adoptarse una determinada decisión (por ejemplo, respecto a si me interesa cambiar de trabajo, o a cuándo me conviene tomarme vacaciones), o si es placentero (como jugar al ajedrez) y se ha decidido que esa es la mejor manera de aprovechar el tiempo disponible. La necesidad de “prever antes de hacer” ya se ha explicado en el apartado 2 (“no te olvides del mañana al decidir lo que vas a hacer hoy).

 

B. Pensamiento masoquista o contraproducente.

 

El pensamiento inútil es ineficiente, por definición; además, es masoquista, si nos produce sufrimiento y contraproducente, si dificulta la consecución de nuestros objetivos.

 

Sufrimos cuando visualizamos (percibimos, recordamos o imaginamos) una amenaza (miedo), un obstáculo (ira) o una pérdida (tristeza). Pensar es útil, aunque resulte doloroso, mientras haya una esperanza razonable de encontrar la solución del problema: de saber lo que hacer para evitar o neutralizar una amenaza u obstáculo, o para recuperar una pérdida. De lo contrario, pensar es masoquista. Es lo que pasa cuando le “damos vueltas a la cabeza” -y nos angustiamos- por no aceptar lo que no puede evitarse o cambiarse; por no aceptar como “un hecho”, por ejemplo, que yo soy bajito, que mi pareja puede dejarme, que mi jefe tiene mal carácter o que ha fallecido mi mejor amigo.

Prever y prevenir los acontecimientos es fundamental para controlar nuestro devenir. El problema viene cuando la compulsión preventiva es exagerada y hace sufrir inútilmente; cuando hace que no viva el presente porque lo consagro a pensar sobre el futuro: a acumular información, imaginar futuras acciones o reflexionar (y dudar) sobre cuál es la más correcta. Para prever y prevenir, la mente, a las órdenes del ego, ocupa la conciencia con recuerdos o imaginaciones (viviendo así en el pasado o el futuro) las cuales, a menudo, generan un sufrimiento gratuito, ya que se sufre ahora por lo que aún no ha ocurrido y puede no ocurrir, o bien es inevitable que ocurra.

 

Con frecuencia, el pensamiento inútil deriva del aburrimiento y este prolifera porque el presente no suele resultar atractivo (véase el apartado 4.B). La mente siempre quiere estar activa (pensar) y cuando no tiene en qué trabajar, busca algo con lo que ilusionarse o de lo que preocuparse. El que una persona pueda llegar a angustiarse para no aburrirse es un hecho absurdo, pero frecuente.

 

Pensar masoquistamente no tiene sentido pero no disminuye la probabilidad de alcanzar mis objetivos; por ejemplo, el que le dé excesivas vueltas a la necesidad de encontrar trabajo me hará sufrir inútilmente, pero no afectará mis posibilidades de empleo. Existen dos casos, sin embargo, en los que esto no se cumple. En primer lugar, la repetición mental obsesiva de amenazas u obstáculos (reales o no) puede hacer que las tensiones asociadas al miedo o la ira se acumulen hasta producir una respuesta descontrolada (“pasional”); así, la razón, en vez de solucionar una preocupación, origina una reacción irreflexiva, causa de nuevas preocupaciones. En segundo lugar, el pensamiento negativo puede hacer que no se logre un objetivo para cuya consecución se está capacitado; casi todo el mundo ha tenido experiencias de ese tipo al jugar un partido, pasar un examen o hacer una presentación, por ejemplo. El deficiente desempeño ocurre porque no estoy concentrado en lo que hago, ya que mi atención está ocupada en un diálogo mental1 en el que se alternan el miedo, la ira o la tristeza. Pienso en lo que (o cuando) no debería.

 

Para evitar el pensamiento inútil y, en particular, el masoquista o contraproducente, lo ideal sería poder “decidir cuándo pensar” o, lo que es lo mismo, pensar solo cuando sea conveniente hacerlo, tal como indica la regla que da título al presente apartado (conoce y controla tu mente: piensa solo cuando te sea rentable). El problema es que, para aplicar esta regla2, se debe estar consciente: ser dueño de la atención para decidir si vale la pena pensar o, por el contrario, para darse cuenta de que se está pensando sin querer hacerlo. Por ello, la aplicación de esta regla (y de las restantes) será tanto más frecuente y exitosa cuanto mayor sea nuestro “hábito de la consciencia”, del que trata el siguiente apartado.


1Hoy no estoy bien, no sé si podré, ¿cómo pueden hacerme esto?, ¿se habrán dado cuenta?, ¡qué fallo más tonto!, ¡qué mala suerte!, ¡qué burro soy!, estoy sudando…’.

2 Y lo mismo pasa para aplicar las reglas explicadas en los anteriores apartados.

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