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PARTE 2ª. APARTADO 7.

CONOCE Y CONTROLA TUS EMOCIONES Y TU EGO

A. Afronta tus emociones y controla tus reacciones.

 

Un bien es algo por lo que siento “amor”: es una persona (mi pareja), una cosa (mi casa),  una actividad (el ajedrez)… que suscita afecto, interés, atracción o ilusión… por la satisfacción que me ha dado o que creo que me dará. Cada emoción está ligada a un bien y es provocada por un estímulo. Una amenaza (estímulo) es algo que pone un bien en peligro, suscitando miedo (emoción); una oportunidad es lo que posibilita conseguir un bien, suscitando deseo; y un obstáculo es lo que impide aprovechar una oportunidad/evitar una amenaza, suscitando ira. Además, si finalmente se produce la pérdida o ganancia de un bien, surge la tristeza o alegría. Sufrir es sentir tristeza, miedo, ira o una combinación de estas emociones1. En el Anexo I se amplía la información sobre los conceptos de amor, bien, emociones y sufrimiento.

 

Aceptar lo placentero es fácil, pero afrontar el inevitable sufrimiento que acarrea la vida es muy difícil. Afrontar una emoción significa ser consciente de lo que se siente; afrontar el sufrimiento significa, en particular, centrar la atención en nuestro miedo, ira o tristeza, sin negarlos ni rehuirlos. Solo a partir de ahí podré hacer tres cosas:

 

  1. Darme cuenta de aquello a lo que me mueve la emoción (a huir, atacar, conseguir, vigilar, mimar…) y decidir qué quiero hacer (véase el apartado 2), en vez de reaccionar automáticamente. Controlar las emociones significa, en esencia, utilizar la ética y/o la razón -y no la pasión- como base para la acción. Para conseguirlo, debo intentar que, al experimentar una emoción (en particular, un sufrimiento), me “torne consciente”, me haga dueño de la atención. Así, la propia emoción me alertará sobre el peligro de actuar “inconscientemente”.

  2. Indagar sobre mí mismo a partir de la emoción: identificar el estímulo que la provoca, el bien que está en juego (al alcance o en peligro), las características de mi ego y de mi personalidad, etc. En esencia, se trata de conocerme mejor, averiguando cuáles son mis principales compulsiones. Todo ello se aborda en el apartado siguiente.

  3. Llegar a aceptar las amenazas, obstáculos o pérdidas que son inevitables (aceptar como un hecho, por ejemplo, la bronca de mi jefe o el fallecimiento de un familiar, sin decirme a mí mismo que no debería haberse producido). La no aceptación da lugar al pensamiento masoquista o negativo que se explica en el apartado 8. El presente es lo único que realmente existe y debo aceptarlo, porque no puedo cambiarlo, aunque me haga sufrir; lo que sí puedo cambiar es mi actitud respecto a él.

 

B. Conoce y controla tu ego, y analiza tu personalidad.

 

La necesidad de conocerse a uno mismo -como condición imprescindible para la mejora personal- ha sido preconizada desde siempre. Para empezar, si quiero conocerme, es bueno que parta de mis emociones y rastree sus causas. Si cada vez que siento una emoción intensa observo el estímulo que la produce me daré cuenta de cuál es el bien que está en juego (mi prestigio, mi dinero, mi salud…) y me percataré, también, de cuánto lo valoro (en relación con otros bienes). Si soy sincero al analizarme introspectivamente, es posible que me sorprenda2. Poco a poco, iré constatando que mi vida se dirige a obtener/conservar un conjunto de bienes que es el que es; que ha sido conformado por mis experiencias pasadas y que va a condicionar mis experiencias futuras. El representante de este conjunto de bienes es el ego (apartado 4 del Anexo I), que siempre quiere aumentar su tamaño; el ego es el que habla, en realidad, cuando digo “yo quiero…”. Es el ego, por ejemplo, el que genera ira para impulsarme a eliminar un obstáculo, o miedo, cuando quiere que huya al percibir una amenaza.

 

Para evitar ser esclavo del ego debo ser consciente de su existencia y de su voluntad de mandar, expresada a través de las emociones que genera; es a través de estas que conseguiré conocerlo y controlarlo. De hecho, controlar las emociones (y, así, las reacciones que estas desencadenan)  supone quitar al ego la capacidad de decidir sobre mis acciones; de ahí, el título de la regla que se explica en el presente apartado (7): Conoce y controla tus emociones y tu ego

 

El análisis de la personalidad es una excelente herramienta para el autoconocimiento, que puede y debe utilizarse como complemento a la introspección emocional (expuesta en los párrafos anteriores) y que, además, puede explicarnos la “forma” de nuestro ego: por qué otorgamos mayor o menor importancia al prestigio, al poder, a la amistad, o a la “tranquilidad”, por ejemplo.

 

Como punto de partida, conviene que conozcamos nuestra personalidad básica y, para ello, que nos observemos hasta llegar a decidir cuáles son nuestras características esenciales, elegidas de entre las indicadas en la figura A.4 (apartado 8 del Anexo I); es fundamental saber cuál es nuestra necesidad compulsiva (sentirnos libres de obligaciones, apreciados por los demás o seguros frente al futuro) y cuál es la actitud compulsiva que orienta nuestras relaciones sociales (apañarnos solos, aprovecharnos de los otros o colaborar con ellos). Existe abundante información que nos permitirá seguir avanzando en el conocimiento de nuestra personalidad, si ese es nuestro deseo3.


1 También se sufre al experimentar sensaciones desagradables (dolor, hambre, frío…).

2 Por ejemplo, puedo desear mucho un determinado coche y creer que quiero esa marca y modelo por razones de seguridad, sin darme cuenta de que lo quiero para que lo vea el vecino. Si me doy cuenta de ello, sabré lo mucho que valoro mi prestigio y podré intentar evitar que esa necesidad compulsiva condicione mi vida y lo haga, además, sin que sea consciente de ello.

3 Quizás, la manera más fácil de comenzar a trabajar sea la de intentar reconocer nuestro tipo de personalidad a partir del denominado “eneagrama de las personalidades”, sobre el que existe una  amplísima bibliografía. En todo caso, se recomienda leer el capítulo 8, sobre la personalidad, de la primera parte de esta obra.

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