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PARTE 2ª. APARTADO 6.

COMPRENDE Y COMPADÉCETE DEL PRÓJIMO, TAN AUTÓMATA COMO TÚ

A. Automatismo, personalidad, inconsciencia y sufrimiento.

 

Para entender plenamente la regla de comportamiento que se explica en este apartado es conveniente presentar, resumida y secuencialmente, ciertos temas ya explicados en la introducción de esta segunda parte de la obra:

 

  1. Nos comportamos como autómatas, dirigidos por el ego, que manda y fija objetivos; conducidos por la mente, que piensa qué hacer para lograrlos, y “materializados” en un cuerpo, que ejecuta lo que le ordena la mente para satisfacer al ego. Sin embargo, aunque actuemos como autómatas, lo hacemos de formas muy diferentes. Conviene darse cuenta de que, en la mayoría de los casos, ignoramos las compulsiones que nos obligan a actuar de una cierta forma; es por eso que tendemos a racionalizar nuestra conducta buscando argumentos que nos permitan explicar por qué hacemos lo que hacemos. Creemos ser libres, pero nuestras acciones están condicionadas.

  2. Cuando actuamos como autómatas no somos dueños de nuestra atención, la cual es atraída por nuestras sensaciones y emociones, y absorbida por los pensamientos que se desarrollan a partir de ellas. No tenemos un control consciente de nosotros mismos, es decir, no controlamos lo que hacemos, aunque nos lo parezca. Si tuviéramos el control podríamos evitar la mayor parte del sufrimiento que sentimos o causamos. El problema es que el ego hace de nuestra vida una continua lucha por obtener y mantener bienes diversos, por motivos que ni siquiera conocemos; que la mente nos obliga a pensar continuamente cómo satisfacer los deseos del ego, preocupándonos inútilmente e impidiéndonos disfrutar del presente; y que nuestro cuerpo, por su parte, se resiste a obedecer a la mente e intenta que lo mimemos.

 

Al principio, uno puede dudar de lo que acaba de decirse; y es bueno que sea así. Sin embargo, por poco que alguien pretenda aplicar las reglas de comportamiento que constituyen el motivo de este libro, se dará cuenta rápidamente de lo difícil que le resulta concentrarse en lo que ha decidido hacer, mirar su entorno sin clasificarlo, dejar de engañarse y engañar al prójimo y, en definitiva, controlar sus emociones y pensamientos. Se dará cuenta, por tanto, de que suele actuar de forma “automática e inconsciente” y de que sus objetivos están condicionados por compulsiones cuya existencia desconocía, las cuales, además, originan un sufrimiento que, en buena parte, podría evitarse.

 

B. Comprensión y compasión.

 

Si una persona se ha dado cuenta de cuán automática/inconsciente/compulsivamente actúa y de cuanto sufrimiento innecesario se causa al actuar así, le será fácil entender la regla de comportamiento de la que se trata en este apartado: comprende y compadécete del prójimo, tan autómata como tú. Si uno comprende que es un autómata que sufre, debería comprender al “prójimo autómata” (evitando juzgarlo como si no lo fuera) y compadecerse de su sufrimiento.

 

Tratar al prójimo de la misma forma que deseas ser tratado es una recomendación, común a la mayoría de las religiones, que tiene sentido tanto desde un punto de vista individual como social. Si todos los individuos son iguales, tienen derecho al mismo trato; si cada uno trata a los otros con equidad, el beneficio del colectivo se optimiza. A menudo, sin embargo, los problemas no se deben a la mala voluntad, sino a la incomprensión. La persona dispuesta a tratar al prójimo como a sí misma no suele tener en cuenta que el otro no es como él; lo juzga con sus propios patrones, lo que condiciona -para mal- el trato que le brinda. Las personas buscan razones para justificar cómo actúan y estas “razones” pasan a ser los criterios utilizados para juzgar la conducta del prójimo.

 

Es fundamental, por tanto, comprender a las personas con las que nos relacionamos, en lugar de juzgarlas “desde fuera”; hay que observarlas, atendiendo a lo que hacen o dicen pero, también, a lo que pueden estar sintiendo. En definitiva, es conveniente “ponerse en la piel del otro”, sabiendo que tiene sus compulsiones/automatismos -aunque sean distintos a los nuestros- y, sobre todo, que sufre, aunque a veces lo disimule o esconda.

 

La compasión es la emoción que nos impulsa a ayudar al que sufre; es una emoción “exocéntrica”, que nos mueve en sentido contrario al que nos empuja nuestro ego; este hace que veamos a los demás como posibles oportunidades, obstáculos o amenazas1. La compasión es desinteresada y une, en lugar de separar, aunque no suele guiar nuestras acciones (a pesar de ser innata), porque los intereses egoicos predominan sobre los instintos compasivos; esto cambia cuando se actúa desde la consciencia, estado en el que es posible la atención desinteresada (ya que el ego deja de tener el control); así, la consciencia hace florecer la compasión.

 

Normalmente, la compasión se dirige a remediar situaciones de indigencia o de riesgo grave para la salud y, en general, a mitigar el sufrimiento intenso, aunque sea coyuntural (a calmar al niño que llora desconsolado, por ejemplo). Sin perjuicio de ello y sabiendo que la mayor parte del sufrimiento deriva de la “inconsciencia”, paliarla tendría que ser uno de nuestros principales objetivos compasivos. En todo caso, uno debería empezar compadeciéndose a sí mismo por el sufrimiento gratuito que se inflige mientras “está inconsciente”; además, en estado de inconsciencia es dudoso que se pueda ayudar a otra persona a ser más feliz (más allá de algunas acciones puntuales).

 

La compasión y, en términos más amplios, el amor al prójimo, pueden verse como un estadio intermedio entre la voluntad de tratar al prójimo como quieres ser tratado y la “sensación” de estar unido al prójimo formando parte de un mismo todo.


1 Excepto a aquellas personas con las que nos identificamos (por las que sentimos afecto).
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