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PARTE 2ª. APARTADO 5.

NO TE ENGAÑES NI INTENTES ENGAÑAR AL PRÓJIMO PARA GANÁRTELO

A. Tres estrategias para ganarse al prójimo.

 

La necesidad de ser atendido, apreciado y querido es característica del ser humano (y, en general, de los mamíferos), y suele satisfacerse a través de la familia y de la vida social.  Una persona satisface esta necesidad si ve que se preocupan por ella, si constata que la apoyan y velan por su bienestar. A menudo, las personas actúan con la intención (explícita o implícita) de obtener, mantener o incrementar la atención, aprecio o afecto de las personas de su entorno.

 

Sin darnos cuenta, a los objetivos que tenemos en cada momento se les superpone el objetivo de ganarnos a los que nos rodean. Tanto si una actividad se realiza con otros, como si se hace frente a otros, la presencia de estos suele condicionar lo que hacemos.  En general, no trabajo igual si mi jefe me observa o no, si mi colaborador me cae bien o mal, o si practico un juego con o sin espectadores. La actividad global que se desarrolla resulta de la combinación de dos actividades distintas. La primera se dirige a conseguir los objetivos programados; la segunda, a satisfacer la necesidad de ser apreciado por las personas de mi entorno; para conseguir esto último existen tres posibles estrategias:

 

  1. La primera de estas estrategias consiste en ser generoso, amable y útil, con el propósito implícito de obtener gratitud. El amable da afecto, muestra preocupación por los otros y, a cambio, espera recibir apoyo cuando lo necesite.

  2. La segunda consiste en intentar mostrar, sutil o abiertamente, “cuán bueno se es” (los logros laborales, sociales, deportivos, etc.) para suscitar admiración. El competidor desea ser el mejor y obtener el apoyo que merece por sus logros y esfuerzos.

  3. La tercera, es la de quejarse por lo injusto o desafortunado de la situación que se vive, suscitando compasión. El sensible lamenta su mala suerte o el injusto trato recibido; busca comprensión y apoyo y se los ofrece a los que se sienten como él.

 

Está claro que estas tres estrategias, cuando se utilizan conscientemente, suponen un engaño: intentamos “ganarnos al prójimo” suscitando una emoción, con fines interesados. Sin embargo, muy frecuentemente, esas estrategias no son fruto del cálculo; son actitudes compulsivas basadas en el autoengaño, como se explica a continuación.

 

B. El autoengaño y sus formas. Mimetismo.

 

Es normal un cierto nivel de autoengaño, que favorezca la autoestima; tiendo a creer, por poco que quepa la duda, que el cariño que recibo es merecido, que mis éxitos son fruto de mis esfuerzos y que mis fracasos son culpa de la injusticia o mala suerte. En muchos casos, sin embargo, el autoengaño es muy grande y supone una deformación sistemática de la realidad (para defender la autoestima).

 

Como ya se ha mencionado, la autoestima es el grado de satisfacción que siento por mí mismo: por las capacidades físicas, emocionales y mentales que me atribuyo. Como regla general, me valoro comparando mi competencia con la de los otros (“soy de los primeros de la clase”) y/o atendiendo a su opinión (“todos dicen que soy simpático”). La búsqueda de la competencia / aprobación ajena nos provoca tensión y sufrimiento. El problema es que, cada vez con mayor frecuencia, la educación incluye la inoculación del virus de la competitividad.

 

En general, lo que me interesa no es solo ser listo, guapo, simpático..., sino que los demás opinen que lo soy, porque así aumentan mis posibilidades de trabajar, trabar relaciones, obtener apoyos... y porque así mantengo alta mi autoestima. Sin embargo, los otros, que también quieren que opinen bien de ellos, se esfuerzan por incrementar sus competencias y me obligan a hacer lo mismo, si quiero seguir siendo bien valorado. Como eso es difícil, es posible que mi ego se niegue a reconocer su relativa “minusvalía” y que, para mantenerse a salvo, surja algún tipo de autoengaño estable, que se arraigue en mi personalidad. En esencia, hay tres tipos de autoengaño, que se corresponden con las tres actitudes compulsivas a las que se ha hecho referencia en el apartado anterior:

 

  1. Reconozco que, aparentemente, no valgo mucho; en realidad, creo que tengo un gran potencial, pero los demás no me dejan desarrollarlo y, además, tengo mala suerte… si no fuera por eso, lo que tienen los otros también lo tendría yo, que me lo merezco igual o más (victimismo, envidia).

  2. Creo que valgo mucho, tanto que ayudo a los demás y no necesito su ayuda; lo que pasa es que hay desagradecidos que no reconocen lo que hago por los otros (orgullo).

  3. Sobresalgo, soy el mejor o, por lo menos, me destaco de los demás, los cuales  admiran mis logros, como es lógico, aunque algún envidioso no lo haga (vanidad).

 

En los tres casos, el ego se mira a sí mismo con lupa de aumento, ya que no resiste verse “poca cosa”, “necesitado” o “del montón” y la lupa aumenta su potencia del primero al tercero: soy potencialmente bueno ➙ soy bueno ➙ soy el mejor1.


Los anteriores tipos de autoengaño se refieren al tamaño “global” del ego (buscan engrandecerlo) y no a posibles defectos concretos que yo tenga o que los demás me atribuyan. En estos casos suele desarrollarse un tipo de autoengaño específico, dirigido a paliar el supuesto defecto o, incluso, a transformarlo en virtud: el avaro puede juzgarse austero y previsor; el miedoso considerarse precavido; el vividor, social y optimista; el agresivo, justo y espontáneo; el indolente, tranquilo; y el puntilloso, perfeccionista.


Un efecto particularmente dañino derivado de la excesiva preocupación por ser apreciado -o por no ser menospreciado- es la tendencia a identificarse con “lo establecido”. Lo que se intenta, en el fondo, es evitar la crítica ajena, que suele dirigirse contra todo aquello que se aparta de la media (salvo si se destaca, precisamente, en el seguimiento de la moda). La moda es alienadora porque es “infecciosa”: suele acabar gustándome lo que gusta a las personas de mi entorno; incluso es frecuente que mi identificación social, política o religiosa no sea ideológica, sino resultado de lo que he visto a mi alrededor.

 

Cuando esta tendencia va acompañada de indolencia, la gente tiende a repetir lo que ha oído, a utilizar criterios ajenos sin haberlos verificado y a emitir juicios basados en dichos criterios. No es raro que alguien acabe creyendo y defendiendo criterios que empezó a utilizar solo por quedar bien. Debería evitarse el mimetismo que lleva a las personas a creer sin saber por qué creen; a estar apegadas a bienes diferentes sin saber por qué se han apegado; y, en definitiva, a pensar y sentir igual que su entorno, cual camaleones.

 

El título del presente apartado (no te engañes ni intentes engañar al prójimo para ganártelo) es una recomendación para que deje de engañarme y de engañar a los demás, voluntariamente o no, sobre los motivos que determinan mi forma de relacionarme con ellos. El problema es que no suelo ser consciente de las verdaderas motivaciones de lo que hago cuando presumo, me quejo, me “hago el amable” o imito lo que hacen los otros.


1 También puedo engañarme en el sentido contrario: creer, inconscientemente, que valgo menos de lo que realmente valgo; que no puedo hacer (bien) cosas que sí podría, si no fuera porque creo que las haré mal (por esa falta de confianza en mí mismo). El resultado de ello es la timidez (específica o generalizada) o, eventualmente, la tendencia depresiva.

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