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PARTE 2ª. APARTADO 4.

CUANDO PUEDAS, OBSERVA LO QUE TE RODEA,
ATENTAMENTE Y SIN PRISAS

A. Observar conscientemente.


Pensar supone imaginar o recordar algo o reflexionar sobre cómo hacer o conseguir algo. Puesto que pensar requiere atención, es conveniente automatizar las actividades más comunes para evitar que monopolicen nuestra mente; mientras hacemos una actividad automatizada podemos centrar nuestra atención en otras cosas. La lista de este tipo de actividades es más larga de lo que parece; por ejemplo, caminar o conducir un vehículo suelen serlo y también lo son, en general, barrer, comer, fumar o lavarse los dientes. Las actividades automatizadas nos dan la oportunidad de centrar nuestra atención en lo que queramos, pero no son las únicas; otro tanto ocurre con todas aquellas “actividades” en las que se juega un papel pasivo: broncearse al sol, recibir un masaje o pasear por el parque, por ejemplo.

 

Como criterio general, deberían buscarse y/o aprovecharse las oportunidades para observar lo que nos rodea, atentamente y sin prisas: para mirar nuestro entorno con la curiosidad propia de un niño y, sobre todo, para observar a las personas que nos rodean, sin juzgarlas ni etiquetarlas; y para sentir sensaciones que suelen pasarnos desapercibidas, como los múltiples sonidos que “no oímos” o las tensiones del cuerpo que “no sentimos”. Podemos, por ejemplo, hacer “conscientemente” actividades que tenemos automatizadas: comer, ducharnos o lavarnos los dientes estando atentos a las sensaciones que experimentamos mientras lo hacemos. En definitiva, deberíamos observar conscientemente lo que pasa (lo que nos ocurre) ahora, en el presente, e intentar disfrutarlo, si es posible.  Desgraciadamente, esto no resulta nada fácil, como se pone de manifiesto a continuación.

 

B. La mirada interesada o apresurada.

 

Observar conscientemente lo que nos rodea (y a nosotros mismos) es mirarlo con la tranquilidad y curiosidad propia de la inocencia desinteresada, que ve el presente como una posibilidad de entretenimiento y no como un medio para mejorar el futuro o como un  simple puente de paso. En general, soy incapaz de observar conscientemente, al menos, continuadamente, porque la atención es esclava de mis preocupaciones e ilusiones. Atiendo a lo que pasa en el presente con una mirada interesada o apresurada: miro interesadamente cuando busco oportunidades, amenazas u obstáculos para conservar lo que tengo u obtener lo que no tengo; miro apresuradamente cuando, tras constatar que no puedo usar el presente en beneficio del futuro, dejo de observar lo que me rodea y paso a “vivir en mi mente” especulando sobre cómo satisfacer mis ilusiones o minimizar mis preocupaciones. Mirar interesada o apresuradamente es mirar al hoy pensando en el mañana, dejar de vivir el presente por un hipotético futuro.

 

Hasta un cierto punto, es lógico que el presente me parezca desagradable si tengo obligaciones que afrontar o problemas de los que preocuparme. Cuando no es así, debería poder disfrutar del presente, en lugar de especular sobre el futuro para evitar el aburrimiento. Dado que la atención es automáticamente atraída por aquello que produce satisfacción, es fundamental comprender por qué el presente no suele resultar atractivo. Lo que ocurre se debe, en el fondo, a que mi mente etiqueta a las personas y cosas con que se relaciona. Mi mente se comporta como si siempre hubiese un objetivo importante que alcanzar; mientras me dedico a pensar cómo alcanzarlo, lo único que me interesa del presente es mantenerlo bajo control y para ello me basta con un superficial conocimiento de mi entorno. Como la atención es atraída por lo nuevo (por los cambios en lo conocido) y en nuestro entorno casi todo está ya etiquetado, la atención no tiene dónde posarse; por tanto, el aquí y el ahora suelen ser aburridos.

 

El problema es que me engaño al creer que conozco lo que me rodea; si fuera consciente de que la etiqueta de una cosa no es la cosa misma, constataría que explorar mi entorno es gratificante. Los niños se emocionan con el “misterio de las cosas”, hasta que las etiquetan. En la vida se dan instantes sin tensión en los que se disfruta de una relajación física y mental asociada a sentimientos de “paz y felicidad”, a una sensación de placidez muy agradable, pero distinta de la alegría o el placer derivados de la distensión. Si uno se analiza introspectivamente, verá que esas sensaciones se producen en los momentos en los que “me siento uno” (me siento en comunión) con una persona (o con Dios, en el caso de un creyente) o con la vida y la naturaleza: por ejemplo, cuando veo un amanecer a la orilla del mar o descanso en un frondoso bosque percibiendo sus ruidos y movimientos; lo que pasa en todas estas experiencias es que siento la armonía de lo que veo y me siento en armonía con lo que veo. Eso es lo que debo intentar conseguir, como se explicará más detalladamente en el apartado 10.

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