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PARTE 2ª. APARTADO 3.

LO QUE HAGAS, HAZLO LO MEJOR POSIBLE, ATENTAMENTE Y SIN PRISAS

A. Concentración


Si a una persona que está trabajando le preguntan qué está haciendo contestará “estoy trabajando”; sin embargo, si se lo preguntan mientras camina hacia su oficina, probablemente no responderá “estoy caminando”, sino que dirá que está yendo a trabajar. Trabajar o jugar al ajedrez requieren nuestra atención; caminar o conducir son actividades automatizadas que, por serlo, no la requieren. Normalmente, cuando decimos que estamos desarrollando una actividad, nos referimos a una que exige nuestra atención; no se pueden hacer dos actividades (que requieran atención) simultáneamente, aunque a veces pueda parecerlo (si la atención se alterna rápidamente entre ambas).

 

Lo que se pretende con la regla que da título al presente apartado (lo que hagas, hazlo lo mejor posible, atentamente y sin prisas) es que, si se decide hacer algo, realmente se haga, es decir, que la atención se mantenga concentrada en lo que se hace, lo que es mucho más difícil de lo que parece, salvo que la actividad en cuestión me guste, sea agradable. Si he decidido hacer algo, debo hacerlo de la forma adecuada, sin prisas, concentrando mi atención en lo que hago en cada momento, sin pensar cuánto tardaré en acabarlo (en lograr el objetivo). Necesito pensar para tomar la decisión de realizar una actividad pero, una vez comenzada, solo debo pensar cuando así lo exija su desarrollo. Fijado un objetivo, tengo que desarrollar la actividad olvidándome del objetivo; esto no significa que durante su ejecución no puedan surgir circunstancias que aconsejen revisar el procedimiento o el propio objetivo, pero siempre de la forma explicada en el apartado 2.

 

Conviene destacar que la forma más eficiente de realizar una determinada actividad consiste en hacerla conscientemente, ya que en tal caso, por definición, mi atención estará plenamente centrada en ella. Resulta sorprendente constatar la ineficiencia de la mayoría de las actividades que se realizan en estado de “inconsciencia” o, dicho de otra forma, la gran cantidad de tiempo que se gasta inútilmente por las distracciones asociadas a nuestros automatismos.

 

B. Distracción, sufrimiento y aburrimiento.

 

Todos conocemos cuán bien solemos hacer las actividades que disfrutamos; en general, somos buenos músicos, cocineros, jugadores, profesores… si disfrutamos haciendo la actividad correspondiente. Esto se debe a que la satisfacción ayuda a mantener la atención; no hay que esforzarse para hacer lo que a uno le gusta. Por el contrario, resulta muy difícil mantener la atención (no distraerse) en una actividad que se hace a disgusto y, en consecuencia, o se tarda más en hacerla, o se hace mal. Suele hacerse mal porque se tiene prisas por acabarla, porque se quiere conseguir el objetivo pretendido con el mínimo esfuerzo, es decir, fastidiándose lo menos posible.

 

Una actividad puede hacerse a disgusto por dos razones. La primera es que se sufra al realizarla, sea por “culpa” de la propia actividad, o no: por ejemplo, porque tenga que hacer la actividad en una posición incómoda, que me produzca dolor de espalda; o, simplemente, porque tenga hambre y esté deseando acabarla para ir a comer. A menudo, el origen del sufrimiento no es físico, sino psicológico: siento vergüenza al tener que dar una clase, o cólera, al tener que trabajar con un jefe injusto, por ejemplo. En cualquier caso, quiero evitar o dejar de hacer la actividad que me hace sufrir.

 

La segunda razón por la que una actividad puede resultarme desagradable es que la encuentre aburrida: que me cueste atender a lo que hago porque no le encuentro atractivo alguno, nada que despierte mi curiosidad o interés. Esta razón es mucho más importante de lo que parece y se explicará luego con mayor detalle; en general, solo la novedad despierta mi curiosidad y como las novedades se van agotando paulatinamente, el aburrimiento se va entronizando. En todo caso, resulta paradójico que, con frecuencia, el motivo de las “bajas prestaciones” de una persona no es que la actividad que se le encomienda sea demasiado difícil sino, por el contrario, que es o acaba siendo demasiado fácil y, por tanto, monótona.

 

En resumen, si la actividad me agrada, tanto mejor. Si la actividad me desagrada porque la encuentro aburrida, conviene que intente “encontrarle el gusto” (véase el apartado siguiente). Si no lo consigo, o me desagrada porque me produce algún tipo de molestia o sufrimiento, tendré que aceptar la necesidad de realizar el esfuerzo correspondiente sin distraerme, perder el tiempo en quejarme mentalmente o engañarme diciéndome que puedo aplazarla o evitarla. En definitiva, debo que concentrarme en lo que hago, aunque no me guste hacerlo; de lo contrario, iré más lento, lo haré peor y sufriré más. De ahí, la importancia del “entrenamiento de la voluntad” al que se ha hecho referencia en el apartado 2.C.

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