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PARTE 2ª. APARTADO 2.

NO TE OLVIDES DEL MAÑANA AL DECIDIR LO QUE VAS A HACER HOY

A. Realización de esfuerzos y cumplimiento de obligaciones.

 

Un esfuerzo es un acto que se realiza por deber o conveniencia, a pesar de no ser el que más nos apetecería hacer. Una obligación es una actividad que implica la realización de esfuerzos (más o menos) continuados y que solo efectuamos, por tanto, por los beneficios que esperamos obtener; es un compromiso con terceros (el trabajo remunerado o la distribución de tareas en el hogar familiar) o con uno mismo (la dieta o el ejercicio periódico realizados para mantenerse en forma). A menudo, si incumplimos una obligación, no es porque hayamos decidido hacerlo (explícitamente): es que tendemos a pasar por alto o infravalorar las consecuencias que eso tendrá (véase el apartado posterior) para poder decirnos que no hay problema en hacer lo que nos apetece (o en no hacer lo que no nos apetece). De ahí, la regla que da título a este apartado (no te olvides del mañana al decidir lo que vas a hacer hoy), que es como decir: piensa antes de actuar, aunque a veces te equivoques, porque es seguro que acabarás fracasando si no valoras, o no valoras bien, las repercusiones de lo que haces o dejas de hacer. La impulsividad y el autoengaño son malos consejeros.

 

En gran parte, el éxito en la vida depende de la capacidad de asumir y cumplir nuestras obligaciones, pero eso limita nuestra libertad. Frente a este problema, existen tres posibles actitudes. La primera consiste en intentar transferir a los demás nuestras obligaciones y suele ir acompañada del gusto por el poder; la segunda consiste en evitar las relaciones u ocasiones en las que me puedan “caer” obligaciones; y la tercera, es la de intentar acotar nuestras obligaciones, transformándolas en una especie de contrato cuyo cumplimiento (por ambas partes) se considera “sagrado”. Lo conveniente es aceptar las obligaciones justas, sin eludirlas o transferirlas, y cumplirlas con buena voluntad, pero sin dramatizar su incumplimiento.

 

A diferencia de las “reglas” que se exponen en los siguientes apartados, esta es de validez general; no está específicamente encaminada al objetivo de “minimizar mis compulsiones y ser cada vez más consciente”. Sin embargo, su aplicación es necesaria, porque para alcanzar dicho objetivo se requerirán esfuerzos y, por tanto, tendremos frecuentemente la tentación de olvidar nuestro propósito -diciéndonos, por ejemplo, que “ya lo haremos luego”- para poder hacer lo que más nos apetezca.  

 

B. El proceso de la toma de decisión. Engañarse para hacer lo que apetece.

 

La toma de decisiones es un proceso bastante complejo, aún en los casos más sencillos. Supóngase, por ejemplo, que un estudiante, que tiene un importante examen la semana próxima, duda entre esforzarse en prepararlo o irse a jugar con sus amigos; la ventaja de irse a jugar es que se lo pasará más o menos bien y, además, evitará el aburrimiento asociado al estudio; la desventaja es que aumentan las probabilidades de que suspenda, de recibir una bronca de sus padres, de tener que estudiar durante el verano, etc.

 

El ejemplo muestra que para tomar una (buena) decisión es necesario estimar  probabilidades e imaginar la satisfacción o insatisfacción asociada a sucesos hipotéticos, próximos o lejanos; el proceso puede requerir tiempo si la decisión es importante. Desgraciadamente, las personas suelen evitar o postergar la toma de decisiones, o adulterarla, para hacer lo que más les apetece (o menos les fastidia).

 

  1. Evitar la decisión consiste en no pensar lo que conviene hacer, por el dolor / molestia que causa el propio proceso de decisión (no pienso para no sufrir). Si odio ir al dentista no me plantearé la posibilidad de hacerme una revisión dental, porque el miedo asociado a la imagen del dentista hace que la aparte de mi conciencia… hasta que llegue el dolor de muelas. Un fumador evita pensar en las consecuencias de su adicción… hasta que a un amigo suyo le diagnostican un cáncer de pulmón. Evitar la decisión supone evitar la (dolorosa) visualización de las consecuencias negativas de hacer lo que nos apetece (o de no hacer lo que no nos apetece).

  2. Postergar la decisión significa racionalizar/justificar el aplazamiento de la misma mediante pensamientos del tipo: “aún me queda tiempo, ya lo haré luego u otro día…” sin reconocer que la pereza está dictando mi conducta. Aparentemente he tomado la decisión de hacer lo que me desagrada, pero “en otro momento”; sin embargo, cuando llega ese momento, vuelvo a preguntarme si ya no tengo más remedio que hacerlo, o si puedo aplazarlo de nuevo. El fumador, cuando ya no puede ignorar las consecuencias negativas de fumar, suele decidir dejar de hacerlo, pero “más adelante”; lo que significa, de hecho, que sigue evitando visualizar las consecuencias.

  3. Adulterar la decisión significa valorar mal las consecuencias de las posibles acciones u omisiones para acabar concluyendo que no hay problema en hacer lo que nos apetece (o en no hacer lo que nos desagrada). Por ejemplo, “no van a multarme por aparcar aquí cinco minutos” o “no voy a suspender porque hoy no vaya a clase”. El fumador suele decir que “el problema existe, pero no es para tanto”, “el cáncer es básicamente genético y no tengo antecedentes”, “si fumas menos de una cajetilla no pasa nada”…

 

Lo anterior significa que cuanto más esfuerzo me cueste una acción, más probable es que evite planteármela, la postergue o encuentre argumentos para no realizarla.

 

C. El músculo de la voluntad y el incremento de la autoestima.

 

La voluntad es la (mayor o menor) capacidad para realizar esfuerzos; cada uno tiene la que tiene y, obviamente, cuanta más mejor. Pero el perezoso -el que tiene poca voluntad-no está condenado a serlo eternamente. La voluntad, como si se tratase de un músculo, puede incrementarse mediante el entrenamiento: mediante un programa de trabajo en el que se afronten esfuerzos paulatinamente crecientes. El programa puede diseñarse de forma que nos sea útil para alcanzar, a la vez, otros objetivos: controlar la alimentación o mantener la forma física, por ejemplo; en cualquier caso, no debe olvidarse que, en el marco de este programa, el objetivo concreto de cada esfuerzo no es otro que el de constatar nuestra capacidad de hacerlo. Para entender la necesidad de “tener voluntad” conviene analizar la relación que existe entre esta y nuestra autoestima.

 

La autoestima es el grado de satisfacción que siento por las capacidades físicas, emocionales y mentales que me atribuyo. La voluntad es una de dichas capacidades (como la fortaleza, la simpatía o la inteligencia, por ejemplo) y es, probablemente, la cualidad más importante que se puede tener, ya que quien dispone de ella confía en que será capaz de afrontar los retos que se le presenten, lo que predispone al éxito. Además, cada éxito nos produce placer, hace que valoremos más nuestra voluntad y que la fortalezcamos, al comprobar que los esfuerzos que realizamos resultan rentables; así nuestra autoestima vuelve a crecer, dando lugar a un círculo virtuoso tan positivo como negativo puede ser el contrario: el que sufren las personas que fracasan porque creen que fracasarán y por eso temen e intentan evitar cualquier cosa que suponga un reto.

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