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PARTE 2ª. ANEXO I

CONCEPTOS BÁSICOS

 

1. Amor.

 

La gratitud es la emoción que me mueve a dar al que me da. Cuando la gratitud resulta de las satisfacciones repetidas que me proporciona una misma persona deja de ser necesario que ella haga algo por mí para que yo quiera hacer algo por ella: ha nacido el afecto, la emoción que surge cuando percibo o recuerdo a esa persona, que me impulsa a protegerla y ayudarla. El afecto puede sentirse no solo por personas, sino por todo lo que haya sido una fuente de satisfacción intensa y duradera (mi vieja bicicleta o el equipo de mi pueblo, por ejemplo). En estos casos, en lugar del término afecto, suelen utilizarse otros tales como interés, afición, gusto, etc. Se utilizará el término amor para englobar a todas estas emociones, con independencia de qué sea lo que las suscite. También puedo sentir amor por algo que aún no tengo, pero que creo que me proporcionará satisfacción cuando lo tenga; este tipo de amor suele denominarse ilusión o (cuando se refiere a personas) atracción.

 

2. Bien

 

Un bien es algo que amo: algo por lo que siento afecto/interés (como resultado de la satisfacción que me ha proporcionado) o algo que me atrae/ilusiona (porque imagino que me la proporcionará). Un bien lo es porque me siento vinculado afectivamente (apegado) a él; porque, en mayor o menor medida, me identifico con él, es decir, lo considero una parte de mí mismo y, por ello, siento el impulso de cuidarlo (mantenerlo y mejorarlo), si lo tengo, o de conseguirlo, si no lo tengo. Un bien puede ser casi cualquier cosa: una cualidad (salud, inteligencia, simpatía…), una persona (un familiar o amigo), un colectivo (mi equipo de futbol, por ejemplo), un recurso material (dinero o posesiones), un recurso social (prestigio, crédito…) o una afición (el ajedrez o el tenis, por ejemplo).

 

3. Emociones y estímulos emocionales

 

Las emociones (el miedo o la ira, por ejemplo) resultan de la respuesta instintiva del cuerpo frente a ciertas imágenes (la de una amenaza o un obstáculo, por ejemplo) y mueven al individuo a actuar de una determinada forma (evitar la amenaza, eliminar el obstáculo…). La imagen que desencadena la emoción, es decir, el estímulo emocional, puede ser real (el perro que me ladra), pero también puede ser un recuerdo (mi difunto padre) o, incluso, una imaginación (puedo sentir miedo de un demonio, por ejemplo). Toda emoción o estímulo emocional se define en función de un bien, es decir, de algo por lo que siento amor, que es la emoción que me mueve a vigilar al bien por si necesita mi ayuda o protección. El miedo, por ejemplo, surge al aparecer una amenaza, pero el concepto de amenaza solo tiene sentido si se especifica el bien amenazado, es decir, lo que se teme perder (mi salud, mi dinero, mis amigos…). Las emociones y sus correspondientes estímulos se clasifican en la figura siguiente:

 

Figura A.1: Clasificación de las emociones y de los estímulos emocionales


4. El ego

 

El ego es el yo que quiere, que desea (esto o lo otro); es el elemento del autómata en el que radica la voluntad1, el que fija las metas teniendo, como objetivo general, el de conseguir, mantener e incrementar los bienes. Así, el ego es el representante y portavoz de los bienes. Yo me identifico (mi ego se identifica) con el conjunto ponderado de mis bienes, de igual forma que el representante de una organización acaba identificándose con ella y llega a creer que vale lo que vale esta. En la siguiente figura se muestra un ejemplo de ego con sus componentes (posesiones y aspiraciones):

 

Figura A.2: Un ejemplo de ego

Un ejemplo de ego

 

En la figura pueden distinguirse tres partes: lo que soy (mi cuerpo con sus cualidades); lo que tengo (familia, posesiones…); y lo que quiero (lo que aspiro a tener). Esto se visualiza en la figura siguiente:


Figura A.3: Las tres partes del ego

Las tres partes del ego


5. Autoestima, felicidad y estado de ánimo

 

La autoestima es el grado de satisfacción que siento por lo que (creo que) soy, es decir,por las capacidades físicas, emocionales y mentales que me atribuyo. Me valoro comparándome con otros (“soy alto”) y/o atendiendo a su opinión (“eres simpático”); por tanto, en gran medida, son los demás los que determinan mi autoestima, de forma directa o indirecta. Para proteger o incrementar la propia estima, suele surgir el autoengaño. Hay tres tipos de autoengaño: 1) tengo gran potencial, pero los demás y la mala suerte no me dejan desarrollarlo… si no fuera así, lo que tienen los otros también lo tendría yo (victimismo, envidia); 2) valgo mucho, pues ayudo a los demás y no necesito su ayuda; lo que pasa es que muchos no reconocen lo que valgo o hago (orgullo); 3) sobresalgo y los demás me admiran, como es lógico, aunque algunos envidiosos no lo hagan (vanidad).

 

La felicidad es el grado de satisfacción que siento por la forma en que se desarrolla mi vida (en sus distintas etapas); depende de la valoración que hago de lo que soy y tengo, teniendo en cuenta lo que quiero (figura A.3). En general, la felicidad (el contento por mi vida) y la autoestima (el contento por mí mismo) siguen rumbos paralelos. Mi nivel de felicidad depende de la relación entre lo que me gustaría ser y tener, y lo que soy y tengo realmente. Para evitar elevados niveles de insatisfacción, existen dos mecanismos de adaptación: no siento ilusión por lo que no tengo esperanza de lograr (aceptación) y no temo perder algo si no tengo esperanza de poder conservarlo (resignación); ambos se combinan para evitar desequilibrios emocionales que nos hagan sufrir innecesariamente.

 

El estado de ánimo es la valoración emocional que se hace del momento actual (la “felicidad momentánea”); la amplitud del periodo de tiempo valorado marca la diferencia entre la felicidad (largo/medio plazo) y el ánimo (corto plazo). El estado de ánimo depende de lo que ocurre en el presente y de nuestras expectativas respecto a un futuro próximo. La relación entre las expectativas y el estado de ánimo no es lineal: la variación de expectativas provocada por un suceso banal puede llegar a suscitar cambios de ánimo desproporcionados2 en personas con poca estabilidad emocional. Por otra parte, la valoración emocional de un suceso depende de nuestro ánimo; así, el hambriento se muestra fácilmente iracundo y el timbre de la puerta puede asustar al angustiado. La conjunción de estos dos factores, que se potencian mutuamente, hace que el ánimo de una persona pueda guardar poca relación con la realidad objetiva de la situación que vive.

 

6. La mente

 

La mente es el elemento del autómata que piensa (es decir, que asocia imágenes) para decidir lo que tiene que hacer el cuerpo con el fin de satisfacer los deseos del ego; es un (simple) software, aunque sea complejo y tenga la capacidad de aprender. A la mente no le gustan las sorpresas y trabaja (previendo/previniendo) para aprovechar, evitar o sortear las oportunidades, amenazas u obstáculos que van surgiendo; es responsable del sufrimiento inútil causado por las imágenes “dolorosas” que lleva repetidamente a nuestra conciencia sin motivo práctico: hace que suframos ahora aunque ahora no pase nada ni nada pueda hacerse por evitar un sufrimiento futuro. La mente suele tener prisa, como si siempre hubiese un importante objetivo que lograr, lo que le impide atender a lo que pasa en el presente; por sus prisas, la mente solo conoce de cada cosa/persona lo que le permite usarla; transforma la realidad en un mundo de cosas etiquetadas de las que solo sabe lo que consta en la etiqueta. En cualquier caso, la mente no quiere estar parada; impulsada por el aburrimiento, si no tiene en qué pensar, se lo busca y cualquier cosa le sirve para desencadenar el pensamiento; pensamos aunque no queramos: aquietar la mente a voluntad es algo muy difícil, como bien saben las personas aficionadas a meditar.

 

7. Sufrimiento

 

Por sufrimiento se entiende la experiencia desagradable asociada a ciertas sensaciones (dolor, hambre, frío) o emociones (miedo, ira, tristeza); estas últimas son responsables del sufrimiento innecesario que producen el ego y la mente operando conjuntamente. Cuando la mente, a las órdenes del ego, trata de conservar un bien, imagina posibles amenazas y -aunque no sean reales- el ego responde generando temor. Si de lo que se trata es de conseguir un bien, la mente imagina posibles oportunidades y -aunque no sean reales- el ego responde generando ilusión; si no las encuentra o aprovecha, se siente desilusión (tristeza) o frustración (tristeza más ira); pero si finalmente se llega a conseguir el bien, comienza el proceso generador de temor antes descrito. Por tanto, habrá sufrimiento mientras haya ego, es decir, mientras tengamos ilusiones o posesiones. Además, la mente multiplicará inútilmente el sufrimiento, ya que no parará de pensar cómo conservar/conseguir bienes, aun cuando ello no sea posible; la repetición mental obsesiva de las pérdidas sufridas o de las que pueden derivarse de una amenaza u obstáculo, que nos produce tristeza, miedo e ira, es ilógica y masoquista, pero muy frecuente.

 

8. La personalidad. Necesidades y actitudes compulsivas.

 

La personalidad es el conjunto de características que permiten diferenciar nuestro comportamiento habitual del de los otros. En general, como resultado de experiencias ocurridas en la infancia o juventud, todos tenemos una necesidad compulsiva predominante (una llaga emocional), de entre tres posibles (necesidad de libertad, afecto o conocimientos); y una actitud compulsiva (un reflejo mental) también predominante, de entre tres posibles (individualista, oportunista o cívica). De la combinación de ambas surgen los nueve tipos de personalidad que se muestran en la figura siguiente:

 

Figura A.4: Tipos de personalidad

Tipos de personalidad

 

9. La (pantalla de la) conciencia

 

Si cierras los ojos en un lugar oscuro y recuerdas un objeto familiar podrás ver una imagen bastante clara. La imagen no es real, no es algo que ves “ahí fuera”. Entonces, ¿dónde la ves? A la “pantalla interna” en la que la ves se la denominará (la) conciencia. En cada instante, llegan a mi conciencia imágenes que cambian continuamente por el hecho de tener abiertos los ojos; son tan intensas que creo que estoy viendo el mundo exterior tal cual es y no una “traducción” proyectada en mi conciencia. Además, a la conciencia llegan también recuerdos e imágenes “artificiales”, producto de la imaginación. En todo caso, las imágenes visuales coexisten (en la conciencia) con otras imágenes mentales (sonidos, olores, roces, etc.), así como con emociones (miedo, ira, tristeza o alegría…) y sensaciones (dolor, placer, hambre, frío…). La conciencia es como un casco de realidad virtual en el que se proyecta mi vida con gran realismo.

 

Figura A.5: La pantalla de la conciencia

La pantalla de la conciencia


 10. “Yo”

 

Si me examino introspectivamente, constato que Yo soy el espectador de la película que veo en la conciencia. Yo soy el que experimenta (el que “ve”) las sensaciones, emociones e imágenes proyectadas en la conciencia. Toda sensación, emoción o imagen es producida por el (cuerpo con ego y mente del) protagonista, que es también, por tanto, el productor de la película. Yo, el espectador, veo en la conciencia la película que produce y proyecta un autómata programado para buscar su supervivencia y la de la especie.

 

Figura A.6: Yo, el espectador

Yo, el espectador


11. La conSciencia y el autómata

 

La conSciencia, tal como se entiende aquí, es el estado en el que soy dueño de mi atención; en el que tengo conciencia de mí mismo (como espectador) y por ello puedo dirigir mi atención a la imagen que yo quiera. Cuando me identifico con lo que pasa en mi conciencia no soy consciente de que soy el observador (el que está mirando): estoy “inconsciente”; mi atención pasa automáticamente de una imagen a otra y soy un espectador pasivo, identificado con el actor de la película (de “mi vida”) que se proyecta en la conciencia. Si me identifico con el actor, siento lo que creo que siente el actor y lloro cuando él lo hace; mi atención ha quedado monopolizada, mi voluntad anulada por mi inconsciencia; entonces, no soy dueño de mi atención y actúo como un autómata. Estoy inconsciente cuando me identifico con el cuerpo del autómata, (con la imagen reflejada por el espejo que miro); con su mente (cuando digo que “yo” pienso esto…); o con su ego (cuando digo que “yo” quiero esto…). El autómata es una máquina compleja, pero una máquina, al fin y al cabo; es un sistema que funciona “automáticamente” cuando me identifico con cualquiera de sus tres elementos constituyentes (ego, mente y cuerpo3). Yo soy el espectador4, pero lo normal es que crea que soy el autómata; sólo cuando soy consciente de que no lo soy, puedo interferir en su funcionamiento.

 

Figura A.7: El autómata y los tres (falsos) yoes

El autómata y los tres (falsos) yoes


12. La meditación

 

Por meditación se entienden aquellas prácticas encaminadas a centrar voluntariamente la atención sobre cualquiera de las sensaciones, emociones o imágenes que pasan por mi conciencia. Meditar significa (intentar) permanecer consciente (dueño de la atención) utilizando a tal fin una técnica determinada. Uno de los propósitos básicos de la meditación es aprender a “aquietar” la mente, de forma que no vaya asociando imágenes por su cuenta (que no nos “robe” la atención). La mayoría de las prácticas de meditación acaban provocando una respiración armoniosa, una relajación muscular, una quietud emocional y un silencio mental; estas condiciones de total relajación, normalmente asociadas a una sensación de paz o placidez, favorecen la consciencia, ya que no queda nada con lo que identificarse, aunque la mente siga intentando pensar.

 

Si se consigue mantener un cierto tiempo la relajación total (y, en especial, el silencio mental), puede llegar a sentirse la identidad propia como “algo que está presente” mientras todo va pasando “ahí fuera”; como una presencia inmóvil que, simplemente, es, frente al continuo cambio de las formas exteriores (que no forman parte de mi verdadera identidad). Intentar experimentar esa “presencia” es fundamental para que una persona se dé cuenta, al menos, de lo que no es, e incluso pueda llegar a intuir / sentir que “eso que permanece” es la naturaleza común de toda persona (o ser vivo) y, por tanto, que carece de sentido la distinción entre yo, tú o él.

 

13. Yo, automatismo y libertad

 

Cuando estoy “inconsciente” no soy libre; soy como un autómata (una máquina compleja capaz de aprender) en cuya memoria están grabadas las “necesidades humanas” (las leyes de la naturaleza humana que nos gobiernan). La persona inconsciente suele creer, sin embargo, que es libre; esta ilusión, muy arraigada, surge del hecho de que cada vez que alguien se pregunta (o le preguntan) si es libre, pasa a serlo, ya que se torna (momentáneamente) consciente; es como el espectador concentrado en la película al que le preguntan si le gusta el trabajo del protagonista, lo que hace que deje (por poco tiempo) de identificarse con él y pueda juzgarlo “desde fuera”.

 

Resulta más difícil sostener que una persona que está “consciente” (por ejemplo, cuando medita) no es dueña de su atención; cuando se es consciente, la libertad es una verdad introspectiva. O bien esto es una ilusión más, o bien es cierto que soy libre, en cuyo caso la substancia que constituye mi Yo no puede ser material (no puede tratarse de una sustancia sujeta a las mismas leyes que las que gobiernan la materia/energía que constituyen mi cuerpo y su entorno). Solo si no lo es, el comportamiento de mi cuerpo en su entorno no estará determinado por las características de ambos (dado que Yo intervengo “desde fuera”, conduzco mi cuerpo de la misma forma en la que un conductor pilota su vehículo).


1 La voluntad del autómata es una apariencia ya que, por serlo, carece de libertad, no puede elegir: el ego quiere lo que tiene que querer, habida cuenta de su programación y experiencias.

2 Por ejemplo, una persona que comienza sus vacaciones en un bonito hotel puede ponerse de muy mal humor si el agua de la ducha no sale suficientemente caliente e iniciar un diálogo interno (no hay derecho, con lo que he pagado...) que le amargue el día.

3 El ego y la mente también están en el cuerpo; en este sentido podría hablarse de cuerpo físico, mental (la mente) y emocional (el ego) o, también (aunque no sería del todo exacto) de hardware, software mental y software emocional.

4 En la figura se utiliza la expresión “yo espiritual” para distinguir al espectador de los demás (y falsos) “yoes”, pero eso no implica que ese yo sea necesariamente “inmaterial”.

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