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PARTE 1ª CAPÍTULO 9

LA CONCIENCIA. "YOES". EL AUTÓMATA.

 

A. La conciencia como “pantalla”. Imágenes visuales.

 

Con un poco de práctica, si cierras los ojos en un lugar oscuro y recuerdas un objeto familiar podrás ver una imagen bastante clara; si fuera un sueño o una alucinación las imágenes parecerían absolutamente reales. Es evidente que la imagen no es real, que no es algo que estés viendo, ya que es un recuerdo (de hecho, puedes recordar algo que ya no existe). Entonces, si la imagen no se corresponde con algo que está ahí fuera ¿dónde la ves? ¿en qué lugar se proyecta? A la “pantalla interna” en la que ves las imágenes1 se la denominará (la) conciencia.

 

Si, a continuación, abres los ojos y miras por la ventana, “la realidad” te invade. Ves y reconoces objetos. En realidad, esos objetos tampoco existen, son solo imágenes que llegan a la conciencia, ondas de luz provenientes de los objetos que son captadas por los ojos, trasladadas al cerebro como impulsos nerviosos, transformadas en la corteza visual (donde se conforma el objeto como tal) y proyectadas en la conciencia. Ni siquiera puedes asegurar que hay algo fuera que se corresponda con los objetos que reconoces; como se verá luego, las imágenes pueden no ser “reales”: podrías estar imaginando, recordando o soñando. La conciencia es la pantalla de una televisión interna (panorámica y 3D) en la que se ven programas “en directo” (lo que estás viendo ahora), así como películas y reportajes en color o en blanco y negro (recuerdos del pasado más o menos cercanos).

 

Conviene reflexionar sobre el hecho de que -contra lo que pueda parecer- tal cosa como “una mesa” (por ejemplo) no existe; una mesa tan solo es una abstracción. Lo que existe ahí fuera es algo que excita el sentido de la vista (y/o el del tacto) y acaba originando una imagen en mi conciencia que reconozco como “mesa” por tener unas propiedades determinadas (codificadas en memoria tras un proceso de abstracción ocurrido en el pasado) que le confieren una identidad (en este caso, la identidad de “mesa”). Los objetos pueden tener mayor o menor nivel de concreción (esta mesa, una mesa...), pero solo son abstracciones, símbolos asociados a propiedades.

 

La variación de las propiedades de un objeto o de su situación respecto a otros se percibe como un suceso o actividad (se ha hecho de noche, me acerco a la mesa) y supone la conformación previa de los conceptos de espacio (situación) y tiempo (variación). Un “suceso” es una abstracción mediante la que se refleja el cambio entre los contenidos actuales de conciencia y los almacenados en memoria; cuando interviene la memoria “de corto plazo” el cambio se percibe como movimiento (estoy andando); en caso contrario, se percibe como envejecimiento (encanezco).

 

B. Imágenes mentales, sensaciones y emociones

 

En la conciencia no sólo aparecen objetos (imágenes) “visuales”. Si miras en tu conciencia (con los ojos cerrados para facilitar la concentración) y centras ahora la atención en los sonidos, podrás reconocer el tic-tac de un reloj o el ladrido de un perro: son imágenes sonoras, “objetos” que suenan en tu conciencia, ya que es evidente que lo único que llega a tus oídos son “ondas de aire”. De igual forma se reconocen otros “objetos” a través del sentido del olfato (olor a rosas), del gusto (sabor a manzana) o del tacto (golpe, roce, presión...). Los impulsos que originan imágenes pueden generarse en los sentidos externos, pero también en los internos: percibo el “latido del corazón” o la “acidez de estómago” (por supuesto, los percibo en mi conciencia y no en el corazón o el estómago).

 

Los objetos anteriores son imágenes mentales, elaboradas por / en el cerebro con datos provenientes de los sentidos y la memoria: las imágenes pueden ser “reales” o imaginarias. Las reales son las que percibo ahora a raíz del trabajo de los sentidos (el amigo al que veo); son lo que tradicionalmente se denomina percepciones2. Las imaginarias pueden ser recuerdos, producidos por la memoria o “imaginaciones”, construidas por el pensamiento a partir de datos de memoria (ver al amigo puede llevarme a recordar cómo era o a imaginar cómo será). Las imágenes “reales” al menos tienen algo real: el estímulo que las origina; los recuerdos e imaginaciones, ni eso. Las reales las percibo como tales por su “viveza” y detalle, pero un alucinógeno hace que lo imaginario parezca muy real.

 

Si me clavan una aguja por la espalda, experimento la sensación de dolor y reacciono de forma refleja mucho antes de que mi mente lo califique como tal; de forma similar, una imagen (la de un perro agresivo, por ejemplo) puede provocarme súbitamente una emoción que solo luego calificaré como miedo. Si cierro los ojos y exploro mi conciencia, identificaré claramente el dolor o miedo que pueda sentir, diferenciándolos de los restantes contenidos de conciencia. Por tanto, las sensaciones y emociones también son imágenes que veo (siento) en mi conciencia y que, al igual que las imágenes mentales, pueden ser reales o imaginarias (puedo sentir miedo recordando el perro que me mordió o dolor en una pierna amputada).

 

En resumen, en cada instante, llegan a mi conciencia imágenes muy diversas; las imágenes visuales se producen y cambian continuamente por el mero hecho de tener abiertos los ojos; son tan intensas y detalladas que llego a creer que estoy viendo el mundo exterior tal cual es y no una “traducción” del mismo proyectada en mi conciencia. En todo caso, las imágenes visuales coexisten (en la conciencia) con otras imágenes mentales (sonidos, olores, roces, etc.), así como con emociones (miedo, ira, tristeza o alegría…) y sensaciones (dolor, placer, hambre, frío…). La conciencia es como un casco de realidad virtual que uso continuamente, en el que se proyecta mi vida con enorme realismo, ya que no solo llega señal de audio y video (y también señales táctiles, olfativas, etc.), sino que llegan, además, señales “sensitivas” (como el dolor) y emotivas (como el miedo), tal como se resume en la siguiente figura:

 

Figura 9.1: La pantalla de la conciencia (1)

La pantalla de la  conciencia

 

C. YO soy el “espectador”, el que observa la pantalla

 

Lo que acaba de exponerse plantea un dilema fundamental. Supóngase que me sitúo frente a un espejo; ¿quién soy YO: el cuerpo reflejado en el espejo o el que ve ese cuerpo en la pantalla de la conciencia (el espectador)? Y, en cualquier caso, ¿el espectador forma parte del cuerpo3 o es algo externo y/o incorpóreo?

 

Figura 9.2: La pantalla de la conciencia (2)

La pantalla de la  conciencia


Estas preguntas están emparentadas con las planteadas, desde siempre, respecto a los conceptos de cuerpo, mente, alma, espíritu y sus relaciones respectivas.

 

No sé cuál es mi naturaleza, de qué estoy hecho, pero sí sé, si me examino introspectivamente, que soy el espectador de la película que veo en la conciencia. YO soy el que experimenta (el que “ve”) las sensaciones, emociones e imágenes proyectadas en la conciencia; YO siento (emociones y sensaciones), pero no pienso: me limito a ver las imágenes que llegan a la conciencia, pero no las concateno, de eso se encarga la mente. Toda sensación, emoción o imagen es producida por el (cuerpo con ego y mente del) protagonista, que es también, por tanto, el productor de la película. YO, el espectador, veo en la conciencia la película que produce y proyecta un autómata programado para buscar su supervivencia y la de la especie. ¿Dónde estoy YO? ¿Vivo en el cerebro del autómata, como la mente? Por ahora, la pregunta permanecerá sin respuesta.

 

Figura 9.3: YO y el autómata

YO y el autómata


En capítulos anteriores se ha dicho que las sensaciones y emociones impulsan la actividad de la mente; es una afirmación intuitiva, pero posiblemente inexacta; lo más probable es que el autómata sea autónomo, que no necesite al espectador; que su actividad no dependa de lo que YO experimente. Para el autómata, la conciencia es un centro de gestión que ordena las respuestas en función de las señales entrantes. El hecho de que para mí la conciencia sea una pantalla donde vea esas señales como sensaciones, emociones o imágenes puede ser irrelevante. Es probable que el autómata se comportase igual aunque no hubiera espectador, solo que entonces no habría un testigo de su actividad física, emotiva y mental (las sensaciones, emociones e imágenes existen como tales porque hay espectador); si al autómata le pinchan una mano, el movimiento reflejo y las señales nerviosas que se producirán serán las mismas, haya o no espectador.

 

D. El Yo físico (cuerpo), el mental (mente) y el emocional (ego)

 

Raro es que sea consciente de que soy el espectador mientras veo la película. Puesto que una de las imágenes que veo más frecuentemente en la conciencia es la de mi cuerpo, lo normal es que YO me identifique con el protagonista (el autómata); que crea que soy mi cuerpo, en lugar de creer que soy el que ve ese cuerpo en la conciencia. A menudo, este engaño dura toda la vida y podría tener una consecuencia desastrosa, como se verá en capítulos posteriores; en cualquier caso, lo que implica mi identificación con el autómata es que YO (el espectador) desaparezco subsumido en el yo (con minúsculas) que utilizo cuando hablo, el yo que utiliza la mente para referirse al autómata (el cual, como se verá, es un “triple yo”).

 

Cuando un recién nacido ve “su mano” no sabe aún que lo que ve es su mano y ni siquiera sabe qué es una mano; pronto aprenderá a reconocer su cuerpo y llegará el momento en que el niño pase de decir “Pepito quiere comer” a “(yo) quiero comer”; a partir de entonces, cuando le enseñen una foto señalará la imagen de su cuerpo y dirá “ese soy yo”. La mente utiliza el lenguaje para pensar y el lenguaje recurre sistemáticamente al uso de pronombres. ¿A quién se refiere la mente cuando al hablar dice yo? Yo, tu, él… son los símbolos que la mente utiliza para distinguir al autómata que habla de los otros con los que se relaciona. En general, la mente utiliza el término “yo” para referirse al cuerpo en el que se siente integrada, al cuerpo que quiere cuidar y proteger por imperativo de su programación. De hecho, cree que es su cuerpo porque lo siente (le duele una herida o una articulación) y lo ve moverse como una “unidad”; todo gracias al trabajo de los sentidos internos y externos.

 

Sin embargo, cuando la mente quiere expresar lo que piensa (yo considero que…) utiliza el “yo” para referirse a sí misma; se concibe (erróneamente) como el ente que concatena voluntariamente las imágenes que aparecen en la conciencia; es como si una lavadora creyera que es ella la que decide que después de la fase de lavado viene la de aclarado. La mente es un piloto automático indisolublemente unido al vehículo (al cuerpo) que conduce; cuando dice “yo voy muy rápido” quiere decir que el vehículo conducido por él va muy rápido; cuando dice “yo conduzco bien” quiere decir que él, el conductor, lo hace bien; los sujetos son distintos.


¿Por qué la mente piensa lo que piensa?, ¿por qué piensa en una dirección, con un objetivo? La respuesta es: porque así lo quiere el ego. El ego es quien pone deberes a la mente; como portavoz de los bienes, le dice: piensa lo que hay que hacer (lo que el cuerpo ha de hacer) para mantener o lograr esto y lo hace a través de las emociones. Cuando la mente dice “yo amo, deseo, temo…” está traduciendo al lenguaje hablado el tipo de orden que recibe del ego, está diciendo lo que la mueve a pensar; el ego es el que “carga” la imagen que obliga a la mente a trabajar para ver cómo puede descargarla. Finalmente, el ego valora los resultados conseguidos y vuelve a expresarse mediante emociones (en este caso, las de alegría o tristeza).


Lo anterior permite dar un paso más en la analogía del espectador y el protagonista de la “película de mi vida”. Supóngase que el protagonista (la imagen de mi cuerpo) se limita a caminar por una carretera desolada; al aburrido espectador no le costará dejar de identificarse con él. Por el contrario, supóngase que la película es amena: el protagonista tiene un buen trabajo que está en peligro, una familia a la que quiere, una casa que aún está pagando, amigos con los que divertirse ocasionalmente y un cierto prestigio; pasa por buenos y malos momentos en su lucha por mantener o incrementar sus bienes. En este caso, es probable que el espectador permanezca “inconsciente”; se identificará tanto más con el protagonista cuantos más bienes tenga este; en definitiva, la magnitud de la inconsciencia es proporcional al tamaño del ego. El ego quiere crecer porque vive de esa inconsciencia: si es pequeño corre el riesgo de que el verdadero yo (el espectador) tome conciencia de sí mismo y cuando esto ocurre (y mientras dure) el ego deja de tener identidad propia.

 

E. El autómata inconsciente

 

Un resumen de lo expuesto se muestra en la siguiente figura:

 

Figura 9.4: El autómata y sus “yoes”

El autómata y sus yoes

El autómata es una máquina compleja, pero una máquina, al fin y al cabo; es un sistema que funciona “automáticamente” gracias a la interacción de tres subsistemas: el ego, la mente y el cuerpo4. Yo soy el espectador5, pero lo normal es que crea que soy el autómata; cuando soy consciente de que no lo soy, puedo interferir en su funcionamiento, pero esto se verá posteriormente; de momento se tratará exclusivamente del comportamiento del autómata.

 

Aunque el tema se abordará con mayor profundidad en el próximo capítulo, la interacción ego-mente-cuerpo puede visualizarse mediante la siguiente analogía: un cliente alquila un taxi para recorrer -y así ir conociendo- una determinada ciudad; el cliente es el ego, el taxista la mente y el taxi el cuerpo. El cliente-ego y el taxista-mente van dentro del taxi-cuerpo, con el que forman una unidad funcional.

 

El taxi tiene un chasis en el que se sustentan los sistemas de dirección e impulsión, que permiten que el taxista conduzca y tiene ventanillas que permiten al cliente obtener información sobre la ciudad que recorre. Esta organización es similar a la de nuestro cuerpo (en el que los órganos de los sentidos juegan el papel de ventanillas).

 

Por su parte, el taxista debe informarse de los deseos del cliente, pensar qué camino seguir y conducir el vehículo por el camino elegido. Estas tres funciones son, precisamente, las funciones básicas de la mente. La mente “conduce al cuerpo” cuando le va ordenando lo que debe hacer para satisfacer los deseos del ego siguiendo el “camino” que piensa que es más adecuado.

 

El cliente, que es quién manda, debe tener un objetivo (conocer la ciudad, por ejemplo), exponer sus deseos al taxista (lo que quiere hacer en cada momento) y evaluar lo que ve por la ventanilla (por si quiere ir por otro sitio). Similarmente, el ego tiene un objetivo, definido por sus sentimientos (obtener y mantener aquello a lo que ama), indica a la mente lo que quiere mediante el deseo, el miedo o la ira y expresa su satisfacción a través de la alegría o tristeza.

 

La analogía expuesta se resume en la siguiente figura:

 

Figura 9.5: La analogía taxi / autómata

La  analogía taxi / autómata



1 Con independencia de que estés despierto, dormido o en un ensueño.

2 Estructuraciones realizadas a partir de los impulsos nerviosos que llegan de los sentidos externos o internos (sensaciones) cuando estos son estimulados.

3 Como la persona que se está grabando a sí misma (o a una parte de sí misma) con una cámara.

4 El ego y la mente también están en el cuerpo; en este sentido podría hablarse de cuerpo físico, cuerpo mental (la mente) y cuerpo emocional (el ego) o, también (aunque no sería del todo exacto) de hardware, software mental y software emocional.

5 En la figura se utiliza la expresión “yo espiritual” para distinguir al espectador de los demás (y falsos) “yoes”, pero eso no implica, como se verá más adelante, que ese yo sea necesariamente “inmaterial”.

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