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PARTE 1ª CAPÍTULO 8

PERSONALIDAD Y ENEAGRAMA

 

A. Personalidad

 

La personalidad del individuo (del autómata) es el conjunto de características que permiten diferenciar su comportamiento habitual del de los otros; es la descripción de su conducta “diferencial” y depende de las características combinadas de su ego, mente y cuerpo. Dado que el ego rige a la mente y esta al cuerpo, la influencia del ego sobre la personalidad es mayor que la de la mente y esta que la del cuerpo.

 

Para caracterizar el ego podría recurrirse al espectro de bienes (figura 5.2), pero este enfoque es laborioso y poco exacto1, en particular, cuando se trata de aplicar a desconocidos. Como los bienes lo son porque contribuyen a satisfacer necesidades, una alternativa más directa consistiría en caracterizar nuestro ego a partir del espectro de necesidades, como se muestra, por ejemplo, en la figura 8.1.

 

Este enfoque tampoco es práctico, sin embargo, ya que no hay posibilidad de medir y comparar la intensidad de esas necesidades, totalmente subjetivas. Este tipo de “caracterización por descripción”, que no resulta viable en el caso del ego, aún lo es menos en el caso de la mente o del cuerpo, cuya naturaleza no puede asociarse a un conjunto de bienes o necesidades. Es necesario, por tanto, buscar una alternativa.

 

Figura 8.1: Caracterización del ego a partir de las necesidades

Caracterización del ego a partir de las necesidades

 

Una solución al problema anterior consiste en definir previamente distintos tipos de personalidad para poder así clasificarlas asimilándolas -con la imprecisión que ello supone- a uno u otro de esos tipos. La manera más fácil de hacerlo es considerar nuestro comportamiento como una “actividad” que, como cualquier otra, debe tener un objetivo esencial, fijado por el ego y, básicamente, por nuestra llaga emocional; y una estrategia general, fijada por la mente y, básicamente, por nuestro reflejo mental.

 

Teniendo en cuenta que hay tres tipos de llagas emocionales y tres tipos de reflejos mentales, de la combinación de ambos resultan nueve distintos tipos (básicos) de personalidad. Cada uno de ellos puede ser matizado en función del tipo de instinto básico (término usado para caracterizar las tendencias innatas asociadas al cuerpo).


Debe recalcarse desde el principio que los objetivos y estrategias, al estar condicionados por nuestras llagas y reflejos, no suelen tener una base consciente y racional; por tanto, no son propiamente objetivos y estrategias, sino necesidades y actitudes compulsivas las cuales, por ser inconscientes, no son percibidas como tales; por ello, las personas tienden a racionalizar su conducta buscando argumentos que les permitan explicar (a sí mismas y a otras) las razones por las que actúan como lo hacen. Al entender que estas “razones” son extensibles a los demás, su comportamiento pasa a ser, a menudo, la norma para juzgar la conducta del prójimo.

 

B. Necesidades / objetivos compulsivos

 

Está claro que el objetivo fundamental de nuestra vida es “ser lo más felices posible”, es decir, poder satisfacer nuestras necesidades en todo momento. En el apartado F del capítulo 1, las necesidades se han clasificado, por su naturaleza, en tres grupos: motrices, emocionales y mentales. Como ya se ha explicado:


  1. Las necesidades motrices nos mueven a buscar la libertad / autonomía necesaria para conseguir el mayor bienestar posible en cada momento; son las más primitivas, las del animal que se mueve en función de sus sensaciones, sin mirar por otros de su especie (con los que no se agrupa) ni esforzarse con vistas al futuro. Una persona “gozadora” sería aquella cuyas necesidades motrices predominasen sobre los otros tipos de necesidades.
  2.  

  3. Las necesidades emocionales nos impulsan a buscar afecto / atención, es decir, a intentar que los otros velen por nosotros: que nos apoyen (facilitando así nuestro bienestar) cuando lo necesitemos. Nos sentimos “queridos” -satisfacemos esta necesidad- si constatamos que los demás se preocupan por nuestro bienestar. Una persona “afectiva” sería la que tuviera necesidades emocionales predominantes.
  4.  

  5. Las necesidades mentales nos impulsan a conocer para prevenir: a saber prever y cómo actuar frente a las oportunidades o amenazas que se presenten, es decir, a saber qué hacer para optimizar nuestro bienestar global teniendo en cuenta el futuro y no solo la situación actual. Una persona “previsora” sería aquella cuyas necesidades mentales fueran predominantes.

 

Todos tenemos estas tres necesidades aunque, normalmente, una de ellas predomine sobre las otras, lo que ocurre cuando existe alguna de las “llagas emocionales” a las que se ha hecho referencia en el capítulo 5 (apartado H): las llagas de la irritación, de la estima y del temor, correspondientes a una necesidad exagerada de libertad, afecto o prevención.

 

En relación con estas tres necesidades, que impulsan al individuo en una u otra dirección, una personalidad puede considerarse “equilibrada” cuando las tres son moderadas y de intensidad similar.

 

“Moderadas” significa que las emociones que sustentan esas necesidades bastan para llevarnos hacia un desarrollo funcional adecuado sin esclavizarnos; significa, por tanto, que no existen llagas emocionales que nos conviertan en personas irritables, hipersensibles o medrosas por nuestra exagerada susceptibilidad a ciertos estímulos.

 

“Intensidad similar” quiere decir que nuestros impulsos hacia la acción, el sentimiento o el pensamiento se conjugan funcionalmente sin que alguno predomine sistemáticamente; quiere decir, por tanto, que no vivimos solo (o preferentemente) en nuestro cuerpo, corazón o cabeza.

 

C. Actitudes / estrategias compulsivas

 

Como ya se ha explicado (capítulo 6, apartado C) los reflejos mentales son actitudes compulsivas que me mueven a actuar, respecto a los demás, de una cierta forma. Son estrategias que se mostraron exitosas en el pasado y que se aplican permanente, inconsciente y sistemáticamente, sin cuestionárnoslas ni intentar adaptarlas a cada caso; son errores de aprendizaje, defectos (sesgos) en nuestro software mental.

 

  1. La actitud individualista hace que intentemos “apañarnos”: satisfacer nuestras necesidades con nuestros medios, evitando recurrir a los otros (y rechazando sus injerencias). El individualista evita a los demás porque los considera amenazas u obstáculos; cree que si se relacionara con ellos saldría perjudicado.
  2.  

  3. La actitud oportunista hace que intentemos aprovecharnos de los otros: que nos esforcemos para que satisfagan nuestras necesidades (directamente o dándonos medios para hacerlo) sin obligarnos a dar algo a cambio. Se trata de una actitud de lucha en la que “el otro” es considerado, a priori, como una oportunidad, ya que el oportunista solo busca relaciones beneficiosas.
  4.  

  5. La actitud cívica hace que procuremos colaborar con los otros: que trabajemos para satisfacer sus necesidades esperando, como contrapartida, que ellos satisfagan las nuestras (directamente o dándonos medios para hacerlo). Esta actitud incluye la exigencia de un intercambio justo; “el otro” es una oportunidad, pero no una posible “presa”, como pasa con el egoísta (el “oportunista”).

 

En el tránsito de la actitud individualista a la oportunista y de esta a la cívica se va incrementando la “seguridad en el futuro”. Para buscar el bienestar, el individualista solo tiene los medios que puede obtener con su esfuerzo; el oportunista tiene, además, los que consigue arrancar a los otros, lo que es cada vez más difícil en sociedades que van dejando de regirse por la ley de la selva; por último, el “cívico” cultiva sus habilidades para asegurarse de que, a cambio de sus servicios, los otros le van a proporcionar lo que necesita (lo que es una buena política teniendo en cuenta que en las sociedades actuales ser rentable para la sociedad es muy rentable); pero eso no quiere decir que la actitud cívica sea la idónea en toda circunstancia.

 

Por último, debe resaltarse que estas actitudes compulsivas se corresponden exactamente con las tres categorías (“innatas”, “egoicas” y “cívicas”) en que se han agrupado las necesidades según las fases de desarrollo del ser humano (“bebe”, “niño” y “adulto”), como se ha explicado en el apartado F del capítulo 1. Pareciera como si las personas individualistas se hubieran quedado en la fase de bebé, las egoístas en la niñez y, por fin, las “cívicas” hubieran alcanzado la madurez; pero debe recordarse que todo reflejo es intrínsecamente malo (aunque el “cívico” lo sea menos), puesto que es una compulsión que nos esclaviza y lo hace, a menudo, sin que nos apercibamos.

 

D. Instintos básicos

 

Existen tendencias instintivas que se correlacionan con las llagas emocionales y los reflejos mentales, es decir, que tienen similar “propósito”, pero que son propios de animales con un grado de desarrollo emocional y mental limitado. Estos instintos también operan en el ser humano y condicionan nuestras acciones pero, en general, no son factores predominantes en la configuración de nuestra personalidad. Hay tres instintos básicos (que fácilmente pueden identificarse si se observa el comportamiento de los individuos en tribus o manadas).

 

El primer instinto es el de “apoderarse”, el de usar la fuerza para conseguir lo que se quiere; se corresponde con la llaga de la irritación y el reflejo oportunista; el segundo es el de agruparse (formando clan o manada) con objeto de aunar fuerzas (y sin que medie afecto o cálculo); se corresponde con la llaga de la estima y el reflejo cívico; y el tercero es el de protegerse, el de disponer de refugio y fuentes de abastecimiento “seguros”; se corresponde con la llaga del temor y el reflejo individualista. Lo expuesto en este apartado y los dos anteriores se resume en la siguiente figura:

 

Figura 8.2: Las compulsiones del autómata

Las compulsiones del  autómata


E. Tipos de personalidad


Si se hace la hipótesis de que toda persona tiene una necesidad compulsiva predominante (una llaga emocional) y una actitud compulsiva también predominante (un reflejo mental), entonces, de su combinación surgen los nueve tipos de personalidad, que se muestran en la figura 8.3. Esta hipótesis no parece excesivamente descabellada si se tiene en cuenta que tanto las necesidades como, en particular, las actitudes son poco compatibles entre sí; en cualquier caso, aunque sea con las inexactitudes propias de toda simplificación, permite tipificar las personalidades fácil e intuitivamente.

 

Figura 8.3: Tipos de personalidad

Tipos de personalidad

 

Como las necesidades / actitudes compulsivas coinciden, respectivamente, como ya se ha explicado, con la clasificación de las necesidades según su naturaleza / fase de desarrollo (mostrada en la figura 1.3), la figura 8.3 puede transformarse en la siguiente, donde se presenta la necesidad fundamental de cada tipo de personalidad


Figura 8.4: Necesidad fundamental de cada tipo de personalidad

Necesidad fundamental de cada tipo de  personalidad


No debe creerse que las personalidades son mejores en la senda que va del hippy (el gozador individualista) hasta el comprometido (el previsor cívico); lo que aumenta es la gente a la que se puede beneficiar o dañar. El hippy se relaciona con un número limitado de personas a las que suele “querer bien”, aunque pueda dañarlas por su “conducta veleta”; en el otro extremo, el comprometido desea que grandes colectivos de personas hagan lo que él cree adecuado; esto puede ser muy bueno, pero también muy malo (probablemente, Hitler era un “comprometido”).

 

La génesis de nuestra personalidad, en base a experiencias más o menos intensas ocurridas (en general) en la infancia, suele ser compleja2, relativamente aleatoria3 y, por ello, difícil de investigar. En todo caso, debe notarse que la clasificación mostrada en las figuras anteriores es tanto más precisa cuanto más dañado esté el psiquismo de la persona “clasificada” (cuanto mayor sea la “profundidad” de sus llagas y reflejos). Una persona muy equilibrada, mental y emocionalmente, es difícil de clasificar; puede decirse que, en cierta forma, lo que define nuestra personalidad son nuestras “anormalidades”.

 

F. La isla del cocotero

 

Por razones que se expondrán más tarde, no se pretenden detallar los nueve tipos de personalidad esbozados en el apartado anterior, más allá del análisis caricaturesco que se presenta en el siguiente ejemplo:

 

Tras naufragar, llegan a una pequeña isla un capitán y algunos soldados. Su única fuente de alimentación es un alto cocotero. Frente a la posibilidad de tener que subir, el soldado X puede comportarse de 9 formas distintas, según su personalidad:

 

  1. El hippy: Desea que cada uno se apañe como pueda, pero sube si se lo pide el capitán o, excepcionalmente, otro soldado (ya que quiere tranquilidad y no pelea), aunque le molesta que le digan qué hacer. No se compromete a subir porque saberse obligado le amarga el día (y el divertido buceo en sus playas). Si debe subir, espera hasta el último momento.
  2.  

  3. El sensible: Pregona -y se cree- que le tratan injustamente (respecto a la subida al cocotero o a otra cosa) y/o lamenta tener alguna peculiaridad que le dificulta subir; va por su cuenta, suele poner cara de víctima, protestar y sumarse a las protestas de otros, de los que a veces consigue apoyo (porque le compadezcan o porque estén hartos de oírle).

 

  1. El estudioso: Observa cómo suben los otros al cocotero y estudia la mejor forma de hacerlo; sube de noche para evitar que le vean y le pidan; por si acaso, se aleja del capitán y de cualquier soldado hambriento, y procura ser moderado en la comida y tener una cierta reserva (por si el hambre le coge en un mal momento).
  2.  

  3. El depredador: Intenta que le bajen el coco o, al menos, que no le ordenen que suba. Desafía al capitán pero, si no consigue librarse de él, intenta ser su teniente. Si tampoco lo logra, amenaza a los más débiles para que le sirvan. A los que le obedecen les ofrece algún coco y les da protección para nadie se lo robe.

 

  1. El competidor: Se entrena para subir rápido al cocotero y bajar el mayor número de cocos. Aprecia a los rápidos y desprecia a los lentos. Sufre si le superan, lucha para ganar y, si lo logra, espera que todos le miren mientras pasea bien peinado, lo que hace frecuentemente. Cree que se merece el aplauso general o el coco más bonito.
  2.  

  3. El sociable: Suele decir al capitán que le toca subir a otro, pero sube si no puede escaquearse porque lo que le interesa es volver a reunirse con sus soldados-amigos; quiere charlar, planear y compartir actividades para superar el aburrimiento de la vida isleña y enterarse de lo que pasa (en particular, de si el capitán está de mal humor).

 

  1. El cumplidor: Pide al capitán que regule la recogida de cocos y espera que lo haga con justicia. Sube cuando le toca y confía que los demás también lo hagan. Cada decisión injusta del capitán y cada incumplimiento no castigado de otro soldado le repercute y, por eso, le molesta, hasta que explota al sentirse explotado.
  2.  

  3. El amable: Sonríe a todos los que se cruzan en su camino y se interesa por su salud. No exige que le bajen los cocos y está dispuesto a subir al cocotero -o a lavar los platos- si alguien no puede hacerlo. Sin embargo, al despertarse, espera encontrarse un coco a sus pies, al menos de vez en cuando, como prueba de cariño y agradecimiento.

 

  1. El comprometido: Sube al cocotero si es necesario, pero discrepa con el capitán sobre la forma más ética de organizar la recogida y está dispuesto a sustituirlo, si le apoyan los otros, en aras del bien común. Desconfía del capitán temiendo que tenga intereses espurios y vigila a sus compañeros, por si roban cocos a traición.

 

G. El eneagrama de la personalidad

 

En la figura siguiente los 9 tipos de personalidad (organizados en la figura 8.3 en forma de matriz) se presentan “colocados” en un eneagrama4. Cada tipo va con un número y una frase que resume lo que una persona de ese tipo desea de las demás. En rojo se muestran los tipos con necesidad compulsiva de libertad / autonomía (llaga de la irritación); en verde los que tienen la necesidad compulsiva de afecto / atención (llaga de la estima); y en azul los que tienen la de conocimiento / prevención (llaga del temor). Los puntos se conectan mediante un triángulo inscrito y otras líneas cuyo significado se explicará más adelante.


Figura 8.5: El eneagrama de las personalidades

El eneagrama de las personalidades


Se ha optado por no desarrollar más los tipos de personalidad (y presentarlos en forma de eneagrama5), porque el llamado eneagrama de la personalidad6, idéntico al de la figura anterior (con los mismos números, pero variando el nombre de los tipos según el autor), constituye desde hace años una herramienta esencial para el estudio de las personalidades y carece de sentido profundizar en los distintos tipos cuando la bibliografía disponible es amplísima7; en el eneagrama se distinguen tres subtipos (por tipo), que se corresponden con los tres “instintos básicos” explicados en el apartado D.

 

Las líneas del interior del eneagrama (el triángulo que une tres tipos y las líneas que unen los seis restantes) representan el tránsito entre personalidades que tiene lugar mientras / cuando fracasa la estrategia (la actitud compulsiva) utilizada para lograr el objetivo (el de satisfacer la necesidad compulsiva). Una idea cualitativa de lo que pasa en tales circunstancias se presenta a continuación:

 

Si el cumplidor, a pesar de cumplir lo pactado, no recibe su justa retribución, reclamará al incumplidor, se quejará de él a los demás y lo denunciará; actuará, por tanto, como el sensible. Si este, a pesar de lamentarse, no consigue la comprensión ajena, tendrá que hacer “algo por alguien” para evitar la soledad emocional; con ese alguien se comportará como el amable. Si este, a pesar de su bondad (como la de la madre respecto al hijo), no obtiene lo que pide en agradecimiento por lo que da, tendrá que intentar conseguirlo “a las malas” (castigando al hijo, por ejemplo); se comportará como el depredador. Si este, con su fuerza o habilidad, no logra obtener de los otros lo que desea o evitar que le impongan su voluntad, deberá espabilarse para prever y controlar mejor las oportunidades y amenazas que se presenten; se comportará, por tanto, como el estudioso. Si a este se le plantea un problema cuya solución no puede encontrar solo, le preguntará al que pueda saberla, aunque corra el riesgo de quedar obligado, pero intentará no comprometerse; se comportará, por tanto, como el sociable. Por último, si este no puede obtener de sus amigos la información que necesita, tendrá que “comprarla” (pagar a un abogado, por ejemplo), comportándose como el cumplidor (cambiando bien por servicio) y cerrando el ciclo que ha comenzado con este.

 

Por otra parte, si el hippy, con su anarquía, no consigue divertirse con sus propios medios e incluso pasa hambre, tendrá que aceptar y aplicar las reglas sociales; se comportará, por tanto, como el comprometido. Si este no confía en convencer a la gente por sus buenas ideas, intentará seducirles con su buena presencia y televisiva sonrisa; se comportará, por tanto, como el competidor. Por último, si este no consigue ser el primero y, ni siquiera, el segundo, la vergüenza de “no ser nadie” le impulsará a apañárselas solo; se comportará, por tanto, como el hippy, cerrándose así el ciclo que ha comenzado con este.

 

Las líneas del interior del eneagrama tomadas en el sentido contrario al mostrado en la figura indican el camino para mejorar las compulsiones que nos condicionan (que es el camino opuesto al del ejemplo anterior). Baste, como muestra, el siguiente ejemplo:

 

La actitud del hippy es la de alejarse de la gente en general, limitando sus relaciones; le conviene progresar hacia el competidor, que busca llamar la atención. A este solo le importa destacar por su aspecto y prestaciones; es superficial y le conviene progresar en la dirección del comprometido, más “ideológica”. A este, por último, le conviene relajarse y disfrutar, como hace el hippy, sin estar continuamente pensando en el deber y vigilante frente a la traición.

 

H. Más allá del eneagrama

 

Para describir o caracterizar al autómata, al igual que a cualquier otro artilugio móvil que requiera un cierto equilibrio y capacidad de adaptación al medio, conviene empezar por sus características básicas, es decir, por su tipo8 y, luego, por las cualidades o defectos que la diferencian de las de su mismo tipo; en todo caso, es fundamental conocer su estabilidad / manejabilidad9.

 

El modelo descriptivo del funcionamiento del ser humano que se utiliza en el presente trabajo es el de un sistema compuesto por tres subsistemas básicos: el ego, la mente y el cuerpo. El ego es el que marca los objetivos; a las “órdenes” del ego, la mente piensa qué hacer y conduce al cuerpo para que lo haga. Cada uno de estos tres elementos puede caracterizarse mediante su tipo, su “estabilidad” y sus (restantes) características (cualidades o defectos), como se verá a continuación.

 

En relación con el tipo, el ego se caracteriza por sus llagas emocionales, que determinan nuestras motivaciones; la mente, por los “reflejos mentales”, que condicionan la forma de relacionarnos con los demás para alcanzar los objetivos marcados por el ego; y el cuerpo por sus instintos básicos. Las llagas, los reflejos y los instintos son las “manías” (tendencias compulsivas o instintivas) de los respectivos subsistemas.

 

La estabilidad puede entenderse como la variable que expresa la inercia que presenta mi ego, mente y cuerpo para realizar las actividades (emocionales, mentales y motoras) que les son propias:

 

  1. la inercia emocional determina la estabilidad de mi estado de ánimo frente a cambios en la situación actual o en mis expectativas (capítulo 5, apartado G); una persona es impasible o susceptible según su mayor o menor estabilidad emocional;
  2.  

  3. la inercia mental determina la estabilidad de mis decisiones frente a cambios en el estado de ánimo (normalmente, por preocupaciones coyunturales); una persona es calculadora o impulsiva según su mayor o menor estabilidad mental10;
  4.  

  5. y la inercia “física” determina la velocidad de reacción del cuerpo frente a las decisiones de la mente; una persona puede ser parsimoniosa o dinámica.
  6.  


Mi estabilidad (o reactividad) “global” es el producto de estos tres factores y determina cuánto dependen mis acciones de lo que ocurre en el presente. Es conveniente situarse en un término medio entre susceptibilidad e impasibilidad, impulsividad y “cálculo”, y dinamismo y parsimonia, para evitar que nuestro comportamiento no se asemeje ni al de una veleta ni al de un monolito.

 

En la figura 8.6 se resumen los condicionantes de la personalidad:

 

Figura 8.6: Condicionantes de la personalidad 

Condicionantes de la  personalidad

 

En el eneagrama (apartado E) se han clasificado los tipos de personalidad teniendo en cuenta solo las llagas emocionales y los reflejos mentales; además, en la bibliografía sobre el eneagrama se incluyen los subtipos correspondientes a los instintos básicos. Para precisar la descripción de la personalidad deberían considerarse también los otros elementos de la figura anterior: las cualidades y, especialmente, la estabilidad o reactividad emocional, mental y “física”. En la tabla siguiente se resumen las características de la personalidad.

 

Figura 8.7: Caracterización de la personalidad

Caracterización de la  personalidad



1 En algunos casos, los bienes son difíciles de cuantificar (la “simpatía”, por ejemplo); en otros, aunque sea fácil hacerlo (el dinero, por ejemplo), resulta difícil valorar la importancia que se les da; y, finalmente, en otros más, resulta difícil saber qué quiere satisfacerse con el bien (puedo desearlo movido por la necesidad de seguridad material o la de relevancia, por ejemplo).

2 Lo lógico es que primero se haya formado la llaga (el objetivo compulsivo) y luego el reflejo (la estrategia compulsiva), pero pueden formarse simultáneamente o, incluso, al revés.

3 Por ejemplo, en sus primeros años, un hijo único muy querido podría convertirse en un niño mimado (un gozador), pero también en un niño afectivo; si luego, en el colegio, el (finalmente) niño mimado logra por la fuerza lo que desea se convertirá en un depredador pero, normalmente, uno no es el más fuerte de la clase, ni el más débil, ni el más nada. Por ello, la adquisición de un determinado reflejo, al igual que la de una llaga y, por tanto, la conformación de un determinado tipo de personalidad, tiene mucho de aleatorio.

4 En una circunferencia en la que los puntos forman un eneágono (no dibujado).

5 El eneagrama, introducido en Occidente por Gurdjieff antes de 1930, es una figura geométrica muy útil para describir cómo funciona un ser vivo u otro sistema compuesto por tres subsistemas: uno que fija objetivos, otro que piensa / planea cómo alcanzarlos y un último que desarrolla las acciones planificadas.

6 El eneagrama de las personalidades fue formalizado por Oscar Ichazo antes de 1960, desarrollado luego por Claudio Naranjo y perfeccionado más tarde por Helen Palmer, Richard Riso, Russ Hudson y otros.

7 La información es mucho menos satisfactoria respecto a la génesis del eneagrama: de las razones por las cuales los 9 tipos son esos y no otros (que es de lo que tratan los primeros apartados de este capítulo).

8 Si se tratase de una moto, por ejemplo, podría ser de montaña, de carretera, ciclomotor, etc.

9 En el caso de la moto, la estabilidad / manejabilidad depende de su peso, altura, tipo de rueda...

10 Un impulsivo, por ejemplo, puede cambiar sucesivamente su decisión sobre lo que va a hacer el próximo fin de semana, al ir variando su estado de ánimo por los avatares típicos de su actividad laboral.

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18/12/2014
Juan Carlos C
Muchas gracias por tan excelente información...
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