Home La obra Los libros Los autores Qué queremos Diálogo Contacto Derechos English
PARTE 1ª CAPÍTULO 7

ATENCIÓN, ETIQUETAS Y CONOCIMIENTO

 

A. Funcionamiento de la atención

 

En este capítulo se hablará de la atención como si de una facultad de la mente se tratase; se hará así porque facilita la exposición, pero no debe olvidarse que no es cierto. Como debería quedar claro a la luz de lo explicado en el capítulo anterior, cuando se dice que la atención se centra en algo determinado, lo que se quiere decir es que la imagen de ese algo en nuestra conciencia lleva una carga sensorial o emocional que le da preferencia (frente a otras imágenes) a la hora de “activar a la mente”, es decir, de desencadenar una respuesta de nuestro software mental. La carga de una imagen implica que hay un bien en juego: algo que se quiere conseguir, mantener o disfrutar. En ningún caso se trata de que la mente elija (decida libremente) “atender” a esa imagen y reaccionar frente a ella, en vez de hacerlo frente a otras que llegan simultáneamente a la conciencia procedentes de los sentidos o de la memoria.

 

La intensidad o concentración de la atención en el desarrollo de una cierta actividad depende de dos factores: a) de la magnitud del bien en juego1, es decir, de lo que se puede ganar o evitar perder gracias a ella (está claro que me cuesta poco mantener la atención en lo que hago cuando me estoy jugando la vida), y b) de lo que disfruto al realizarla2 (si estoy concentrado en un divertido juego dejo de percibir lo que pasa en mi entorno). La atención, una vez captada por una imagen que muestra la posibilidad de divertirse o beneficiarse, se mantiene centrada en la consiguiente actividad hasta que cesa la diversión, se logra o descarta el beneficio (en el caso de una actividad física), se llega a una conclusión o decisión (en el caso de una actividad mental), o se decide cambiar de actividad (porque un estímulo externo consigue abrirse camino hasta la conciencia y me muestra algo más interesante que hacer).

 

En el mecanismo que acaba de explicarse, la atención es esclava de lo importante o placentero. Sin embargo, para comprender los movimientos de la atención debe tenerse en cuenta, como complemento de lo anterior, que la atención necesita siempre ser atraída por algo (para evitar el aburrimiento); la mente se resiste a permanecer inactiva, como bien saben las personas aficionadas a meditar. El problema surge si no hay nada importante o placentero que hacer; entonces, la atención revolotea pasando de una posibilidad a otra y acaba por posarse en lo que es más preocupante o ilusionante (en mi enfermedad o en mi ascenso, por ejemplo); sin embargo, como en ese momento no se puede hacer nada útil al respecto (de lo contrario, ya se estaría haciendo), este comportamiento es especulativo y masoquista, porque acaba generando temor o una ilusión a la que suele seguir la frustración, como se ha explicado en el capítulo anterior.

 

En todo caso -y como mal menor- el aburrimiento tiende a hacer que la mente, el ego y el cuerpo se “entretengan” realizando espontáneamente las actividades que les son propias (pensar, emocionarse y moverse), pero de la manera más simple (más “mecánica”) posible. Así, por ejemplo, la mente tiende a parlotear, chatear o navegar por la “web”, solo para pasar el rato; el ego busca identificarse con cualquier cosa que le permita emocionarse, como personajes de la crónica rosa o un equipo de fútbol; y, además, estas identificaciones facilitan que la psiquis (la combinación mente-ego) “llene el tiempo” con cotilleos, ensoñaciones o espectáculos. El aburrimiento puede llevarme también a “dar gusto al cuerpo”: a comer por comer (con el exclusivo objetivo de entretenerme), por ejemplo.

 

B. Aburrimiento y “novedad”

 

También se ha explicado anteriormente que la evolución ha creado la necesidad de conocimiento porque gracias a él se incrementan nuestras probabilidades de supervivencia; a este respecto, es muy importante la capacidad del ser humano de comprender “por qué pasa lo que pasa”, que nos permite prever el desarrollo de los acontecimientos para aprovechar oportunidades y evitar amenazas. A la mente no le gustan las sorpresas y trabaja previendo / previniendo para mantener todo bajo control. La paradoja fundamental con la que la mente se enfrenta es la siguiente: si no consigue el control aparece el sufrimiento -como ya se ha dicho-, pero si lo logra, surge el aburrimiento, porque lo que atrae a la atención es lo desconocido, como se verá a continuación. Es triste pensar que, salvo en algunos momentos no demasiado frecuentes, en el fondo, la mayoría de la gente, si no está ansiosa, está aburrida.

 

Es bastante habitual, con el transcurso de los años, que la vida de las personas vaya estabilizándose afectivamente (familia y amigos), laboralmente (un trabajo), “geográficamente” (una vivienda en un cierto lugar) e, incluso, lúdicamente (las diversiones se convierten en hábitos que se realizan con una cierta periodicidad). Sin duda, habrá momentos en que nos juguemos cosas importantes e incluso habrá épocas en las que problemas de salud o trabajo conciten toda nuestra atención, pero en el resto del tiempo el aburrimiento se revela como un problema muy importante que puede afectar puntualmente a niños, jóvenes y adultos, y “existencialmente” a las personas cuya vida esté ya “estabilizada”. En el fondo, el aburrimiento supone que la persona carece de un objetivo al que dedicar su vida (más allá del de asegurar su bienestar y supervivencia), siendo el ocio un tiempo libre de obligaciones que hay que llenar con diversiones o actividades “productivas” (como aprender un idioma).

 

El aburrimiento es muy mal consejero. Convierte a la búsqueda de la diversión y el placer en un fin inalcanzable por su propia naturaleza: a medida que las nuevas experiencias pasen a ser hábitos, dejarán de motivar, se necesitarán nuevos alicientes y así sucesivamente. El aburrimiento nos lleva a acciones puntuales irracionales (como jugarse la vida sin sentido) o a destruir una situación (familiar, por ejemplo) globalmente satisfactoria. En todo caso, es claro que el fin de una vida en la que se hayan logrado acotar las preocupaciones no puede ser el “vencer el aburrimiento”; el problema parece irresoluble, sin embargo, porque los posibles placeres, así como las alegrías y diversiones son limitados y si alguien está aburrido es que ya ha constatado que no están “disponibles” en esa situación o momento.

 

Para continuar avanzando, debe entenderse el papel que juega la novedad en la satisfacción que nos proporcionan muchas actividades y, por tanto, en la lucha contra el aburrimiento. Disfruto al descubrir algo que no conozco o entiendo, al aprender algo que no sé hacer (montar en bicicleta, por ejemplo) y, en general, al degustar experiencias nuevas, físicas o afectivas; además, la novedad puede aumentar la satisfacción asociada a muchas actividades que ya son placenteras por sí mismas (el sexo, por ejemplo). Por tanto, conviene estudiar en qué consiste “la novedad”, es decir, en qué se diferencia lo conocido de lo no conocido; como la frontera entre ambos es gris, ya que hay distintos niveles de conocimiento, lo que conviene plantearse es ¿a qué me refiero cuando digo que conozco algo?

 

C. Conocimiento funcional (interesado). El engaño del etiquetaje.

 

Hace 20 años que conozco a mi mujer y a mi vecino (un señor gordito, con poco pelo y gafas, muy afable); también “conozco” la mesa de mi despacho (amplia y de buena madera). Es obvio que el nivel de conocimiento de las tres cosas es dispar; ello se debe a que, de cada cosa, la mente solo se interesa por los datos necesarios para caracterizarla (reconocerla) y relacionarse con ella del modo más beneficioso posible. Como apenas trato con mi vecino, aparte de su afabilidad (que asegura unas relaciones de vecindad no conflictivas), solo he retenido lo necesario para reconocerlo; a mi mujer la conozco mucho más, pero puede que desconozca características suyas que no han afectado nuestra convivencia, porque a mi mente no le preocupa “cómo es ella”, sino “cómo es ella conmigo”. Al perro de mi vecino también lo conozco; de color canela y tamaño medio, es simpático, pero ladrador; no hay duda que esta “etiqueta”, en base a la cual afirmo conocer al perro, contiene muchísima menos información que la que define al perro real que, además, va cambiando continuamente.

 

Figura 7.1: Etiquetaje

Etiquetaje

 

No perder el tiempo en adquirir conocimientos “innecesarios” es una política mental acertada, eficiente y funcional, en situaciones de estrés, cuando urge resolver problemas directamente relacionados con nuestra supervivencia, que era la situación normal en un pasado lejano, pero que ha dejado de serlo en el presente para amplios sectores de la sociedad. Esta “política” es la que lleva también a no prestar atención a las actividades habituales (caminar, comer, etc.), cuya mecanización permite que la mente se dedique a cosas “más importantes” mientras se realizan. Mi forma habitual de pensar y actuar puede resumirse de la siguiente forma: mi mente se comporta como si siempre hubiese un objetivo importante que alcanzar en un futuro próximo o lejano; mientras me dedico a pensar y actuar para alcanzarlo, lo único que me interesa del presente es mantenerlo todo bajo control y para ello me basta con un superficial conocimiento de mi entorno (el mínimo necesario para detectar cambios / novedades que puedan ser o convertirse en amenazas u oportunidades).

En su eficiente forma de trabajar, la atención, tras efectuar un rápido reconocimiento, “pasa de largo” frente a cualquier cosa que “siga igual” y frente a cualquier actividad que se desarrolle “como siempre”; solo es atraída por los cambios en lo conocido. Sin embargo, como para la mente lo conocido es lo “etiquetado” y en nuestro entorno ya lo está casi todo, la atención no tiene dónde posarse, porque en ese entorno las novedades no son frecuentes; por tanto, el aquí y el ahora son aburridos, lo que obliga a mi mente (incluso cuando no tenga preocupaciones) a pasearse por el futuro o recordar el pasado en busca de “alicientes”. El problema es que me engaño al creer que conozco lo que me rodea; si fuera consciente de que la etiqueta de una cosa no es la cosa misma, constataría que explorar mi entorno es una actividad gratificante (a la que me movería la curiosidad, si no fuera por ese engaño). Los niños se emocionan con el “misterio de las cosas”, hasta que las etiquetan.

 

D. Desconocimiento

 

Como se ha visto, la información correspondiente al conocimiento “funcional” de algo, es decir, la información que consta en la “etiqueta” de cada objeto, está muy ligada al beneficio (o perjuicio) que puede derivarse de mi relación con dicho objeto y suele ser relativamente reducida. Si observo sin prisas una cosa etiquetada, con el desinteresado fin de “conocerla por conocerla”, me daré cuenta probablemente de que desconocía numerosos detalles y de que tampoco percibía muchas de sus relaciones con el entorno. Por ejemplo, no me había dado cuenta de que la mesa que compré hace años para mi hijo está rallada y descolorida por el sol; además, no “pega” con el color de las paredes (que repinté hace tiempo) y mi hijo ya no la usa; este desconocimiento sobre una cosa concreta es un ejemplo sin ninguna importancia si lo comparo con la información que pierdo, por culpa de mi mirada “interesada o apresurada”, sobre las personas con que me relaciono y, en particular, sobre mí mismo.

 

Si observo a un familiar o amigo constataré probablemente que, a pesar de serlo, lo conozco mucho menos de lo que imagino. Por supuesto, lo reconozco al verlo, pero muchos de los detalles de su actual apariencia me pasan desapercibidos; de hecho, si cierro los ojos e intento recordarlo, lo habitual es que aparezca una imagen mejorada y rejuvenecida. Los padres tardan en reconocer que sus hijos ya son adultos y creen que conocen su personalidad pero, con frecuencia, solo conocen su personalidad “casera” y se sorprenden si ven cómo son con sus amigos o parejas; los hijos, por su parte, saben que sus padres se preocupan de ellos, pero no lo entienden emocionalmente, de lo contrario les avisarían cuando deciden sobre la marcha quedarse a dormir fuera de casa. Todo ello muestra que, a menudo, esa mirada interesada / apresurada que la mente utiliza para conocer su entorno ni siquiera cumple el objetivo que la motiva; si, por razones de presunta eficiencia, solo presto atención a las cosas que me interesan o preocupan y atiendo superficialmente al resto, la información que pierdo acabará siendo causa de un problema ulterior.

 

Sin perjuicio de todo ello, debe tenerse muy claro que el peor desconocimiento es el que tiene uno sobre sí mismo y solucionar este problema es, en buena parte, el objetivo del presente documento; como se verá en próximos capítulos, conocerse a sí mismo supone, en primer lugar, observarse: observar las imágenes, emociones y sensaciones que surgen / desaparecen de la conciencia.

 

En todo caso, conviene diferenciar tres tipos de conocimiento; conozco mentalmente la Gioconda si puedo describir la forma y coloración de sus partes, y la conozco emocionalmente si puedo explicar las emociones que van surgiendo en mí al ir contemplando el cuadro; si describo con imágenes cómo me lavo los dientes estoy reflejando un conocimiento mental, pero es probable que no pueda describir las sensaciones asociadas a esa actividad, es decir, que no la conozca sensorialmente ya que, al ser una rutina, mi atención al  realizarla siempre está en otra parte. El verdadero conocimiento resulta de la integración consciente de las imágenes, emociones y sensaciones que sentimos, como se muestra a continuación:

 

Figura 7.2: Conocimiento “integral” (ejemplo)

Conocimiento integral

 

Constatado nuestro desconocimiento de nosotros mismos y de las personas y cosas que nos rodean, es importante no errar en el diagnóstico de lo que lo motiva y, por tanto, de sus posibles soluciones. La mente no es culpable de nuestro desconocimiento, aunque lo parezca; no es quien ordena atender solo a lo importante. La mente es un software esclavo de las sensaciones y emociones que responde a la imagen “más cargada”; no tiene libertad y no puede, por tanto, atender a otras cosas “para conocerlas mejor”. En realidad, la causa del desconocimiento es nuestro “automatismo funcional”, el que las sensaciones, emociones, pensamientos y acciones se encadenen de forma totalmente mecánica. La solución no es, como resulta habitual oír, la de “liberarnos de la mente”, sino la de liberarnos de este automatismo.

 

Como aperitivo de lo que se expondrá en los siguientes capítulos, imaginemos que nos liberamos de las esperanzas y temores que están en la génesis del automatismo (porque son las responsables de “cargar” las imágenes que llegan a la conciencia). En tal caso, ¿cambiaría mucho nuestra conducta?, ¿cómo se comportaría nuestra atención?, ¿seguiríamos aburriéndonos?, ¿mejoraríamos nuestros conocimientos? Un esbozo de respuesta, mediante una comparación que se explica por sí misma, se presenta a continuación:

 

Figura 7.3: Ejecutivo exitoso vs. jubilado feliz

Ejecutivo exitoso vs.  jubilado feliz

 

E. Resumen sobre la naturaleza y funcionamiento de la mente

 

A continuación se resume lo dicho (en este capítulo y el anterior) sobre la mente:

 

  1. La mente se “dedica” a asociar imágenes y a esa actividad se la denomina “pensar”.
  2. El objetivo esencial de la mente, trabajando para el ego, es el de minimizar el sufrimiento y, para ello, analiza y decide qué tiene que hacer el cuerpo para descargar las imágenes3 que llegan a la conciencia.
  3. A la mente no le gustan las sorpresas y trabaja (previendo / previniendo) para detectar y actuar eficazmente frente a las oportunidades, amenazas u obstáculos.
  4. La mente es responsable del sufrimiento inútil asociado a las imágenes “dolorosas” que lleva repetidamente a la conciencia, sin motivo práctico. Hace que suframos ahora aunque no pase nada ni nada pueda hacerse por evitar un sufrimiento futuro.
  5. La mente no quiere estar parada; impulsada por el aburrimiento, si no tiene en qué pensar, se lo busca y cualquier cosa le sirve para desencadenar el pensamiento.
  6. La mente suele tener prisa; actúa como si hubiese un objetivo importante que alcanzar en el futuro, lo que le impide atender a lo que hay u ocurre en el presente.
  7. Por sus prisas, la mente solo conoce de cada objeto o persona lo que le sea de utilidad; solo conoce la realidad superficialmente, pues la transforma en un mundo de cosas etiquetadas de las que solo sabe lo que consta en la etiqueta.
  8. La mente es (simplemente) un software, aunque sea complejo y tenga la capacidad de aprender; es el nombre que damos a un conjunto de programas y memorias. Por tanto, la utilización de “la mente” como sujeto de la acción (en general y, en especial, en los siete puntos anteriores) es una forma útil, pero inexacta, de expresarse; la mente no es libre ni tiene, por tanto, capacidad de decidir.


1 Que determina el deseo, miedo o ira que siento.

2 Es decir, del placer o alegría que siento

3 Se utiliza el término “carga de una imagen” para expresar la intensidad de la sensación o emoción asociadas a la misma; en este sentido, “descargar una imagen” significa acabar con el dolor, satisfacer el deseo, evitar la vergüenza… asociados a la imagen en cuestión (véase el apartado E del capítulo anterior).

COMENTARIOS
NUEVO COMENTARIO
Nombre
Email    
Comentario
Acceso Privado