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PARTE 1ª CAPÍTULO 6

LA MENTE. PENSAMIENTO Y SUFRIMIENTO.

 

A. La mente y sus elementos

 

En el modelo esquemático del autómata, la mente recibe del ego los objetivos que debe alcanzar, piensa cómo hacerlo e indica al cuerpo las actividades (movimientos) que tiene que hacer. La mente está encargada, por tanto, de conducir al cuerpo por el camino idóneo; necesita, para ello, un “software motor”; además, si no sabe de memoria cuál es ese camino, deberá buscar información y reflexionar hasta tomar las decisiones oportunas; por eso es necesaria “la razón”; y, ante todo, la mente debe poder interpretar la información procedente de los sentidos convirtiéndola en conceptos con los que pueda trabajar (debe disponer de una “memoria conceptual”). El software motor y la memoria conceptual se tratan a continuación; la razón (y el pensamiento) en el siguiente apartado. La información sobre estos tres elementos se ampliará en el capítulo 10.

 

En la memoria conceptual se almacenan símbolos y relaciones. Los símbolos se conforman (por abstracción) a partir de la experiencia; se definen objetos (mesa, Juan), propiedades (blanco, grande) y actividades (comer, amanecer). Las relaciones entre símbolos (mesa-silla, playa-sol) también se establecen empíricamente. La necesidad y utilidad de la memoria conceptual es innegable pero, como se verá en el capítulo siguiente, el troceado y etiquetado de la realidad tiene graves inconvenientes.

 

La primera de las funciones de la memoria conceptual es la de reconocer nuestro entorno (y a nosotros mismos) al convertir en símbolos las sensaciones que se originan cuando los sentidos son estimulados (transformando la “mancha marrón y negra” que veo en “mi perro”); esta codificación o etiquetado constituye la esencia del proceso de percepción, que se describirá posteriormente con detalle; de especial importancia es el reconocimiento de las palabras (habladas o escritas). La segunda de las funciones es la de asociar imágenes utilizando las relaciones memorizadas; la imagen resultante se envía a la razón o directamente a los programas motores (ya que no necesito pensar para pasear, pedalear, cantar o esquiar).

 

El software motor ordena al cuerpo la ejecución de los movimientos voluntarios y automatizados. En el caso de los movimientos voluntarios, los programas motores, partiendo de las decisiones tomadas por la razón, planifican las acciones necesarias (visualizándolas previamente) y dan a continuación las órdenes para la ejecución de cada movimiento. En el caso de los movimientos automatizados no existe la fase de planificación; las imágenes provenientes de la memoria conceptual hacen que los programas motores ordenen la ejecución de cada componente del movimiento; por ejemplo, de un saque de tenis que, aunque no lo parezca, es un movimiento complejo con múltiples componentes. Por razones obvias, dentro de este tipo de programas destacan, en particular, los que permiten el habla y la escritura.

 

B. El pensamiento y la razón

 

Yo puedo ver un perro (percepción), recordarlo o imaginarlo; en los tres casos surge en mi conciencia una cierta imagen (una imagen “real”, un recuerdo o una “imaginación”); las imágenes pueden ser visuales, sonoras (un ladrido), olfativas, táctiles etc. Estas imágenes “mentales” (representaciones de la realidad, más o menos abstractas, almacenadas en la memoria conceptual) se tratan en el capítulo 9, pero es necesario introducirlas ya aquí, para comprender mejor lo que sigue.

 

Pensar” es el término genérico que se utiliza para aludir a la gestión / producción de imágenes mentales. Soy consciente de que pienso porque puedo observar en mi conciencia cómo aparecen y se concatenan distintas imágenes. El pensamiento es un encadenamiento de imágenes, que pueden asociarse por su contigüidad en el tiempo (recuerdos) o espacio (vecindad), por su similitud (parecido funcionamiento, utilidad o aspecto) o, también, por ser opuestas o complementarias (el éxito puede asociarse al fracaso y el tornillo a la tuerca).

 

Muchas asociaciones se producen porque la relación entre la imagen entrante y la saliente está almacenada en la memoria conceptual. En otros casos, la imagen saliente se obtiene por aplicación de la “lógica”. La cadena de imágenes (el pensamiento) puede ser corta o larga y las asociaciones voluntarias o involuntarias; muchos recuerdos son involuntarios (al oír una melodía recuerdo mi juventud), pero otros los evoco a voluntad (evoco la imagen del gato que tenía cuando era niño); igual pasa con los otros tipos de asociación, salvo con las lógicas; estas son voluntarias y tienen un objetivo práctico o lúdico (reflexiono sobre cómo no perder el empleo o disfruto imaginando lo que haría si fuera rico).

 

El pensamiento lógico (el razonamiento) es, quizás, la actividad más distintiva del ser humano y requiere de un software al que solemos referirnos llamándolo “la razón”. La deducción, inducción, análisis o síntesis suponen el uso de una lógica que está incorporada al lenguaje (de lo contrario, no nos entenderíamos), aunque sea de manera informal; se razona utilizando una serie de axiomas y reglas de inferencia “naturales”, implícitamente aceptados por (casi) todo el mundo. La incorporación de la lógica al lenguaje hace que, a menudo, la gente piense “hablando dentro de su cabeza”. El lenguaje es un instrumento para el pensamiento.

 

La razón trabaja para encontrar soluciones a las preocupaciones del ego. Una solución es una “decisión de acción” (por ejemplo, si siento hambre, la de ir a comer al restaurante); tomada la decisión, la razón la transmite a los programas motores mediante una imagen que los estimula (la imagen de mí mismo ya comiendo en el restaurante), iniciándose así la acción que acabará con mi “preocupación” (en este caso, con el hambre). Sin embargo, muchas de las decisiones que tome no podrán ser ejecutadas de inmediato (los bancos no están abiertos cuando yo quiera) y, por ello, la planificación es una función básica de la razón. Planificar supone situar las decisiones en un marco temporal; el concepto de tiempo es imprescindible para el trabajo de la razón y, por tanto, para la satisfacción de la necesidad de entendimiento y racionalización (capítulo 1).

 

C. “Reflejos mentales”

 

Como se ha dicho repetidamente, la mente, para satisfacer al ego, tiene que intentar alcanzar ciertos objetivos. En un entorno social, la planificación de las actividades necesarias para lograr un objetivo debe tener en cuenta si su desarrollo requiere la ayuda de otros o, por el contrario, si estos pueden llegar a ser un estorbo o amenaza. De hecho, todos vivimos desde pequeños en entornos (familia, escuela, empresa…) en los que mantenemos relaciones -voluntarias o no- con personas y colectivos diversos, a los que debemos recurrir (en mayor o menor grado) para satisfacer nuestras necesidades. Toda relación supone un cierto intercambio (dar y recibir). Para afrontar estas relaciones e intercambios existen tres posibles formas de actuar:

 

  1. La individualista: intentamos “apañarnos”; satisfacer nuestras necesidades con nuestros propios medios, evitando recurrir a otros (y rechazando sus injerencias).
  2.  

  3. La oportunista: intentamos aprovecharnos de los otros; nos esforzamos para que satisfagan nuestras necesidades sin obligarnos a dar algo a cambio.
  4.  

  5. La cívica: procuramos colaborar con los otros; trabajar para satisfacer sus necesidades esperando, como contrapartida, que ellos satisfagan las nuestras. Esta forma de actuar implica la exigencia de un intercambio justo.

 

Lo “normal” sería que cualquier persona adoptase conscientemente la forma de actuar que más se adapte a las circunstancias de cada caso, con una cierta preferencia por la respuesta cívica1. Por desgracia, la mayoría de las personas han tenido ciertas experiencias que hacen que, frente a otras, adopten casi siempre, inconsciente y compulsivamente, una (sola) de esas formas de actuación, que se convierte, por tanto, en una actitud compulsiva2. Este tipo de compulsión puede ser considerado como un reflejo mental (o social, ya que lo activan las personas): un resorte que salta fácilmente, impulsándonos a evitar (huir), luchar (competir) o colaborar por poco que las personas con las que nos relacionemos den pie a ello.

 

Un reflejo mental puede derivar de una experiencia negativa; por ejemplo, puede ser individualista quien sufrió burlas frecuentes de sus compañeros de parvulario. Sin embargo, la mayoría de los reflejos provienen de experiencias positivas; se puede ser individualista, oportunista o cívico, por ejemplo, si de pequeño se consiguieron o presenciaron éxitos atribuidos a haber podido librarse, aprovecharse o colaborar con los otros; a partir de ese momento, la mente aplica inconsciente y sistemáticamente las estrategias que se han mostrado exitosas, sin cuestionárselas ni intentarlas adaptar a cada situación concreta; se ha producido, por tanto, un error de aprendizaje, un defecto (un sesgo) en el software mental.

 

D. Un primer modelo del autómata

 

Analizados el funcionamiento y elementos del cuerpo, ego y mente, es posible esbozar un primer modelo del autómata, que recoja lo esencial de lo expuesto en este capítulo y los anteriores, con ciertas imprecisiones propias de la simplificación, que serán corregidas en el modelo más complejo que se presentará en el capítulo 10. El modelo simplificado se muestra en la siguiente figura y explica a continuación:

 

Figura 6.1: Modelo simplificado del autómata

Modelo  simplificado del autómata


  1. A la pantalla de la conciencia3 solo llegan las sensaciones, emociones e imágenes producidas, respectivamente, por el cuerpo, el ego y la mente.
  2.  

  3. El cuerpo se mueve y relaciona con el entorno; gracias a sus sentidos internos y externos capta lo que ocurre en el exterior o en su interior y lo envía a la conciencia (2), en el caso de las sensaciones agradables o desagradables, o directamente a la mente, que lo convertirá en percepción (16).
  4.  

  5. La mente puede ser “activada”, es decir, producir una imagen (6), por una señal proveniente de los sentidos (1,3), por una emoción (9) o por otra imagen (4); el pensamiento es un encadenamiento de imágenes (64646➙…).

  6. La mente produce imágenes que hacen que el cuerpo realice movimientos voluntarios o automatizados (6510) y que el ego genere emociones (678); a su vez, estas hacen que la mente produzca imágenes (96); como se verá a continuación, la actividad psíquica es la de la mente trabajando con el ego de la siguiente forma: 6 7 8 9 (➙6464…➙) 678 96

 

E. La psiquis: la mente trabajando con el ego. Imágenes con carga.

 

Cuando un perro me muerde, a mi conciencia llega tanto la imagen del perro, como la sensación de dolor. El ego graba este suceso y si vuelvo a ver al perro siento miedo (emoción dirigida a evitar que me vuelva a morder); en ambos casos puedo describir la situación diciendo que la imagen que llega a mi conciencia (la del perro) lleva asociada una carga sensorial (dolor, en el primer caso) o emotiva (miedo, en el segundo); cuanto mayor sea la intensidad de la sensación o emoción, mayor será la carga de la imagen y más monopolizará mi atención.

 

De las imágenes que coexisten en la conciencia en un momento dado, la que se remite a la mente es la que tiene mayor carga (la más “tensionante”) y el objetivo de la mente es disminuir esa carga: acabar con un dolor, satisfacer un deseo, evitar una situación vergonzosa, etc.

 

Normalmente, el proceso se desarrolla en dos etapas: primero, la mente determina la acción y, si prevé que será exitosa, la tensión disminuye; luego se desarrolla la acción (la ejecuta el cuerpo, conducido por la mente); la tensión se elimina o no, según el éxito obtenido. Como la carga de una imagen suele estar asociada a un sufrimiento (dolor, miedo, vergüenza, etc.) y la descarga al placer o alegría, la mente puede definirse como el software que tiene por objetivo minimizar el sufrimiento / maximizar el bienestar.

 

Cuando se habla del trabajo de la psiquis o de los procesos psíquicos, suele hacerse referencia al trabajo de la mente con el ego, tal como se ha descrito.

 

Utilizando el concepto de “imágenes cargadas”, a continuación se presenta la cadena de imágenes que podrían circular por mi conciencia en el caso de un ejemplo sencillo: me llega el rumor de que es posible que mi empresa cierre; la amenaza del desempleo me produce miedo; al pensar en buscar otro trabajo, imagino que puedo tardar en encontrarlo y el miedo aumenta; y aún se incrementa más, por ejemplo, si pienso que no podré pagar el colegio de mis hijos; es posible, sin embargo, que se me ocurra que podría pedir un préstamo al banco para “ir tirando”… y así podría llegar a formarse una cadena de imágenes muy compleja, producida por un simple rumor. 

 

Figura 6.2: Cadena de imágenes “cargadas” (ejemplo)

Cadena de imágenes cargadas


F. Mente, ego y sufrimiento

 

Como se ha explicado reiteradamente, las emociones generan pensamientos y los pensamientos, emociones; este es el bucle básico en la génesis del sufrimiento.

 

Si me dicen que es posible que me despidan, primero me sorprendo, pero luego mi mente asocia el despido a consecuencias (imágenes) “aterradoras” (como no poder pagar el colegio de mis hijos); el miedo hará que mi mente busque soluciones (rogar al jefe, pedir un crédito...) que suelen también ir ligadas a emociones desagradables (vergüenza, ira…). Sufro mucho durante todo este proceso y la imagen del posible despido queda asociada a este sufrimiento en mi memoria. A partir de ese momento, la experiencia se repetirá a menudo: llegar al trabajo, pasar frente a mi banco (y muchas cosas más) traerán a mi conciencia la imagen del despido cargada de miedo, con lo que el proceso pienso-sufro se reiniciará. Obsérvese que aún no me han despedido y que a lo mejor no lo harán: todo ese sufrimiento es producto de la mente y, en gran parte, inútil.


La repetición mental obsesiva de las consecuencias de una amenaza o de las circunstancias que impiden eliminarla (o que imposibilitan aprovechar una oportunidad) es masoquista y carece de lógica, pero es (casi) inevitable.

 

Si fuese millonario, el ejemplo anterior no tendría sentido porque no estaría apegado a mi empleo, es decir, para mí el empleo no constituiría un bien importante (por lo que perderlo no sería algo traumático); sin embargo, para cualquier bien que lo sea, la secuencia de pensamientos y emociones mostrada en el ejemplo anterior es característica. Cuando la mente trata de conservar un bien tiene que imaginar posibles amenazas y -aunque no sean reales- el ego responde automáticamente generando temor4. Si de lo que se trata es de conseguir un bien, la mente imagina posibles oportunidades y -aunque no sean reales- el ego responde generando ilusión5; si no las encuentra o aprovecha, es decir, si se fracasa, se siente desilusión (tristeza) o frustración (tristeza más ira); pero si finalmente se llega a conseguir el bien, comienza el proceso generador de temor antes descrito.

 

Por todo ello puede decirse que cualquier bien, por serlo, es una fuente de sufrimiento. Si se tiene, se teme perderlo; en caso contrario, se espera conseguirlo, lo que lleva, tarde o temprano, a la frustración (por no conseguirlo) o al temor (de perderlo). Teniendo esto en cuenta y, además, que el ego es -o representa- el conjunto ponderado de los bienes que queremos / tenemos, cabe decir que habrá sufrimiento mientras tengamos ilusiones o posesiones, es decir, mientras haya ego.

 

El “bucle del sufrimiento” se muestra, con mayor detalle, en la figura siguiente:


Figura 6.3: El bucle del sufrimiento

El bucle del sufrimiento

 

G. El autómata sufriente

 

En el ejemplo anterior se ha mostrado una circunstancia de especial interés: si en mi memoria existe una imagen cargada de sufrimiento (“yo sin empleo”), muchas de las imágenes que normalmente llegan a mi conciencia (la de mi oficina, por ejemplo) pueden recordarme la imagen “dolorosa”, por débil que sea la relación entre ambas y, así, volverme a causar el sufrimiento. En la memoria, el camino que lleva a una cierta imagen es tanto más fácil de encontrar y transitar cuanto mayor es la carga emotiva de dicha imagen; si la carga es muy grande, casi cualquier estímulo acabará recordándome la imagen que me hace sufrir y, para evitarlo, me hará pensar y, al hacerlo, me hará sufrir y así repetidamente. Es como si el sufrimiento almacenado en la memoria quisiera manifestarse intentando que se corrijan las causas que lo producen; en el ejemplo de referencia, mi “psiquis” intenta obligarme a resolver el problema de la posible pérdida de mi empleo a base de hacerme sufrir continuamente hasta que consiga resolverlo.

 

Si se analiza lo expuesto en los apartados anteriores puede decirse, a modo de resumen, que la mente, a las órdenes del ego, trabaja siempre “previendo y previniendo” y para ello ocupa la conciencia con recuerdos o imaginaciones (viviendo así en el pasado o el futuro) que generan un sufrimiento gratuito, ya que, a menudo, no es debido a lo que está ocurriendo en el presente. La mente hace que se sufra ahora (aunque ahora no esté pasando nada) para evitar un hipotético sufrimiento futuro. Como consecuencia de ello, se minimizan los momentos en los que se experimenta el presente, ya que las imágenes del ahora (las “reales”) no pueden entrar en una conciencia ocupada por recuerdos e imaginaciones.

 

En términos de supervivencia, la mente da al ser humano una gran ventaja respecto a los animales, pero a costa de incrementar su sufrimiento; la mente representa una gran mejora evolutiva para asegurar la supervivencia de la especie, pero no para incrementar la “felicidad” de los individuos que la componen.

 

Para evitar la problemática descrita, a menudo se recomienda “aquietar la mente y vivir el presente”. Es fácil de decir, pero debe tenerse en cuenta que:

 

  1. la mente no es libre; a cada imagen “cargada” que entre en conciencia, la mente responde automáticamente con otra imagen, totalmente determinada por los programas y datos que le son propios;
  2.  

  3. el ego, que impulsa a la mente, radica en nuestra memoria egoica y esta “es la que es” y solo se modifica lenta y paulatinamente, a medida que se graban nuevas experiencias.
  4.  

Por todo ello, yo soy -o, al menos, me comporto- como un autómata y, como tal, no puedo aquietar mi mente o concentrarme en el presente, ni puedo, por tanto, evitar el sufrimiento “gratuito”. Como se verá en otro capítulo, esto solo puede hacerlo la “ConSciencia” (si acaso); solo a través de ella podremos dejar de actuar como máquinas y darnos cuenta de que en el estado “maquinal”, que es nuestro estado habitual, el libre albedrío es una ilusión.

 

Es fundamental darse cuenta de que el autómata no es libre. Si actúa como tal es porque tiene un ego, es decir, porque existen bienes que quiere obtener o conservar (de lo contrario, el autómata dejaría funcionar, ya que no tendría nada que perseguir o defender); pero todo bien, por serlo, lleva asociada una carga emocional que hace o acaba haciendo sufrir (la madre se tensa -siente temor- cuando ve al niño jugando) y que nos “obliga a actuar”; para descargarla se necesita constatar que el bien no está en peligro y, si es así, se produce la distensión (la madre ríe -siente alegría- viendo jugar a su hijo en seguridad, pero rápidamente vuelve a vigilarlo temerosa); por el contrario, la tensión se incrementa si se percibe una amenaza (entonces la madre siente miedo y le advierte o corre a protegerlo); si finalmente se produce la pérdida (el niño se hace daño), la distensión viene de la mano de la tristeza (la madre lo atiende y llora). En ningún momento del proceso el autómata (o su mente) puede optar (elegir libremente) entre distintos cursos de acción.

 

H. Pensamiento y descontrol. Pensamiento positivo y negativo.

 

Pensar es la actividad que desarrolla la mente con el fin de saber qué hacer para alcanzar un determinado objetivo; pensar masoquistamente, causándome sufrimiento innecesario (como se ha visto en los apartados anteriores), carece de sentido, pero, en general, no va en detrimento de mis posibilidades de alcanzar mi objetivo; por ejemplo, el que le dé excesivas vueltas a la necesidad de encontrar trabajo me hará sufrir gratuitamente, pero no disminuirá mis posibilidades de empleo. Existen dos casos, sin embargo, en los que el pensamiento (la imaginación) es contraproducente.

 

En primer lugar, la repetición mental obsesiva de amenazas u obstáculos (reales o no) y de sus hipotéticas consecuencias, puede hacer que las tensiones propias de las emociones motrices (como el miedo o la ira) vayan acumulándose hasta llegar a un límite en el que se produzca una respuesta descontrolada: una decisión pasional (irracional) o, incluso, una descarga catártica (golpes, insultos, “espantadas”, histerismo, etc.). Así, la razón, en vez de solucionar una preocupación, acaba provocando (al “darle vueltas a la cabeza”) una reacción irreflexiva que suele ser causa de nuevas preocupaciones. Para evitar que la emoción nuble la razón, debe detectarse el inicio e interrumpirse el proceso recursivo que lleva a la “enajenación mental”.

 

En segundo lugar, el pensamiento negativo puede hacer que no logre un objetivo para cuya consecución estoy perfectamente capacitado. Casi todo el mundo ha tenido experiencias de ese tipo al jugar un partido, pasar un examen, realizar una entrevista de trabajo, dar un discurso o hacer una presentación; con frecuencia, el deficiente desempeño en la ejecución de la correspondiente actividad se atribuye a “los nervios”, la vergüenza, el temor, el infortunio…; aunque esto pueda ser cierto, lo que ocurre en realidad es que no estoy concentrado en la actividad que realizo, ya que mi atención está ocupada en un diálogo mental, en el que se van alternando el miedo, la ira o la tristeza6, que puede llegar a paralizarme de cuerpo y mente, a agarrotarme, balbucear o “quedarme en blanco”. Así, a menudo, es mi inseguridad -el miedo a ahogarme- lo que hace que fracase -que me ahogue-, aunque sea capaz de triunfar -de nadar-.

 

Para que yo pueda dar lo mejor de mí mismo es necesario que me concentre en la actividad que realizo, que esta concite toda mi atención; con frecuencia, si lo consigo, disfruto al realizarla y, al disfrutar, me mantengo concentrado. En cualquier caso, esto implica que no temo al fracaso, bien sea porque me siento seguro de realizar la actividad de forma satisfactoria o porque no estoy apegado al éxito; en ambos casos, el pensamiento negativo deja de tener sentido. Desapegarme del éxito (o de cualquier otro bien) suele ser complejo y de ello se trata en otros capítulos; a “sentirme (más) seguro”, desincentivando la negatividad, puede ayudarme el pensamiento positivo; imaginar que haré bien lo que voy a hacer (porque tengo las capacidades necesarias para ello7) me ayudará a evitar el pensamiento negativo y, por tanto, a hacerlo tan bien como me lo permitan mis facultades8. Por supuesto, el pensamiento positivo no me ayudará a encontrar aparcamiento o a que el clima se adapte a mis deseos.


1 Incluso en una sociedad “moderna”, la respuesta cívica no siempre es la más apropiada; por ejemplo, si debe hacerse frente a una conducta agresiva o vivirse en un entorno muy tensionado, es probable que “enseñar las uñas” o “hacerse invisible” resulte mucho más operativo que “mostrar la otra mejilla” o “explicar las bondades del respeto mutuo”.

2 Las actitudes compulsivas se tratan específicamente en el capítulo 8 (apartado C).

3 Concepto que se abordará con detalle en el capítulo 9.

4 Si se reserva el término “miedo” para cuando la amenaza es real: cuando ocurre en el ahora y no en un hipotético futuro. Cuando las hipotéticas amenazas ni siquiera están bien definidas, el temor suele denominarse angustia.

5 Se genera ilusión (si se reserva el término “deseo” para cuando la oportunidad es real) cuando imagino algo (que tengo esperanza de conseguir) que creo que me proporcionará satisfacción, lo que me produce ya una “satisfacción adelantada”: disfruto imaginando cuánto disfrutaré.

6Hoy no estoy bien, no sé si podré, ¿cómo pueden hacerme esto?, ¿se habrán dado cuenta?, ¡qué fallo más tonto!, ¡qué mala suerte!, ¡qué burro soy!, estoy sudando…’.

7  No se trata de imaginaciones ilusorias, basadas en un optimismo injustificado.

8 E incluso puede ayudarme a atenuar mis llagas emocionales (capítulo 11, apartado B).

COMENTARIOS
03/12/2015
javier
muy bueno te felicito
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