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PARTE 1ª CAPÍTULO 5

EL "EGO". AUTOESTIMA Y FELICIDAD.

 

A. Mi identidad y mis bienes. El “ego”.

 

Anteriormente se ha definido un bien como algo que quiero tener o, si ya lo tengo, que quiero cuidar y proteger como a mí mismo (en mayor o menor medida); es algo por lo que siento afecto, cariño, interés, añoranza… si lo tengo (o he tenido) y atracción o ilusión si no lo tengo; en definitiva, es algo con lo que me identifico, es decir, que forma parte de mi identidad, de mi “yo”. Al nacer, mi cuerpo es mi único bien y estoy programado para cuidarlo o, mejor dicho, para “llorar para que me cuiden”. Poco a poco, voy sintiendo “amor” por otras cosas; por mi madre, por mi hermano pequeño, al que quiero cuidar y proteger, etc. Al cabo de un cierto tiempo estoy apegado a muchas cosas (personas, objetos, actividades...); si ahora me pregunto quién soy, probablemente seguiré pensando que “yo soy mi cuerpo” (con su cerebro) pero, en realidad, estaré identificado no solo con el cuerpo, sino con todas las cosas a las que amo, incluidas mis ilusiones. Creo, de forma inconsciente, que yo soy mis bienes1.

 

Lo anterior no debería extrañarnos. Si busco trabajo es probable que tenga que presentar un currículo, pasar una entrevista, un test psicológico e, incluso, un examen médico. Todo ello, porque la empresa quiere saber quién soy yo. Si uno reflexiona sobre qué se investiga con estas pruebas, verá que lo que se pretende es obtener información sobre “mis bienes”: cómo soy (buen profesional, responsable, inteligente, simpático, saludable2…), qué tengo (familia, medios económicos, aficiones…) y qué quiero (si lo que me importa es el tipo de trabajo, la retribución, el cargo, etc.). La empresa también piensa que yo soy mis bienes, que me conoce si los conoce.

 

En esencia, ocurre lo siguiente: en nuestra memoria se van grabando las imágenes de nuestra vida y desdibujándose con el tiempo; si nos preguntan por nuestra vida intentaremos hacer un relato cronológico a partir de dichas imágenes; sin embargo, si se interesan (o nos interesamos) por nuestra “identidad”, nuestra mente intentará dar una visión actualizada de nuestras características más importantes, seleccionadas al mirar hacia atrás, hacia nuestra “historia” y hacia el “futuro deseado” (nuestros proyectos); esas características son los bienes (lo que nos importa) y nos “retratan”, puesto que muestran nuestra particular visión de lo que somos, tenemos o queremos en los ámbitos material, emocional y mental. Al final, como respuesta a la pregunta, mi mente sacará una especie de currículum vitae, que asociará a mi identidad, a mi nombre. A esa identidad, sustentada en lo que mi genética e historia me han llevado a considerar como “bienes”, se la denominará “ego”.

 

B. Naturaleza, comportamiento y lenguaje del ego

 

Como se verá en otro capítulo, el término “yo” puede tener significados distintos según el contexto; el ego es el yo al que se le atribuye una voluntad (yo quiero…)3, el que quiere conseguir, mantener e incrementar los bienes. Puede decirse, por tanto que el ego es el portavoz de mis bienes, su “representante”. Esta identidad entre “yo” y mis bienes explica mi comportamiento o, mejor dicho, el de mi ego, que siempre quiere incrementar (o, al menos, mantener) su tamaño (los bienes a los que representa). Es como una ameba que, si puede, va fagocitando propiedades, amistades, cualidades, etc.; es una burbuja que se va hinchando de bienes (no se contenta con lo que “come”, siempre quiere más) y que retrocede sólo frente a algo que los amenace. Además, el ego valora su tamaño comparándolo con el de los demás; se comporta como un salvaje cuyo único objetivo es desarrollarse y solo ve en el mundo bienes que acechar y peligros de los que huir. Mi ego se identifica con el conjunto ponderado de “mis bienes” de la misma manera que el portavoz de una organización acaba identificándose con la misma y llega a creer que vale lo que vale esta.

 

Figura 5.1: Ejemplo de ego

Ejemplo de ego


 

El lenguaje que utiliza el ego son las emociones; cuando el ego quiere algo, genera la emoción que me impulsa a satisfacer sus deseos. Por ejemplo, si cree que un bien (y, por tanto, su propio tamaño) está en peligro, genera miedo; si cree que se obstaculiza su crecimiento, genera ira. El ego es como un dictador interno que sentado en su trono va dando órdenes (¡cuidadme!, ¡alejadme de esta amenaza!, ¡liberadme de este incordio!…) y lo hace mediante las emociones con las que nos esclaviza. Eso no tiene nada de extraño ya que, como se ha dicho anteriormente, las emociones existen porque existen los bienes4 y el ego es su representante, el que nos manipula emocionalmente en beneficio de aquellos.

 

C. Caracterización del ego: el espectro de bienes

 

Los distintos tipos de bienes se han clasificado en el capítulo 3 (apartado F y figura 3.3). La importancia que puede darse a un bien cualquiera (al dinero o a los amigos, por ejemplo) varía considerablemente de una persona a otra. La valoración de un bien puede hacerse desde distintos puntos de vista, pero siempre es relativa y personal. Se pueden comparar bienes entre sí, del mismo o diferente tipo: por ejemplo, puede preferirse “tener amigos a tener dinero” o “ser inteligente a ser guapo”. A veces, la comparación se hace a través de una valoración económica: cuando se dice que “esa moto es demasiado cara” lo que se está diciendo es que por ese precio existen otros bienes que valoro más; el dinero no solo es un bien en sí mismo, sino que es también un medio para comparar el valor que damos a bienes diferentes.

 

También puede hacerse una valoración relativa de un bien comparando lo que tengo con lo que deseo: mi riqueza, altura o fama pueden parecerme escasas, suficientes o excesivas; a menudo, lo que deseo depende de lo que tienen los demás (puedo estar contento con mi altura si mido más de la media o descontento, a pesar de ello, si soy jugador de baloncesto); otras veces, mis deseos derivan de experiencias concretas (el deportista que ha tenido grandes éxitos quiere repetirlos). En cualquier caso, debe tenerse en cuenta que la valoración puede estar distorsionada por traumas emocionales que hagan que el resultado de la misma sea absurdo: una persona anoréxica puede estar muy delgada y encontrarse gorda. Puesto que, como se ha dicho, el ego es el portavoz o representante de “mis bienes”, su naturaleza y comportamiento (mi comportamiento, condicionado por lo que quiero obtener / mantener) puede caracterizarse a través del siguiente espectro de bienes:

 

Figura 5.2: Caracterización del ego: el espectro de bienes (ejemplo)

Caracterización del ego: el espectro de bienes


El ego representado en el ejemplo sería, como puede observarse, el de una persona satisfecha con sus condiciones físicas, ávida de fama y poder o dinero, poco sensible y que no da mucha importancia a los ideales, amistades y relaciones sociales. El orden en el que se presentan los bienes en la figura se explicará más adelante.

 

D. Autoestima

 

Como se muestra en la figura 5.1, los bienes pueden clasificarse, entre otras, de la siguiente forma: lo que yo “soy” (las capacidades -cualidades y habilidades- inherentes a mi cuerpo); lo que yo tengo (todo lo que amo y dispongo: familiares y amigos, propiedades, derechos, prestigio, aficiones, etc.) y, finalmente, lo que yo quiero (mis ilusiones y ambiciones que, como ya se ha explicado, también son bienes). Las interrelaciones entre estos tres tipos de bienes se muestran a continuación:

 

Figura 5.3: Mis bienes: lo que soy, tengo y quiero

Mis bienes: lo que soy, tengo y quiero



La autoestima es el grado de satisfacción que uno siente (que el ego siente) respecto a sí mismo por lo que cree que es, es decir, por las capacidades físicas, emocionales y mentales que se atribuye (por su “valía”). Como regla general, me “autovaloro” por dos vías (o combinación de ellas): comparándome con los otros (“soy alto”) o atendiendo a su opinión (“eres muy simpático”). Con frecuencia, la comparación con los otros se hace en función de mis logros relativos (soy inteligente si saco una difícil carrera universitaria), es decir, si consigo tener lo que quiero gracias al ejercicio de mis capacidades (gracias a mi valía); además, la comparación suele tener en cuenta la edad (no soy bajo si mido metro y medio a los tres años) y el contexto (no es un mérito saber chino si soy chino). En relación con lo anterior, deben destacarse tres cosas:

 

  1. La enorme influencia que ejercen “los otros” (directa o indirectamente) en mi autoestima, lo que muestra la gran necesidad de afecto que tenemos todos (de agradar, quedar bien, suscitar atención o admiración, lograr comprensión, etc.).
  2.  

  3. La estrecha relación que existe (como se verá más tarde) entre “autoestima” y “felicidad”. En general, la felicidad (la satisfacción por mi vida) y la autoestima (la satisfacción por mí mismo), aunque no coinciden, van de la mano.
  4.  

  5. El carácter subjetivo de la valoración de mí mismo (de mis capacidades), por tratarse de un proceso emotivo y, a veces, extremadamente ilógico. El valor que doy a cada bien (a una habilidad, a un logro o a una ilusión) depende del apego que siento por él (de cuánto deseo conseguirlo o temo perderlo) lo que suele depender, a su vez, de mis experiencias pasadas; mi dinero puedo valorarlo mucho (por ejemplo, si he pasado hambre) o menos (si no he sufrido penurias), por lo que los mismos ahorros pueden parecerme insuficientes o más que suficientes. La existencia de “llagas emocionales” (apartado H) muestra lo difícil que resulta tratar de comprender al prójimo sin participar de sus experiencias.

 

E. Autoengaño y opinión ajena. Mimetismo.

 

En general, lo que me interesa no es solo ser inteligente (o guapo, rico, famoso, culto, etc.), sino que los demás opinen que lo soy, porque así aumentan mis posibilidades de trabajar, trabar relaciones, obtener apoyos... pero, sobre todo, porque así mantengo alta mi autoestima. Paralelamente, los otros, que también quieren que opinen bien de ellos, no paran de esforzarse por incrementar sus bienes y ser más “atractivos”: van al gimnasio, estudian, se hacen los simpáticos, preparan por la noche las reuniones del día siguiente… y me obligan a mí a hacer lo mismo, me fuerzan a luchar en un mundo competitivo que puede ser bueno para el desarrollo de la sociedad o de la especie, pero que es fuente de sufrimiento para el individuo el cual, como muchas mascotas, tiene que saltar cada vez más alto para que le den un dulce.

 

El sufrimiento aparejado a la búsqueda de la competencia y la aprobación ajena puede paliarse cuando uno se da cuenta de que son solo “bienes puente”, útiles para conseguir otros bienes básicos; cuando ya se dispone de estos (trabajo, vivienda, posibilidad de cuidar y educar a los hijos, etc.), el bienestar asociado a la tranquilidad, a la limitación de las obligaciones y prisas, puede compensar de largo las dificultades que conlleva la resistencia frente a la presión social5. El problema es que, cada vez con mayor frecuencia, la educación incluye la inoculación del virus de la competitividad, de forma que el “alumno” ya no se conforma con tener lo suficiente, sino que desea tener más que nadie o, por lo menos, sobresalir.

 

Como eso es muy difícil (cada vez más), es posible que el ego se niegue a reconocer su relativa “minusvalía” y que, para mantener a salvo o incrementar la autoestima, surja el autoengaño. En esencia, hay tres tipos de autoengaño:

 

  1. Reconozco que, aparentemente, yo no valgo mucho; en realidad, creo que tengo un gran potencial, pero los demás no me dejan desarrollarlo y, además, tengo mala suerte… si no fuera por eso, lo que tienen los otros también lo tendría yo, que me lo merezco igual o más (victimismo, envidia).
  2.  

  3. Yo valgo mucho, tanto que ayudo a los demás y no necesito su ayuda; lo que pasa es que hay desagradecidos que no reconocen lo que valgo o hago (orgullo).
  4.  

  5. Yo sobresalgo, soy el mejor o, por lo menos, me destaco de los demás, los cuales me admiran, como es lógico, aunque algunos envidiosos no lo hagan (vanidad).

 

En los tres casos, el ego se mira a sí mismo con lupa de aumento, ya que no resiste verse “poca cosa”, “necesitado” o “del montón” y la lupa aumenta su potencia del primero al tercero: soy potencialmente bueno ➙ soy bueno ➙ soy el mejor. Cuando esta valoración es manifiestamente exagerada, en particular en los dos últimos casos, puede decirse que existe un “complejo de superioridad”.

 

También puedo engañarme en el sentido contrario: creer, inconscientemente, que valgo menos de lo que realmente valgo; que no puedo hacer (bien) cosas que sí podría, si no fuera porque creo que las haré mal (por esa falta de confianza en mí mismo). El resultado de ello es la timidez (específica o generalizada) o, eventualmente, la tendencia depresiva. Este “complejo de inferioridad”, contrario a la tendencia habitual del ego, suele ser causado por experiencias traumáticas.

 

Los anteriores tipos de autoengaño se refieren al tamaño “global” del ego (buscan engrandecerlo) y no a posibles defectos concretos que los demás me atribuyan; en estos casos suele desarrollarse un tipo de autoengaño específico, dirigido a paliar el supuesto defecto o, incluso, a transformarlo en virtud: el avaro puede juzgarse austero y previsor; el miedoso considerarse precavido; el vividor, social y optimista; el agresivo, justo y espontáneo; el indolente, tranquilo; y el puntilloso, perfeccionista.

 

No es propósito de este ensayo profundizar en los distintos mecanismos psicológicos de defensa asociados a los diferentes tipos de autoengaño; sin embargo, conviene resaltar una circunstancia común a muchos de estos: la selección sesgada de los momentos o periodos en los que se basa la autoevaluación; el agresivo suele recordar el día en que salió a defender a un compañero humillado (sin acordarse de las veces que él ha intentado imponerse “por sistema”) y el avaro recuerda aquel (excepcional) día en el que ofreció ayuda sin que se la pidieran.

 

Un efecto negativo particularmente dañino, derivado de la excesiva preocupación por la opinión ajena, es la tendencia a identificarse con “lo establecido” (con lo habitual) para evitar la crítica ajena, que suele dirigirse contra todo aquello que se aparta de la media. Suele acabar gustándome lo que gusta a las personas de mi entorno y, de ahí, la fuerza alienadora de la moda; incluso es frecuente que mi identificación social, política o religiosa no sea ideológica, sino resultado de lo que he visto a mi alrededor. Cuando esta tendencia va acompañada de indolencia, la gente tiende a repetir lo que ha oído, a utilizar criterios ajenos sin haberlos verificado6 y a emitir juicios basados en dichos criterios. Debería evitarse el mimetismo que lleva a las personas a creer sin saber por qué creen; a estar apegadas sin saber por qué se han apegado; y, en definitiva, a pensar y sentir igual que su entorno, cual camaleones.

 

F. Felicidad

 

La felicidad es el grado de satisfacción que siento por la forma en que se desarrolla mi vida (en las distintas etapas de esta); depende de la valoración que hago de lo que soy y tengo, teniendo en cuenta lo que quiero (es decir, de lo que aspiro a ser o tener7). Teóricamente, puedo tener una baja autoestima (valorar poco mis capacidades) y vivir relativamente feliz (por ejemplo, porque disfrute de una gran herencia8), y también puede ocurrir lo contrario (por ejemplo, al perder en accidente a un familiar allegado); en general, sin embargo, la felicidad (el contento por mi vida) y la autoestima (el contento por mí mismo) siguen rumbos paralelos.

 

Mi “nivel de felicidad” puede definirse como el cociente entre lo que tengo9 (mis posesiones) y lo que quiero mantener / obtener (mis posesiones más mis aspiraciones). Parece claro que si no tengo esperanza de obtener o mantener (y por tanto, tampoco temor de perder), fácilmente seré feliz; sin embargo, no puede entenderse como “feliz” una vida sin ilusiones; puede minimizarse el sufrimiento pero, para vivir, es necesario que exista siempre algo que me impulse, una voluntad de obtener o mantener10; si no, moriría de inanición. Las tensiones físicas o psicológicas asociadas a una actividad son necesarias e, incluso, buenas, hasta un límite más allá del cual comienza el estrés; este suele aparecer cuando se presentan múltiples metas que se renuevan y solapan produciéndose un efecto similar al que sentiría el corredor que nunca llega a la línea de meta, porque se la van alejando.

 

Para dar un cierto equilibrio a nuestra actividad vital -evitando tanto el estrés, como la abulia- existe un doble mecanismo de aclimatación a los estímulos del entorno. En primer lugar, no se siente ilusión por lo que no se tiene esperanza de conseguir, de la misma forma que no surge deseo si no aparece la oportunidad. Por ejemplo, es raro que una persona pobre sienta ilusión por un gran yate, pero una persona rica sí puede sentirla (en particular, si sus amigos ya tienen), aunque solo aparecerá el deseo de comprarlo (y entonces se pondrá en movimiento) si surge la oportunidad de hacerlo.

 

En segundo lugar, no siento temor de perder algo si no tengo esperanza de poder conservarlo; eso no quiere decir que no sienta tristeza por la futura pérdida, pero esta se “diluye”, ya que comienza a sentirse desde el momento en que se es consciente de su inevitabilidad; es lo que pasa, por ejemplo, con la muerte de ancianos largo tiempo enfermos. Los procesos de aceptación / resignación inherentes a estos dos mecanismos de “aclimatación” constituyen la clave del equilibrio emocional (básico para evitar sufrimientos innecesarios) que, desgraciadamente, suele romperse por la presencia de las “llagas emocionales” que se analizarán posteriormente.

 

G. Estado de ánimo

 

Si a una persona con salud, dinero y amor se le pregunta si es feliz, es probable que responda afirmativamente o, al menos, que diga que es “bastante feliz”; de forma inconsciente, habrá aplicado la anterior definición de felicidad y concluido que tiene gran parte de lo que quiere; sin embargo, es posible que en ese momento esté de malhumor, porque luego tiene que ir al dentista. El estado de ánimo es la valoración emocional que se hace del momento actual (lo que podría llamarse la “felicidad momentánea”); la amplitud del periodo de tiempo sobre el que se realiza la valoración emocional marca la diferencia entre nivel de felicidad (largo / medio plazo) y estado de ánimo (corto plazo). Básicamente, el estado de ánimo depende de lo que ocurre en el presente y de nuestras expectativas respecto a un futuro más o menos próximo.

 

En el presente, una persona puede sentir dolor, placer, hambre, miedo, alegría, ira… como reacción directa frente a estímulos sensoriales o emocionales; además, sucesos del presente pueden suscitar recuerdos emotivos: encontrar la fotografía de mi boda puede ponerme melancólico. Por otra parte, nuestra mente prevé los sucesos y planifica las actividades del futuro y las califica como (más o menos) agradables o desagradables. El estado de ánimo integra lo que se siente ahora, con lo que se imagina que se sentirá (por lo que se cree que ocurrirá) en el futuro, amortiguado, esto último, en función de su “lejanía” (me importa menos lo más lejano).

 

La relación entre las expectativas y el estado de ánimo no es lineal; de hecho, la variación de expectativas provocada por un suceso banal puede llegar a suscitar un cambio de ánimo desproporcionado; por ejemplo, una noticia que empeora solo ligeramente unas buenas expectativas puede causar un fuerte malhumor en ciertas personas11; la relación entre la variación de las expectativas y los cambios de ánimo mide nuestra “estabilidad emocional”. Por otra parte, la valoración emocional de un cierto estímulo o suceso depende de nuestro estado anímico; así, el hambriento puede mostrarse fácilmente iracundo, y el timbre de la puerta puede llegar a asustar al angustiado. La conjunción de estos dos factores puede hacer que el ánimo de una persona guarde poca relación con la realidad “objetiva” de la situación que vive.

 

H. “Llagas emocionales”

 

Si una persona me agrede, su imagen (calificada como “amenaza”) queda asociada en mi memoria al dolor experimentado; si la recuerdo o vuelvo a ver siento miedo; como ya se ha dicho en un capítulo anterior, eso es útil, ya que previene nuevas agresiones. A veces, sin embargo, si la emoción inicial ha sido muy intensa (o repetida), el estímulo que provoca el miedo ya no es “esa” persona, sino cualquier persona parecida, aunque objetivamente no represente peligro alguno; a partir de ese momento puede llegar a vivirse en un clima de temor, tanto peor cuanto menos específico sea el estímulo que lo provoca. En casos extremos, la situación conlleva una continua sensación de estar en peligro y casi cualquier suceso es considerado como una potencial amenaza.

 

Una llaga (física) es una herida que provoca dolor cada vez que es rozada, por débil que sea el estímulo (el roce), el cual, si no fuera por la llaga, no llegaría probablemente ni a percibirse. Por analogía, la situación descrita en el párrafo anterior podría atribuirse a la existencia de una llaga emocional. La existencia de una llaga hace que la valoración de los estímulos emocionales sea irracional (capítulo 4, apartado G); un clima de temor como el del ejemplo anterior puede llegar a hacer que a alguien se le acelere el corazón cuando llaman a la puerta; lo que ha ocurrido es que una cierta necesidad (en este caso, la de “prevención”) se ha transformado en predominante y pasa a condicionar su vida.

 

El problema se agrava ya que, en general, la persona afectada no sabe que deforma la realidad y suele creer que los demás utilizan la misma vara de medir que ella usa: de forma inconsciente, cree que lo que para ella es peligroso, lo es para todos. Una persona puede actuar durante toda su vida “respirando por una llaga” (es decir, con unas gafas coloreadas que tiñen la realidad de una forma determinada) sin ser consciente de ello en ningún momento. Las llagas pueden ser más o menos profundas y, en general, son de difícil solución, no solo porque las personas no suelen saber que las tienen (ni, mucho menos, saben su origen); también, porque, aunque lo supieran, la terapia no puede ser “racional”, ya que la herida no lo es: es inútil decir a una persona claustrofóbica que el ascensor es seguro o a una persona con temor al agua que es el miedo lo que puede ahogarla (ya que si se mueve relajadamente flota).

 

El ego sufre si no puede (no le dejan) disfrutar o expandirse, si cree que los demás lo valoran mal o si piensa que está en peligro. Hay tres tipos de llagas “básicas”, correspondientes a estas tres formas de sufrimiento, que se dan cuando una persona valora excesiva, inconsciente y compulsivamente la necesidad de libertad / autonomía, de afecto / atención o de conocimiento / prevención (capítulo 1, apartado F):

 

  1. La llaga de la irritación es la necesidad excesiva de libertad / autonomía, que suele derivar de la creencia de que los demás intentarán mandarme / utilizarme, que me mueve a evitar, transferir o acotar las obligaciones y compromisos.
  2.  

  3. La llaga de la estima es la necesidad excesiva de afecto / atención, que suele derivar de una baja autoestima, que me mueve a buscarlos intentando suscitar agradecimiento, admiración o compasión.
  4.  

  5. La llaga del temor es la necesidad excesiva de prevenir los peligros que creo que me deparará el futuro, que me mueve a buscar los conocimientos y apoyos necesarios para detectarlos y controlarlos.

 

Conviene darse cuenta de que la mayoría de la gente no solo no sabe las llagas que tiene (ignorando sus motivaciones básicas) sino que, además, su comportamiento puede no corresponderse al que sería esperable del tipo de llaga que sufre; es decir, que las personas que tienen la llaga de la irritación, de la estima o del temor pueden no mostrar la emoción propia de ese tipo de llaga: la ira, la vergüenza y el miedo, respectivamente. En general, ello ocurre como resultado de su lucha inconsciente por solucionar el conflicto que causó tal llaga; no es raro, por ejemplo:

 

  1. que de la llaga de la irritación surja un comportamiento controlado y responsable, no contestatario, dirigido a atender rápida y eficientemente todas sus obligaciones, para volver a disfrutar lo más pronto posible de la libertad que anhela;
  2.  

  3. que de la llaga de la estima surja un comportamiento vanidoso, para mostrar los éxitos conseguidos (precisamente, para ganarse el afecto de todos); o un comportamiento orgulloso, por lo mucho que se hace por los demás (cuando se hace, precisamente, para obtener su afecto, en forma de agradecimiento);
  4.  

  5. o que la llaga del temor haga que una persona se muestre segura de sí misma gracias a los conocimientos que ha adquirido, precisamente, por el temor de no saber prevenir los peligros “venideros”, o gracias al grupo de amistades que ha conformado para que le informen y auxilien cuando lo necesite.

 

I. Los elementos del ego

 

De lo expuesto anteriormente, queda claro que el elemento esencial del ego está constituido por el conjunto de mis apegos. Este elemento, al que en adelante se denominará memoria egoica, es una especie de memoria autobiográfica en la que los recuerdos de las personas, objetos, actividades o situaciones están asociados a las sensaciones o emociones que nos provocaron en su momento; así, en función de nuestras vivencias, se van definiendo paulatinamente los bienes a los que estamos apegados, por la satisfacción que nos han dado o el sufrimiento que nos han evitado, tal como se ha descrito en el capítulo 3. La memoria egoica es el elemento esencial y más característico del ego, pero no es el único.

 

Como ya se ha explicado en el capítulo 4, una emoción es un tipo particular de sensación, que es provocada por una imagen (un estímulo emocional). Es necesario, por tanto, que exista un software emocional que desencadene la emoción (miedo, ira, deseo…) partiendo del estímulo (amenaza, obstáculo, oportunidad…); en realidad, lo que hace este software es ordenar al cuerpo que se prepare, mediante ciertos cambios fisiológicos (el aumento del ritmo cardiaco o respiratorio, por ejemplo), para realizar determinadas acciones (huir o atacar)12; solo más tarde, cuando los sentidos internos detectan los cambios y los transmiten a la conciencia en un contexto determinado, las correspondientes sensaciones se perciben como emociones.

 

El tercero y último elemento del ego es la conciencia, a cuyo través el ego hace saber a la mente cuál es su principal preocupación13, tras seleccionarla como prioritaria en un proceso que se detallará en un capítulo posterior. La conciencia se denomina así por razones que no tienen nada que ver con la función que desarrolla, sino por el papel que juega como “pantalla” en la que yo puedo observar las sensaciones, emociones e imágenes que constituyen “mis experiencias” (lo que se explicará en el capítulo 9). Además, las funciones de la conciencia, así como las de los otros dos elementos del ego (la memoria egoica y el software emocional) se abordarán con mayor detalle en el capítulo 10.


1 Ponderados como corresponda: en general, mi cuerpo será el bien al que esté más apegado; sin embargo, en ciertos casos, el hermano mayor puede estar dispuesto a dar su vida por el pequeño (en otros casos, apenas nada). El valor relativo de cada bien puede ser muy variable

2 Si tengo algún tipo de enfermedad o drogadicción que puede afectar mi rendimiento laboral.

3 Que es distinto del yo que piensa, del yo que hace o del yo consciente de lo que se siente, piensa o hace.

4 Y estos, porque existen las necesidades.

5 Esta siempre existe, aunque varíen sus formas: en una determinada sociedad y época puede ser conveniente lucir un tocado de plumas y disponer de algún cuero cabelludo, y en otras, calzar zapatillas de marca y tener, al menos, un máster (de preferencia) internacional.

6 No es raro que alguien acabe creyendo y defendiendo criterios que empezó a utilizar solo por quedar bien.

7 En las figuras 5.1/2 lo que soy y tengo está en color y aquello a lo que aspiro (lo que quiero ser o tener) está en gris. Si solo existiera zona coloreada (por pequeña que fuera) es que he satisfecho todos mis deseos y soy feliz. Si solo hubiera zona gris, es que no soy ni tengo nada de lo que deseo y soy totalmente infeliz.

8 Aunque no es raro que el ego tienda a minimizar este hecho otorgándose méritos que no le corresponden (como el de haberse merecido la herencia en cuestión).

9 Incluidas mis capacidades, es decir, incluido “lo que soy”.

10 Esta afirmación se matizará en los capítulos finales de este documento.

11 Por ejemplo, una persona que comienza sus vacaciones en un bonito hotel puede ponerse de muy mal humor si el agua de la ducha no sale suficientemente caliente e iniciar un diálogo interno (no hay derecho, con lo que he pagado...) que le amargue el día.

12 También le puede ordenar que se relaje, cuando la acción ya no es necesaria; la distensión se percibe como alegría o tristeza.

13 Es decir, indica a la mente cuál es el objetivo que esta debe tratar de alcanzar.

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07/08/2016
Franco Le
Gracias FELICIDADES
07/08/2016
Franco Le
Gracias FELICIDADES
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