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PARTE 1ª CAPÍTULO 4

LAS EMOCIONES.

 

A. Concepto y naturaleza de la emoción

 

Las emociones (miedo o ira, por ejemplo) resultan de la respuesta instintiva del cuerpo frente a ciertas imágenes (una amenaza o un obstáculo) y mueven al individuo a actuar de una determinada forma (evitar la amenaza, eliminar el obstáculo…). Como se verá en un capítulo posterior, una imagen (de una persona o cosa, por ejemplo) es una representación mental (algo que se “ve” en la conciencia) elaborada a partir del trabajo de la memoria y los sentidos. Todas las emociones son provocadas por imágenes. Evidentemente, no todas las imágenes dan lugar a emociones; para que una imagen tenga una “carga emotiva” (es decir, para que nos “mueva”) debe estar asociada en nuestra memoria a experiencias (sensaciones u otras emociones) agradables o desagradables; cuanto más intensas y duraderas o repetidas sean las experiencias, mayores serán las emociones que suscitará la imagen de la persona, cosa o situación a la que considero causa de la experiencia. La imagen del perro que me mordió está asociada a una experiencia dolorosa y cuando vuelvo a verlo surge el miedo, que me impulsa a huir o esconderme; cuanto mayor sea el daño que me haya hecho o más veces haya intentado agredirme1, más intenso será el miedo que me suscite. En algunos casos, la respuesta emotiva frente a una imagen no es “aprendida” (resultante de una experiencia) sino instintiva; el miedo a la obscuridad o a la altura, por ejemplo, está grabado en nuestros genes.

 

La imagen que desencadena la emoción, es decir, el estímulo emocional, puede ser real (el perro que veo), pero también puede ser un recuerdo (mi difunto padre) o, incluso, una imaginación (se puede sentir miedo de un demonio, por ejemplo). Esto es muy importante porque significa que lo que yo recuerde o imagine en un cierto momento (voluntariamente o no) puede hacer que me sienta alegre, triste, asustado o iracundo, sin que ello se correlacione con lo que ocurre en mi entorno en ese momento. Este fenómeno puede utilizarse voluntariamente, por ejemplo, para abstraerse de una situación desagradable buscando refugio en la imaginación (evocando recuerdos agradables); sin embargo, este mismo mecanismo es el que genera gran parte de nuestro sufrimiento: cada vez que se presenta un problema u ocurre una desgracia, acuden a mi cabeza y se repiten imágenes que me provocan miedo, ira o tristeza. Este sufrimiento solo tiene sentido cuando esas imágenes aparecen en el curso de un pensamiento dirigido a resolver el problema o evitar que la desgracia se repita; así, es conveniente, por ejemplo, pensar cómo afrontar un problema económico, aunque al hacerlo se sufra; carece de sentido, por el contrario, sufrir evocando repetidamente la imagen de un familiar muerto.

 

En realidad, las emociones son un tipo especial de sensaciones: la imagen provoca cambios en nuestro cuerpo, químicos y físicos, los cuales estimulan los sentidos internos originando la sensación a la que denominamos emoción. Así, por ejemplo, una imagen amenazante estimula la producción de adrenalina, aumenta el ritmo cardiaco y la tensión muscular, y todo ello es percibido como “miedo”. En este sentido, podría decirse que una emoción es un tipo particular de sensación, que es provocada por una imagen. La génesis de las emociones se expone a continuación.

 

B. Génesis de la emoción. Estímulos emocionales.

 

Cuando un perro me muerde, siento dolor y mi cuerpo reacciona automáticamente apartándose de él; es una reacción instintiva, acompañada de la activación del sistema nervioso simpático, que es el que nos prepara para la acción (para la lucha o la huida) aumentando la intensidad y frecuencia del ritmo cardiaco, dilatando los bronquios, produciendo adrenalina, etc. Desde ese momento, el perro es considerado como una amenaza y al volverlo a ver el cuerpo reacciona como si el perro ya le estuviera mordiendo y se aparta (inicia la huida); la sensación resultante de los correspondientes cambios corporales se experimenta como miedo. El dolor (una sensación) lo produce el mordisco, que es un estímulo sensorial; el miedo (una emoción) lo origina la imagen del perro, que se ha convertido en una amenaza (un estímulo emocional); en ambos casos, sin embargo, la reacción corporal es esencialmente la misma. Está claro que, con respecto a las sensaciones, las emociones constituyen una mejora evolutiva, ya que desencadenan “acciones preventivas”: el dolor me mueve a librarme del perro que me está mordiendo; el miedo a evitar que vuelva a hacerlo.

 

Si alguien me sujeta un brazo y me impide moverme procuraré, en primer lugar, soltar el brazo (aunque no me estén haciendo daño) y, si no puedo, intentaré golpear al que me sujeta; el sistema nervioso simpático se activará para prepararme para la lucha. La sensación correspondiente a los consiguientes cambios corporales (tensión muscular, respiración acelerada, etc.) es la emoción llamada ira. La ira se siente contra el obstáculo que impide que me mueva y, por extensión, contra todo aquello que impide “injustamente” que yo haga lo que quiero, que “coarta mi libertad”; aunque tenga prisa por salir, no siento ira contra la pared de mi casa (no la empujo ni la golpeo) por el hecho de que no me deje atravesarla; por el contrario, puedo insultar al conductor del vehículo que me impide circular o puedo tirar al suelo airado la aguja “mal hecha” que no consigo enhebrar. Un obstáculo es un estímulo emocional, al igual que lo es una amenaza. Existe un estímulo específico para cada emoción básica (apartado D).

 

A menudo se recomienda que, para mejorar nuestro autocontrol, “seamos conscientes de lo que sentimos”, es decir, que observemos nuestras emociones para evitar que se tornen pasiones descontroladas. Tras lo expuesto anteriormente, debería quedar claro que “observar nuestras emociones” significa “sentir nuestro cuerpo: ser conscientes de las tensiones musculares y de su localización, del ritmo respiratorio, etc. Es un excelente ejercicio observar nuestra dinámica corporal cuando sentimos emociones como el miedo, la ira o la tristeza, por ejemplo, y darse cuenta de cómo se diferencian las unas de las otras. Frases tales como “se me hizo un nudo en el estómago”, “me sentí enrojecer”, “me temblaban las manos” reflejan el conocimiento experimental que se tiene de la relación existente entre las emociones y los cambios corporales.

 

C. Emociones, bienes y “males”. Amor y odio.

 

En el capítulo anterior se ha tratado de los bienes. Se ha dicho que un bien es algo que ha sido (o espero que sea) una fuente de satisfacción, algo con lo que me identifico y que quiero obtener, mantener, incrementar y disfrutar; también se han clasificado los diferentes bienes, que pueden ser de naturaleza tan distinta como una cualidad personal, un amigo o un derecho social. Todo ello es muy importante en este capítulo, al tratar de las emociones, porque toda emoción o estímulo emocional se define en función de un bien. El miedo, por ejemplo, surge al aparecer una amenaza, pero el concepto de amenaza solo tiene sentido si se especifica el bien amenazado, es decir, lo que se teme perder (mi salud, mi prestigio, mi dinero, mis amigos, etc.).

 

Como también se ha explicado en el capítulo anterior, los bienes suscitan emociones: cuando percibo o recuerdo un bien que tengo, siento afecto o interés; si veo o imagino un bien que quiero, siento atracción o ilusión; todas estas emociones se consideran variantes del amor, entendido como la emoción básica que expresa la vinculación afectiva (apego) que me une con uno o más bienes. El amor por lo que tengo me mueve a intentar cuidarlo y protegerlo y, por tanto, a mantenerme vigilante para identificar las amenazas; el amor hacia lo que quiero me mueve a buscarlo y, por tanto, a mantenerme vigilante para identificar las oportunidades. En todo caso, mi atención tiende a ser captada y mantenida por aquello a lo que amo.

 

El concepto de mal es el contrapunto del de “bien”: un mal es algo que ha sido o creo que será una fuente de insatisfacción (de dolor, miedo, tristeza...). Cuando percibo, recuerdo o imagino un mal surge una emoción, a la que se denominará odio, que me mueve a buscar la oportunidad de eliminarlo, dañarlo o, al menos, neutralizarlo / alejarlo. Con frecuencia, el odio va acompañado del temor de que el mal vuelva a causarme insatisfacción. El odio puede tomar la forma de rencor cuando al mal -a una persona- se le atribuye la voluntad de molestarnos / dañarnos; en caso contrario suele hablarse de aversión (que es lo que puede sentirse por las cucarachas o por un alimento que me sienta mal). El odio supone la existencia de un apego (de un vínculo emocional) entre el que odia y lo odiado, similar al que existe entre el que ama y lo amado, aunque de sentido contrario. En cualquier caso, el odio solo puede darse si se siente amor por algo o, dicho de otra manera, para que haya un mal tiene que haber algún bien cuya obtención, conservación o mejora sea puesta en peligro por el mal en cuestión. Como se verá más adelante, es el conjunto de lo que yo considero “mis bienes” lo que determina no solo mis “amores y odios”, sino todas mis emociones.

 

D. Las emociones básicas y sus estímulos

 

Las ocho emociones básicas2 y sus correspondientes estímulos se muestran en la siguiente tabla:

 

Figura 4.1: Clasificación de las emociones y de sus estímulos

Clasificación de las  emociones y de sus estímulos

 

Como puede observarse, las emociones se han dividido en tres clases: apegos, incentivos e impulsos.

 

Del amor y el odio, es decir, de las emociones ligadas a los apegos (a los bienes / males) se ha hablado en el punto anterior. Son las emociones fundamentales, ya que los estímulos que generan las restantes emociones están necesariamente ligados a algún bien (o mal); es obvio que los conceptos de ganancia o pérdida (de un bien), oportunidad u obstáculo (de / para conseguir un bien) o de contaminante o amenaza (para un bien) solo pueden existir si hay algo que quiero obtener o mantener, es decir, si hay cosas que considero como “bienes”.

 

Las emociones de incentivación (alegría y tristeza) son las equivalentes, a nivel emocional, a las sensaciones de placer y dolor y, como estas, nos mueven a continuar / acabar con lo que nos está produciendo satisfacción / insatisfacción. Nos mueven también -y esto es lo más importante- a intentar lograr / evitar que se repitan las actividades o sucesos que se recuerdan como satisfactorios / insatisfactorios. Son incentivos para la reproducción de los éxitos y la prevención de los fracasos y están en la base, por tanto, de los mecanismos de aprendizaje; intervienen, además, en la génesis de los apegos -de lo que consideramos como bienes / males- ya que, como se ha dicho repetidamente, estos se conforman e intensifican en función de las sensaciones y emociones agradables / desagradables asociadas a los mismos.

 

La alegría es la emoción agradable que experimento al lograr obtener una ganancia (incremento de un bien) o evitar una presumible pérdida (decremento de un bien), o al imaginar que voy a lograrlo (ilusión); la alegría es una anticipación de la satisfacción que creo que me proporcionará el “bien obtenido / mantenido” y la ilusión es una anticipación de la alegría que espero sentir cuando logre obtenerlo / mantenerlo3.

 

La tristeza es la emoción desagradable que siento al tener una pérdida o dejar de tener una presumible ganancia (desilusión), o al imaginar o recordar que se producirá o ha producido tal circunstancia; la tristeza es una anticipación de la insatisfacción asociada a la carencia del bien perdido (o dejado de ganar). La desilusión es la tristeza por la pérdida de una ganancia o satisfacción que se daba por lograda (con una cierta probabilidad); cuando la tristeza va acompañada de la ira se denomina frustración.

 

Las emociones motrices son las que nos impulsan a actuar, en esencia, yendo o huyendo del estímulo que las provoca.

 

El deseo es la emoción que experimento cuando percibo una oportunidad de conseguir o de disfrutar un bien, que me mueve a aprovecharla. La ira es la emoción desagradable que experimento cuando surge un obstáculo (para la satisfacción de un deseo), que me mueve a eliminarlo; la ira contra el obstáculo deriva del supuesto de que el obstáculo en cuestión no debería haber surgido y se dirige contra la imprevisión propia o la “indebida” intervención ajena. El miedo es la emoción desagradable que experimento cuando percibo una amenaza para un bien, que me mueve a evitarla. El asco es la emoción desagradable que se experimenta cuando percibo un “contaminante” de un bien (ponzoña, porquería…), que me mueve a evitar el contacto4.

 

El estímulo (oportunidad, obstáculo, amenaza y “contaminante”) puede ser instintivo (como lo es el miedo a la obscuridad) o aprendido (el miedo al perro que me mordió) y puede ser real (una percepción) o imaginario (el miedo que provoca el recuerdo del atraco que sufrí, suscitado al pasar por el lugar donde ocurrió).

 

E. Amor y vigilancia

 

Conviene distinguir entre las emociones (amor: ilusión, afecto…) o sensaciones (apetitos: hambre, sed…) ligadas a los bienes, y las emociones motrices. El hambre, por ejemplo, es una sensación que me lleva a buscar el alimento que necesito, a estar atento para que no me pase desapercibida ninguna oportunidad de encontrarlo; otro tanto ocurre con la ilusión respecto del bien “ilusionante”; el afecto, por su parte, me impulsa a vigilar al bien amado para detectar oportunidades de mejorarlo o amenazas de perderlo; lo común a todas estas sensaciones y emociones es que dirigen la atención hacia el bien y/o el entorno donde pueden surgir amenazas u oportunidades, y nos mantienen vigilantes para que podamos entrar en acción sin dilación5.

 

Sin embargo, son las emociones motrices las que desencadenan la acción cuando aparece el estímulo adecuado (la amenaza, por ejemplo); sin estímulo no hay emoción motriz. Incluso a simple vista pueden distinguirse los cambios de expresión del depredador cuando pasa de la fase de buscar/explorar/otear a sus presas, a la de comenzar el ataque tras decidir que “están a tiro”, es decir, que existe la oportunidad de apresarlas.

 

Si, como ya se ha dicho, las emociones son, en realidad, sensaciones que reflejan ciertos cambios corporales (en el caso de las emociones motrices, los asociados a la tensión que antecede a la acción), podría considerarse que el amor no es una emoción verdadera6, puesto que su único fin es vigilar al bien (concentrar la atención en él y su entorno) para ver si aparecen amenazas u oportunidades; sin embargo, la percepción de un bien implica siempre una cierta tensión: la que requiere el estado de alerta que nos permitirá detectar a tiempo esas posibles amenazas u oportunidades; la madre que vigila al hijo que está jugando nunca está totalmente relajada, porque teme que “pase algo”, aunque no perciba amenaza alguna.

 

En mayor o menor medida, la percepción de un bien nos hace sentir (simultáneamente) temerosos (por la posibilidad de perderlo) y esperanzados (por la de incrementarlo y/o disfrutarlo).

 

En la figura siguiente se muestra la relación entra las distintas emociones ligadas a un bien (englobadas bajo el término “amor”) y las emociones motrices asociadas:

 

Figura 4.2: Amor y emociones motrices

Amor y emociones motrices


F. La sorpresa. Otras emociones y estados emocionales.

 

La sorpresa puede considerarse como una emoción básica (la novena), si bien no se ha incluido en la figura 4.1 por su escasa influencia en los procesos de tensión / distensión característicos del resto de las emociones; es la emoción que me mueve a concentrar la atención en lo que ocurre (o lo que me dicen) cuando se trata de algo inesperado que, por serlo, puede esconder una amenaza u oportunidad (que no seré capaz de evitar o aprovechar si no reacciono con rapidez). La sorpresa acompañada de miedo suele denominarse “susto”.

 

La terminología sobre las emociones es confusa. En algunos casos, una emoción básica (de las definidas en los apartados anteriores) tiene varios sinónimos, sin que entre ellos hayan diferencias significativas: ira, cólera, rabia…; asco, repulsión, repugnancia… En otros casos, los distintos términos se refieren a la misma emoción, pero con diferentes grados de intensidad: temor ➙ miedo ➙ terror, pavor, pánico, etc. A menudo, se utiliza un término específico para aludir a una emoción básica, pero referida a un bien determinado: así, la vergüenza es el miedo a la pérdida de prestigio; la curiosidad es el deseo de incrementar nuestro conocimiento sobre un determinado tema; la añoranza es la tristeza por la pérdida de bienes ligada al paso del tiempo; la envidia es la ira que produce un reparto de bienes supuestamente injusto; el desprecio es el asco que provoca un comportamiento indigno y el hastío, el que suscita la monotonía derivada del uso repetido de un bien. La lista es interminable. Además, existen también términos que aluden a una combinación de emociones básicas: la frustración es la suma de ira y tristeza, los celos combinan el miedo (a perder a la persona amada) y la ira (contra ella o “el competidor”), etc.

 

En cualquier caso, lo importante es darse cuenta de que -como muestran los ejemplos anteriores- toda emoción puede ser descrita mediante una, o una combinación de emociones básicas, referidas a uno o varios bienes.

 

No debe confundirse una emoción con un estado emocional producido, normalmente, por la represión de una emoción. Supóngase que una enfermedad pone en peligro la vida de mi hijo; la imagen de mi hijo enfermo está cargada de miedo e intento alejarla de mi mente para poder trabajar, pero sigue presente, aunque sea de forma colateral; así surge la ansiedad, un estado emocional caracterizado por un clima de temor y por una agitación que muestran que “el subconsciente está asustado y quiere que haga algo”. El término angustia suele usarse cuando lo que causa el miedo es desconocido; no ocurre, por tanto, como en el caso de la ansiedad, que se reprime el miedo, pero se conoce su causa, sino que se reprime la propia causa.

 

Al igual que la ansiedad es el estado emocional que se corresponde con el miedo, hay otros estados relacionados con las otras emociones básicas. Así, por ejemplo, la irritabilidad se relaciona con la ira, la aprensión con el asco, la depresión con la tristeza, la euforia con la alegría, el entusiasmo con el deseo, etc. La depresión puede ser provocada por cualquier pérdida (un familiar o el trabajo, por ejemplo), pero es especialmente dañina la suscitada por la pérdida de confianza en las capacidades propias porque, en tal caso, la desgana inherente a toda depresión se ve potenciada por el miedo al fracaso.

 

G. Evaluación de los estímulos emocionales

 

No siempre las emociones fuertes y los estados emocionales son producidos por uno o varios sucesos cuya objetiva gravedad justifique su “impacto psíquico”; a menudo, estímulos aparentemente débiles causan reacciones emocionales desproporcionadas. Cuando los estímulos (o ciertos estímulos) se evalúan sistemáticamente de forma incorrecta, exagerando su intensidad, sucesos o circunstancias de escasa importancia pasan a desencadenar fuertes emociones. Si veo amenazas, obstáculos o pérdidas por todas partes viviré en continuo estado de ansiedad, irritación o depresión. Puestos a errar en la evaluación de los estímulos, más vale hacerlo por defecto, disfrutando así de la consiguiente tranquilidad o euforia, aunque sea sin motivo.

 

Como se verá en otro capítulo, la evaluación de un estímulo emocional resulta del trabajo combinado de la mente y el ego; cuando un estímulo (un suceso) es calificado, por ejemplo, como una “tremenda pérdida”, el cuerpo reacciona en consonancia, lo sea o no: siente una “tremenda tristeza”, tanto si se trata del fallecimiento de un ser allegado, como de una simple derrota deportiva. La calificación exagerada de un suceso puede ocurrir, básicamente, por dos motivos; el primero es que afecte a una llaga emocional (capítulo 5, apartado H), es decir, que esté relacionado con ciertas experiencias traumáticas que marcaron mi personalidad. El segundo motivo es que yo esté sensibilizado al tipo de suceso en cuestión; la sensibilización ocurre cuando ese suceso estimulador (o uno similar) ha sido imaginado, recordado o percibido reciente y repetidamente. Supóngase, por ejemplo, que mi equipo de futbol juega el próximo domingo contra su máximo rival y logra vencer; la victoria será mucho más apreciada si he podido presenciarla (y he hablado de ello con mis amigos durante la semana), que si me he enterado del resultado durante el viaje turístico que estoy realizando; y ello, a pesar de que el amor que siento por esos colores no cambia de un día para otro ni depende de dónde estoy.

 


1 Cada vez que algo me haga pasar miedo, se incrementará el miedo que le tengo.

2 En verdad, las emociones básicas son 9, porque en la tabla no se ha incluido la sorpresa, que se trata en el apartado F.

3 En este documento el término “ilusión” se utiliza en dos sentidos: como sinónimo de alegría (este regalo me ha hecho mucha ilusión) o para expresar la apetencia o atracción (el “amor”) que se siente por algo de lo que no se dispone (llegar a ser ingeniero o casarme con María me hace mucha ilusión).

4 En adelante, para simplificar, el asco se considerará como un tipo de miedo y el contaminante como un tipo de amenaza.

5 Algo paralelo ocurre con el odio respecto a un mal; lo vigilamos por si se convierte en una amenaza o tenemos la oportunidad de eliminarlo.

6 Ni tampoco el odio, por razones paralelas a las que se indican en el caso del amor.

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