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PARTE 1ª CAPÍTULO 2

EL "CUERPO". LAS SENSACIONES.

 

A. El “cuerpo” y los sentidos

 

En el esquemático modelo esbozado en el capítulo introductorio, el elemento que dirige al autómata es el ego (el que “quiere”, es decir, el que establece objetivos); la mente piensa qué hacer para conseguir esos objetivos y se lo ordena al cuerpo; el cuerpo es el que hace, el que se mueve: camina, come, coge, manipula, etc.; es el que se relaciona con el entorno, con el que intercambia materia y energía.

 

El cuerpo, tal como se concibe en el modelo, no solo se relaciona con el exterior; se encarga también de mantener la homeostasis; incluye, por tanto, el “software instintivo” necesario para elaborar las respuestas reflejas e involuntarias que regulan la autodefensa y el funcionamiento del organismo; estas respuestas van desde movimientos simples, como el de apartar la mano del fuego o parpadear frente a una molestia ocular, hasta las que regulan la respiración, circulación o sudoración, por ejemplo. Cabe decir, con una cierta simplicidad, que el cuerpo al que se hace referencia en el modelo es todo el organismo menos el cerebro y cerebelo1.

 

Como se verá en capítulos posteriores, el cuerpo recibe de la mente las instrucciones necesarias para la realización de los movimientos voluntarios y automatizados, y del ego, las “órdenes emocionales” que le llevan a prepararse para la acción (dilatando las pupilas o incrementando el ritmo cardiaco y respiratorio, por ejemplo) o a relajarse, cuando tal preparación deja de ser necesaria. Por su parte, el cuerpo informa al ego y la mente acerca de su propio estado y de las condiciones del entorno; esto lo hace, esencialmente, a través de las sensaciones, que se producen cuando los sentidos, internos o externos (a los que se dedica el próximo apartado) son estimulados.

 

Las sensaciones, a las que se dedica la casi totalidad de este capítulo, tienen una enorme importancia por dos razones. La primera, porque ellas pueden hacer que el cuerpo (y no el ego) se torne el elemento director del autómata (además del ejecutor), sea de forma coyuntural (como pasa cuando el hambre nos impulsa a buscar comida) o, incluso, permanente (como ocurre en el caso de ciertas drogodependencias)2. La segunda razón, quizás la más importante, es que el ego se va conformando a partir de las experiencias sensoriales que hemos disfrutado o sufrido: queremos (obtener o mantener) lo que nos ha dado placer o evitado sufrimientos3; de esta forma se cierra el círculo: ego ➙ mente ➙ cuerpo ➙ ego…

 

Mediante los sentidos internos y externos obtenemos información sobre nuestro cuerpo y entorno. Los visceroceptores nos informan sobre nuestras vísceras y los propioceptores sobre las posiciones, tensiones y movimientos del cuerpo (sensaciones cinestésicas). Los sentidos externos nos permiten conocer el mundo: ver, oír, oler, saborear y tener tacto (en la epidermis se encuentran receptores diversos, sensibles a la presión, la vibración, la temperatura y el dolor).

 

La relación entre las sensaciones cinestésicas y las “externas” (en particular, las visuales y táctiles) nos permite “actuar” en el mundo; al movernos (o mover los ojos para explorarlo), a la vez que sentimos nuestros movimientos, percibimos cambios en lo que vemos, constatando que aquellos son la causa de estos; paralelamente, cuando el cambio percibido no se relaciona con nuestros movimientos, comprendemos que es el entorno el que cambia. Los conceptos de espacio y tiempo derivan de la relación entre las sensaciones visuales, táctiles y cinestésicas.

 

B. Sensaciones y percepciones: conceptos generales

 

La necesidad de bienestar (físico) es la única necesidad que se sustenta en sensaciones y no en emociones. Necesito comer, beber y respirar para evitar las sensaciones de hambre, sed o asfixia; aparto la mano del fuego porque el dolor me obliga a hacerlo. En definitiva, el cuerpo, mediante las sensaciones que genera, me obliga a que cuide de él; la sensación de dolor hace que me aparte de lo que quema y, además, está en el origen del miedo al fuego, que hará (preventivamente) que no me acerque a él, al recordar el dolor que sentí cuando me quemé.

 

Normalmente, se entiende como sensación la “señal” que llega a la conciencia desde los sentidos cuando estos son estimulados; luego se produce el proceso de atribución de significado (de identificación con un símbolo) que convierte la sensación en percepción; aunque la frontera entre ambas no es nítida, puede decirse que la sensación se torna percepción cuando es clasificada, calificada o reconocida por la mente: un ruido pasa a ser, por ejemplo, un grito o un ladrido; esa mancha marrón y negra (sensación) que veo junto a mí, es “mi perro” (percepción). La diferencia entre ambas se pone claramente de manifiesto en la imagen clásica que se muestra a continuación: un borrón en blanco y negro que puede percibirse como un cáliz o dos caras enfrentadas: la misma sensación, pero dos posibles percepciones.

 

Figura 2.1: Sensación vs. percepción

Sensación vs. percepción


A la conciencia llegan continuamente sensaciones externas (visuales, sonoras, táctiles, etc.) e internas4; imagínese la cantidad de estímulos que recibe quién conduce un vehículo o asiste a una reunión. Sin embargo, en general, las sensaciones no captan mi atención hasta que no se tornan percepciones; si miro a mi perro lo veo como tal sin ver antes la mancha marrón y negra que es. Es muy difícil mirar un cuadro sin buscarle significado, sin reconocer los objetos pintados, viéndolo simplemente como una distribución de luz y color5. Las sensaciones suelen pasar por la conciencia sin que me entere, de la misma forma que no me entero, cuando miro una película, del color de un trozo de pantalla donde se muestra una pequeña parte del paisaje general.

 

Hay dos tipos de sensaciones, sin embargo, que logran captar mi atención. El primero es producido por los cambios súbitos en el entorno (un destello, un impacto, un cambio repentino...) ya que, por serlo, podrían ser peligrosos; con el reflejo asociado a estas sensaciones (por ejemplo, el giro de cabeza hacia el origen del estímulo) se busca saber lo que pasa en nuestro entorno. Las sensaciones del segundo tipo, en las que se centra este capítulo, son las que originan experiencias agradables o desagradables (placer, dolor, hambre, etc.), es decir, las que sustentan la necesidad de bienestar. La evolución hace que una sensación sea agradable o desagradable para conseguir, en cada caso, la reacción más favorable para la supervivencia. Así, por ejemplo, si necesito nutrirme, siento hambre, lo que me lleva a buscar alimento y cuando me alimento no solo dejo de sentirme mal, sino que siento placer, lo que supone un doble incentivo6.

 

Debe distinguirse entre estas sensaciones y las correspondientes percepciones. Un bebé siente hambre aunque no sepa qué es eso y el instinto le lleva a mamar hasta saciarse; tampoco sabe lo que es el dolor, pero lo siente y aparta el brazo si se quema. Cuando estas sensaciones se tornen percepciones, el hambre y el dolor se reconocen como tales. Las percepciones son subjetivas: frente al mismo estímulo / sensación, lo percibido varía en función de factores psicológicos diferentes para cada individuo, situación o estado de ánimo. Para abreviar, en adelante, en este y en los demás capítulos (a excepción del capítulo 10), cuando se hable de “sensaciones” se estará haciendo referencia, exclusivamente, a las que se experimentan como agradables o desagradables.

 

C. Sensaciones ligadas a la preservación/nutrición/reproducción

 

Para sobrevivir, un animal -y cualquier otro ser vivo- necesita nutrirse y preservar su integridad física (y, en el caso de los mamíferos, regular su temperatura interna). Por tanto, deben existir sensaciones que le muevan a satisfacer esas necesidades “vegetativas”; que hagan que reaccione cuando se produzca una lesión tisular o cualquier tipo de agresión o desequilibrio químico, térmico o mecánico que pueda llegar a poner en peligro su supervivencia. En la siguiente figura se resumen las sensaciones asociadas a las necesidades vegetativas:

 

Figura 2.2: Sensaciones “vegetativas”

Sensaciones vegetativas

 

El dolor es una sensación desagradable que surge cuando comienza a producirse7 una pérdida de integridad física (lesión tisular8), por traumatismo o dolencia, que nos mueve a actuar para minimizarla desactivando o alejando al “agresor”, de forma voluntaria o refleja (por ejemplo, dejando de mover la articulación dañada o apartando la mano del fuego).

 

Un malestar o molestia es una sensación desagradable9 causada por una estimulación sensorial que no alcanza el umbral de dolor10, que nos mueve a actuar como si de este se tratara, pero con menor urgencia. Puede ser inespecífica (malestar) o propia de un determinado sentido: picor, escozor, mareo, etc. Las sensaciones de calor o frío son “molestias” que nos impulsan a “gestionar” el intercambio de energía con el medio ambiente, complementando los mecanismos fisiológicos que regulan nuestra temperatura interna.

 

Un apetito es una sensación desagradable (hambre, sed, asfixia…) que nos mueve a buscar y tomar los productos necesarios para la nutrición (alimentos, agua, aire…) y a expulsar los desechos (ganas de orinar, defecar…); los apetitos nos hacen “gestionar” el intercambio de materia con el entorno. Las sensaciones de asco/saciedad/nausea nos mueven a no ingerir o a expulsar productos potencialmente dañinos. Los apetitos y ascos pueden ser innatos o adquiridos; un apetito adquirido (“mono”) es una adicción.

 

Los gustos (normalmente, adquiridos) son sensaciones agradables asociados a la explotación de un sentido; en el caso de las sensaciones correspondientes a las necesidades vegetativas, los gustos son, básicamente, sabores, olores o “sensaciones dérmicas” (caricias, calidez…) agradables.

 

Las sensaciones correspondientes a las necesidades reproductivas son el apetito sexual, el orgasmo, el placer que se produce durante la relación sexual y la sensación que desincentiva la actividad sexual cuando la necesidad está saciada. Puede observarse el paralelismo que existe entre las sensaciones que nos impulsan a alimentarnos y reproducirnos. No debe confundirse el apetito que nos hace buscar la oportunidad de comer o copular (una sensación) con el deseo (que es una emoción) que surge cuando se presenta dicha oportunidad11.

 

D. Sensaciones asociadas al movimiento

 

La característica esencial de un animal es su capacidad de moverse para defenderse, alimentarse o reproducirse; consubstancial con la capacidad física de “hacer” (de desarrollar una actividad) es la capacidad mental de percibir, a partir del trabajo de la vista, oído u olfato, las oportunidades, amenazas u obstáculos que aparecen en el entorno. Por ello, para poder moverse, un animal necesita no solo desarrollar un sistema músculo-esquelético, sino también, paralelamente, “ampliar” las funciones sensoriales12 y motoras de su sistema nervioso.

 

Como acaba de decirse, el movimiento no es un fin en sí mismo, sino un medio para la supervivencia física y genética. No existe, por eso, una sensación desagradable específica que nos impulse a movernos, de la misma forma que el hambre nos impulsa a alimentarnos. Sí existen, sin embargo, placeres asociados al movimiento (como bailar) o a los sentidos que lo permiten (ver unos fuegos artificiales o escuchar música, por ejemplo).

 

También hay sensaciones desagradables asociadas al “abuso” motriz o sensorial: las sensaciones de fatiga física, derivada del ejercicio excesivo y fatiga mental, producida al desarrollar una actividad que conlleve excesivas exigencias de atención; las sensaciones de fatiga pueden considerarse como casos particulares de las sensaciones de dolor o molestia, anteriormente definidas.

 

E. Supervivencia y bienestar

 

Lo expuesto hasta ahora, en relación con las sensaciones, puede resumirse así:

 

  1. Ciertas sensaciones desagradables (dolor, calor o frío, hambre, sed, apetito sexual, etc.) nos obligan a velar por nuestra supervivencia y reproducción, al forzarnos a hacer determinadas actividades (protegernos, comer, copular…).
  2.  

  3. El ejercicio de buena parte de esas actividades suscita sensaciones agradables; puede obtenerse placer explotando la mayoría de nuestros sentidos: saboreando, oyendo, viendo, sintiendo (tacto), etc.; supuestamente, estos placeres incentivan la realización de actividades convenientes para nuestra supervivencia.
  4.  

  5. Por último, otras sensaciones desagradables se encargan de evitar el ejercicio excesivo (perjudicial) de algunas de esas actividades; las sensaciones de saciedad o de fatiga evitan, por ejemplo, que comamos o corramos en exceso.

 

La necesidad de bienestar nos impulsa, ante todo, a evitar lo desagradable y, en particular, a satisfacer nuestros apetitos, de la siguiente forma:

 

Figura 2.3: La satisfacción de los apetitos


Mientras la necesidad fisiológica no esté satisfecha se producirá una “búsqueda ansiosa” de la oportunidad de satisfacerla; si esta aparece (y, con ella, el deseo), pero no se aprovecha, se producirá frustración y luego se tornará a la búsqueda; si finalmente se aprovecha una oportunidad, se obtendrá una satisfacción temporal que acabará dando paso -cuando la necesidad deje de estar saciada- a un nuevo ciclo. Este ciclo es muy peligroso si la necesidad que lo alimenta es cada vez más intensa, frecuente o difícil de saciar y acaba por generar un sufrimiento casi permanente. Es lo que ocurre con las adicciones; se puede ser adicto a una droga o al sexo pero también a muchas otras cosas (al poder o a la fama, por ejemplo). La adicción puede ser física y/o psicológica; esta última se produce cuando el placer obtenido o el dolor evitado son muy intensos.

 

Las adicciones no son los únicos caminos por los que la necesidad de bienestar puede llegar a ser perjudicial para la supervivencia; también lo pueden ser nuestros gustos o hábitos, los cuales, a menudo, condicionan nuestro bienestar13. Un gusto o hábito es una actividad que -tras haberla hecho repetidas veces- me gusta realizar o me siento a disgusto si no realizo; puedo aficionarme a un “manjar” y disfruto con él, aunque no tenga hambre; puedo acostumbrarme a hacer la siesta y me siento cansado si no la hago, aunque duerma mucho por la noche.

 

La necesidad de bienestar es muy útil, por ejemplo, para hacer que un animal se alimente, aunque eso le suponga un esfuerzo; puede ser peligrosa, sin embargo, para una persona bien protegida y alimentada, al impulsarla hacia el sibaritismo y la comodidad, es decir, a la creación de gustos / hábitos buenos para el bienestar, pero malos para la supervivencia.

 

F. Las sensaciones como condicionantes de nuestras acciones

 

La influencia de las sensaciones en la vida diaria es muy grande y para valorarla baste la siguiente historia sobre “una mañana cualquiera en la vida de un oficinista”:

 

Hoy me he levantado pronto y tengo sueño y dolor de cabeza por todo el alcohol que bebí ayer (aunque iba colocado no tuve suerte y de sexo nada). Me he ido a trabajar sin haberme podido duchar porque el agua estaba muy fría. Menos mal que he encontrado asiento en el autobús; cuando voy de pie, acaba doliéndome la espalda. Como siempre, mi jefe me da más trabajo del que puedo hacer (corrijo pruebas de imprenta) y al final de la mañana estoy tan fatigado que ya no sé lo que leo. Además, a esa hora hace mucho calor y huele “a tigre”, ya que no hay aire acondicionado. Por eso me voy a comer a casa y, también, porque la comida del despacho no me gusta; a veces, el pescado que dan me sienta mal e incluso me produce náuseas. Llego a casa tarde y hambriento; me hago la comida rápido y me da tiempo para descansar en el sofá; estaría más cómodo en la cama, pero no tengo tiempo. ¡Qué vida más perra!


Probablemente, si se le pregunta al oficinista si es libre contestará afirmativamente; no se da cuenta de cómo le esclavizan sus sensaciones.

 

Las sensaciones no solo condicionan directamente nuestras acciones; también lo hacen indirectamente al estar en la génesis de muchas emociones las cuales, a su vez, nos impulsan a actuar de una u otra forma. El proceso se muestra en el ejemplo siguiente, aunque todo ello se ampliará en los próximos capítulos.

 

Figura 2.4: Reacciones a la sensación (ejemplo)

Reacciones a la sensación (ejemplo)


1 Incluiría, por tanto, el tronco de encéfalo, la médula y el sistema nervioso periférico. Del sistema nervioso autónomo solo quedaría excluido el hipotálamo.

2 También puede ocurrir, incluso con mayor frecuencia, que el cuerpo adquiera “hábitos de comodidad” (se vuelva perezoso) y se resista a hacer lo que se le pide para evitar las molestia asociadas al esfuerzo.

3 Y “odiamos” lo que nos ha causado sufrimiento o impedido el placer.

4 Que nos informan, por ejemplo, sobre el estado de un órgano o la tensión de un músculo.

5 Para hacerlo habría que volver a la infancia, cuando no se distinguían “unas cosas de otras”.

6 Este doble incentivo puede ser muy útil en épocas o momentos en los que la comida escasea, pero puede ser inconveniente en caso contrario, ya que conduce a comer por placer sin necesidad fisiológica alguna.

7 O se dan las condiciones para que acabe produciéndose.

8 La sensación se produce al estimularse receptores específicos (nociceptores), pero puede producirse también (sin que medie estímulo) por un daño en el sistema nervioso.

9 Se excluyen de esta definición las sensaciones desagradables de apetito, asco y fatiga, que son objeto de una definición específica.

10 Aunque la frontera entre el dolor y la molestia es bastante difusa.

11 La percepción de la oportunidad activa nuestro sistema nervioso simpático, preparándonos para la acción.

12 Una planta, que no se desplaza, no necesita tener vista u oído, por ejemplo.

13 La frontera entre la adicción y el gusto o hábito no adictivo es difusa, ya que la creación de la dependencia puede obedecer a factores diversos, tanto fisiológicos, como psicológicos.

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