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PARTE 1ª CAPÍTULO 15

RECOMENDACIONES PARA LA EVOLUCIÓN

 

A. Introducción

 

Este capítulo es eminentemente práctico. Las 15 recomendaciones que se muestran en la figura 15.1 y se explican a continuación son sugerencias mediante las que se pretende facilitar nuestra evolución personal (hacer que seamos menos autómatas).

 

Figura 15.1: Recomendaciones para facilitar la evolución personal

Recomendaciones para facilitar la evolución personal


Estas recomendaciones se dirigen a mejorar el control sobre nuestro cuerpo, ego y mente, y a progresar hacia la consciencia compasiva. No son “ideas felices”; todas ellas (y su estructuración) derivan de los conceptos, consideraciones y modelos explicados en los capítulos anteriores.

 

B. Recomendaciones para facilitar la evolución personal

 

1. Conócete a ti mismo; empieza por aprender cómo llegar a conocerte.

 

La necesidad de conocerse a uno mismo (como condición imprescindible para poder mejorar) es evidente y conocida desde siempre. Sin embargo, esto es fácil de decir, pero difícil de hacer, al menos, si no se dispone de una metodología que nos permita avanzar ordenadamente por el camino del autoconocimiento. La actividad esencial para conocernos mejor es la meditación, de la que trata una recomendación posterior. En cualquier caso, como punto de partida, es conveniente que conozcamos bien nuestra personalidad (capítulo 8); un resumen de las características básicas que definen los distintos tipos de personalidad se muestra en la figura siguiente:

 

Figura 15.2: Caracterización de la personalidad

Caracterización de la personalidad


Para conocer nuestra personalidad es necesario practicar la auto-observación hasta poder decidir cuáles son nuestras características personales, elegidas de entre las opciones indicadas en el cuadro anterior.

 

Posiblemente, la manera más fácil de comenzar a trabajar sea la de intentar reconocer nuestro tipo de personalidad a partir del “eneagrama de las personalidades” (capítulo 8, apartado G) y de la amplia bibliografía disponible sobre el mismo. En todo caso -y sin desmerecer a los otros factores de la personalidad- es fundamental saber cuál es:

 

  1. nuestra necesidad compulsiva (“llaga emocional”): sentirnos libres de obligaciones, apreciados por los demás o seguros frente a lo que pueda depararnos el futuro.
  2.  

  3. nuestra actitud compulsiva (el “reflejo mental” que orienta nuestras relaciones con los demás): apañarnos solos, aprovecharnos de los otros o colaborar con ellos.

 

2. Cuida tu cuerpo y evita que determine o dificulte lo que quieres hacer.

 

Nuestro cuerpo es la herramienta que tenemos para hacer lo que queremos, pero requiere atención; debemos satisfacer sus necesidades de nutrición, preservación y reproducción, que él se encarga de recordarnos mediante diversas sensaciones (hambre, sed, dolor, molestia, deseo sexual, etc.). Cuidarlo bien requiere adquirir hábitos saludables en materia de alimentación, ejercicio, descanso, etc., para que permanezca siempre en las mejores condiciones (de uso) posibles.

 

Desafortunadamente, lo que a menudo se adquiere son “malos hábitos”; los peores son las adicciones: necesidades adquiridas cada vez más difíciles de saciar; en este caso, el cuerpo -y no nosotros- es el que determina lo que hay que hacer; las adicciones originan sensaciones que me obligan a hacer una cierta actividad, aun sabiendo que (en la mayoría de los casos) es perjudicial para mi salud. Sin embargo, las adicciones no son los únicos hábitos perjudiciales; también lo son muchos de nuestros gustos. Un gusto es una actividad que -tras realizarla muchas veces- me gusta hacer o me siento a disgusto si no hago; puedo aficionarme a un “manjar” y desearlo, aunque no tenga hambre, o puedo acostumbrarme a hacer la siesta y me siento cansado si no la hago, aun durmiendo mucho por la noche. Aunque no tienen la fuerza de las adicciones, los gustos pueden llevar al sibaritismo y la comodidad.

 

Nuestro cuerpo no debería constituir, por sí mismo, un obstáculo para la acción, más allá de los impedimentos que puedan aparecer con la edad o dolencias coyunturales; si quiero mejorar el funcionamiento del autómata, mejor evitar que este se mueva teniendo que arrastrar su cuerpo como un peso muerto.

 

3. Minimiza tu ego: no te apegues a lo que tienes ni ansíes lo que no tienes.

 

Un bien es algo a lo que estoy emocionalmente apegado; algo que quiero obtener, mantener o incrementar (inteligencia, dinero, prestigio…). Cualquier bien, por serlo, es fuente de sufrimiento; si lo tengo, temo perderlo; si no, intento conseguirlo, lo que me lleva, tarde o temprano, a la frustración (por el fracaso) o al temor (de perderlo). Por tanto, habrá sufrimiento mientras tengamos ilusiones o posesiones. Además, teniendo en cuenta el concepto de ego (capítulo 5) como “representante de mis bienes”, cabe decir que habrá sufrimiento mientras haya (exceso de) ego. El único objetivo del ego es desarrollarse: siempre quiere mantener e incrementar su tamaño y solo retrocede si está amenazado. Controlar al ego es fundamental, por tanto, para limitar el sufrimiento.

 

Figura 15.3: El ego: lo que soy, tengo y quiero

El ego: lo que soy, tengo y quiero


El nivel de felicidad se ha definido como el cociente entre lo que tengo1 y lo que quiero obtener o mantener; por tanto, cuantas más cosas espere obtener o tema perder, más probable es que acabe siendo infeliz. Esto no significa que todo apego sea malo2; es natural desear ciertos bienes básicos (salud, casa, compañía…) sin los cuales la vida se reduciría a una lucha solitaria por la supervivencia. Sin embargo, no tiene sentido querer siempre más, por sistema; es irracional querer algo, si no estoy seguro de que las satisfacciones que me proporcionará compensarán los esfuerzos necesarios para conseguirlo y mantenerlo; a menudo, desgraciadamente, mi imaginación me engaña: tiende a magnificar aquellas y minimizar estos, en particular, cuando la decisión viene influenciada por la publicidad, la moda o, en general, por la creencia de que mi relevancia social depende de mis títulos o posesiones. Los trasteros están llenos de objetos en desuso que demuestran lo anterior.

 

4. Evita que tu imaginación te haga sufrir sin necesidad; piensa en positivo.

 

La mente busca soluciones a las preocupaciones del ego. Cuando la mente trata de conservar un bien tiene que imaginar posibles amenazas y -aunque no sean reales- se siente temor. Cuando de lo que se trata es de conseguir un bien, la mente imagina posibles oportunidades y se siente ilusión, que se transforma en desilusión o frustración si no las encontramos o aprovechamos. Si, finalmente, logramos el bien, vuelve a comenzar el ciclo generador de temor. El sufrimiento resultante de este proceso es asumible si sirve para reducir las preocupaciones; si no, es sufrimiento innecesario que solo puede limitarse controlando la imaginación.

 

La repetición mental obsesiva de pérdidas, amenazas u obstáculos (reales o supuestos) y de sus posibles consecuencias, es masoquista, pero difícil de evitar; debemos darnos cuenta de que sufrimos innecesariamente ahora para evitar imaginarios sufrimientos futuros; en definitiva, de que la causa principal del sufrimiento está en nuestra mente. Pensar masoquistamente no tiene sentido, pero no suele disminuir las posibilidades de lograr nuestros objetivos; por ejemplo, darle excesivas vueltas a la necesidad de encontrar trabajo me hará sufrir gratuitamente, pero no reducirá las oportunidades de encontrarlo. Existen dos casos, sin embargo, en los que el pensamiento (la imaginación) resulta contraproducente.

 

El primer caso se produce cuando la repetición mental obsesiva llega a hacer que las tensiones propias de emociones tales como el miedo o la ira, se acumulen hasta llegar a provocar una respuesta descontrolada: una decisión pasional (irracional) o, incluso, una descarga catártica (golpes, insultos, “espantadas”, histerismo, etc.). Así, la razón, en vez de solucionar una preocupación, acaba provocando una reacción irreflexiva que suele causar nuevas preocupaciones. Para evitar que la emoción nuble la razón, debe detectarse e interrumpirse este proceso enajenante.

 

El segundo caso se produce a causa del “pensamiento negativo”, que puede hacer que no logre un objetivo que está a mi alcance. Todos hemos tenido experiencias de ese tipo (al jugar un partido o hacer un examen, por ejemplo) y hemos culpado del fracaso a “los nervios”, la vergüenza o el infortunio; aunque pueda ser cierto, lo que pasa en realidad es que no estoy concentrado en la actividad que realizo: mi atención está ocupada en un diálogo mental, originado por el temor al fracaso, en el que se alternan el miedo, la ira o la tristeza, que puede llegar a paralizarme de cuerpo y mente (a agarrotarme, balbucear o “quedarme en blanco”). Así, a menudo es mi inseguridad lo que hace que fracase, aunque sea capaz de triunfar3.

 

Para dar lo mejor de mí mismo debo concentrarme en lo que hago4. Esto supone que estoy razonablemente seguro de hacerlo bien y, por tanto, que no hay motivo para el pensamiento negativo. A sentirme más seguro puede ayudarme el pensamiento positivo: imaginar que lo haré bien, porque confío en mis facultades. Por supuesto, el pensamiento positivo no me ayudará a encontrar aparcamiento.

 

5. Lo que hagas, no lo hagas solo por hacer algo o porque los demás lo hacen.

 

A la mente, al ego y al cuerpo no les gusta el aburrimiento y, en tal circunstancia, tienden a realizar espontáneamente las actividades que les son propias (pensar, emocionarse y moverse), pero de la manera más simple (más “mecánica”) posible. Así, por ejemplo, la mente tiende a imaginar, parlotear, chatear o navegar por la “web”, solo para pasar el rato. El ego tiende a identificarse con cualquier cosa que le permita emocionarse, como personajes de la crónica rosa o un equipo de fútbol. Estas identificaciones facilitan que la psiquis (la combinación mente-ego) “llene el tiempo” con cotilleos, ensoñaciones o espectáculos. Por último, el aburrimiento puede llevarme a dar gusto al cuerpo: a comer por comer, por ejemplo.

 

Lo anterior no quiere decir que la diversión sea mala; es natural que quiera disfrutar de mi tiempo de ocio; pero conviene evitar que el aburrimiento dicte mis acciones y, lo que es peor, que lo haga sin que me percate de ello: sin ser consciente de que el único motivo de hacerlas es no aburrirme. Actuar sin saber por qué actúo significa que me comporto como un mecano (un autómata descerebrado).

 

A la mente y al ego no les gusta aburrirse, pero tampoco quieren esforzarse mucho y, para evitarlo, tienden a imitar al prójimo, teniendo en cuenta, además, que con ello suele evitarse la crítica ajena5. Así, la mente tiende a repetir lo que ha oído, a utilizar criterios propios o ajenos sin haberlos verificado6 y a emitir juicios basados en dichos criterios. El ego, por su parte, tiende a identificarse por imitación: me acaba gustando lo que gusta a las personas de mi entorno y, de ahí, la influencia de la moda; incluso es frecuente que mi identificación social, política o religiosa no sea ideológica, sino resultado de lo que he visto a mi alrededor. En general, debe evitarse el mimetismo, que me lleva a creer sin saber por qué creo; a estar apegado sin saber por qué me he apegado; y, en definitiva, a pensar y sentir igual que mi entorno, cual camaleón.

 

6. Cumple atentamente tus obligaciones; no las eludas, transfieras ni sacralices.

 

Todos tenemos la necesidad de libertad, de hacer lo que queremos y sentirnos libres de obligaciones; para algunas personas -no para todas- es una necesidad compulsiva y, por tanto, irracional; es algo que se debe tratar de controlar. Para satisfacer esta necesidad (sea o no compulsiva), es decir, para minimizar nuestras obligaciones, podemos usar tres estrategias; pero no siempre utilizamos la idónea7; solemos usar una predominantemente, a modo de actitud compulsiva (capítulo 8, apartado C).

 

La primera de estas actitudes consiste en intentar transferir a los demás nuestras obligaciones; suele ir acompañada del gusto por el poder8; la segunda consiste en evitar las relaciones u ocasiones en las que me puedan “caer” obligaciones9; y la tercera, es la de intentar acotar nuestras obligaciones, transformándolas en una especie de contrato cuyo cumplimiento (por ambas partes) se considera “sagrado”. Luchar contra estas necesidades y actitudes compulsivas implica aceptar las obligaciones justas, sin eludirlas o transferirlas, y cumplirlas con buena voluntad, pero sin dramatizar su incumplimiento.

 

7. No intentes suscitar agradecimiento, admiración o compasión.

 

Esta recomendación se centra en la necesidad de afecto (de aprecio), que sentimos todos, pero que para algunas personas es compulsiva. Para satisfacerla existen tres posibles estrategias que, a menudo, se convierten en actitudes compulsivas.

 

La primera de estas actitudes consiste en ser generoso, amable y útil a los demás, con el propósito implícito de obtener la gratitud que merece mi buena voluntad. La segunda consiste en intentar mostrar, sutil o abiertamente, “cuán bueno soy” (mis éxitos laborales o deportivos, por ejemplo) esperando recibir la admiración que merezco por mi esfuerzo; y la tercera, es la de quejarme por lo injusto o desafortunado de mi situación, buscando la atención compasiva de los demás.

 

Luchar contra estas necesidades y actitudes compulsivas significa dejar de engañarme y de engañar a los demás sobre los motivos que determinan mi forma de relacionarme con ellos10; y, por tanto, intentar no actuar con el fin de suscitar agradecimiento, admiración o compasión (no “hacerme el amable”, no presumir y no quejarme).

 

8. No consagres el presente a preparar, imaginar o cavilar sobre el futuro.

 

Esta recomendación se centra en la necesidad de prevención (de seguridad en el futuro11) que sentimos todos, pero que para algunos es compulsiva. Para satisfacerla hay tres posibles estrategias que, a menudo, se convierten en actitudes compulsivas.

 

La primera de estas actitudes consiste en permanecer alerta para prever lo que puede suceder y prepararme para ello, buscando la información pertinente12. La segunda me lleva a conformar una red de relaciones en cuya experiencia me pueda apoyar cuando lo necesite13. La tercera, es la de buscar criterios o principios que me ayuden a actuar correctamente, así como el apoyo de los que tienen los mismos.

 

Prevenir los acontecimientos es fundamental para controlar nuestro devenir y es, de hecho, la actividad propia de la razón, lo que nos distingue del resto de los animales. El problema viene cuando la compulsión preventiva es exagerada y me hace consagrar el presente a pensar sobre el futuro: a acumular información (por si acaso pasa algo), a imaginar futuras acciones o a reflexionar (y dudar) sobre cuál es la acción correcta. Prevenir no debería ocupar o condicionar continuamente nuestro presente; en todo caso, para prevenir debería emplearse -de las tres- la estrategia más adecuada a cada situación, evitándose que una de ellas llegue a ser (una actitud) muy predominante14.

 

9. Trata al prójimo como quieres ser tratado; intenta comprenderlo y no juzgarlo.

 

Tratar al prójimo de la misma forma que deseas ser tratado es una recomendación, común a la mayoría de las religiones, que tiene sentido tanto desde un punto de vista individual como social. Si todos los individuos son iguales, tienen derecho al mismo trato; si cada uno trata a los otros con equidad, el beneficio del colectivo se optimiza.

 

A menudo, sin embargo, las relaciones problemáticas no se deben a la mala voluntad, sino a la incomprensión. La persona dispuesta a tratar al prójimo como a sí misma no suele tener en cuenta que el otro no es como él; lo juzga con sus propios patrones mentales y emocionales, lo que condiciona -para mal- el trato que le brinda. Las personas tienden a racionalizar su conducta buscando argumentos que les permitan explicar (a sí mismas y a otras) las razones por las que actúan como lo hacen; estas “razones” pasan a ser los criterios utilizados para juzgar la conducta del prójimo; lo que es como pensar que el que no calce un número parecido al mío, tiene un pie anormal.

 

Es fundamental, por tanto, comprender a las personas con las que nos relacionamos, en lugar de juzgarlas “desde fuera”; hay que observarlas, atendiendo a lo que hacen o dicen pero, también, a lo que pueden estar sintiendo; en definitiva, es conveniente “ponerse en la piel del otro” y tratarle como imagino que él querría ser tratado.

 

10. Intenta permanecer consciente; habitúate a meditar y a observarte a ti mismo.

 

Como ya se ha explicado, YO no soy ni mi cuerpo, ni mi ego, ni mi mente; soy el que observa lo que se proyecta en (la pantalla de) mi conciencia; soy el espectador (el testigo) y no el protagonista de la película de mi vida (capítulo 9). Lo normal, sin embargo, es que me identifique con el protagonista, que el argumento de la película capte mi atención y deje de ser consciente de que soy el espectador.

 

Meditar es (intentar) “ser consciente”, es decir, ser dueño de mi atención (capítulo 14, apartado D). Meditar sirve para:

 

  1. conocerme mejor al observar cómo pasan por la conciencia sensaciones, emociones e imágenes y cómo se concatenan;
  2.  

  3. entrenar el control de la atención y darme cuenta de lo difícil que es “liberarme de la mente” (evitar que mis pensamientos esclavicen mi atención);
  4.  

  5. indagar sobre mi verdadera naturaleza, para intentar intuir quién soy yo o, al menos, para encontrarme con esa quietud o silencio que sobreviene cuando percibo (y dejo de identificarme con) lo que no soy.

 

Permanecer consciente en la vida real es difícil, por la cantidad de preocupaciones y distracciones que activan mi mente (monopolizando la atención y volviéndome “inconsciente”). “Estoy consciente” si estoy en condiciones de decidir libremente dónde centro la atención en cada momento; puedo optar, por ejemplo, por percibir mi respiración, “sentir” cómo me lavo los dientes u observarme caminando.

 

Para ir aumentando el “tiempo de consciencia” se debe crear el hábito de observarse (recordarse) a uno mismo; de decirnos “estoy haciendo esto” mientras lo hacemos; de vernos (observarnos) mientras lo estamos haciendo. Para conseguirlo conviene asociar la auto-observación con ciertas cosas; por ejemplo, con rutinas (desayunar), sucesos (llamadas) o, preferiblemente, con la aparición de emociones (ira, miedo, etc.).

 

El primer objetivo de toda persona debería ser vivir conscientemente, permanecer consciente el mayor tiempo posible15 siendo testigo de lo que pasa por la conciencia; lo que lleva a preguntarse cuál es la naturaleza de ese testigo (cuestión que se abordará en el punto 15).

 

11. Presencia el presente; vívelo conscientemente, porque no se repetirá.

 

A la conciencia llegan sensaciones -procedentes de los sentidos externos o internos- y emociones; también llegan imágenes “reales” (percepciones) o imaginarias (recuerdos o imaginaciones). Las sensaciones, emociones e imágenes “reales” me permiten presenciar (experimentar) lo que pasa ahora, vivir el presente; no así los recuerdos o imaginaciones: si paso todo un día recordando una experiencia, mi vida ese día será ese recuerdo, y lo que haya pasado “fuera” ese día, para mí no habrá existido; puedo tener una vida larga en años, pero corta, desde una óptica vivencial, si me paso mucho tiempo “viviendo en mi cabeza”.

 

Vivir el presente es vivir conscientemente: solo si soy dueño de mi atención puedo evitar que mi mente se dedique a pensar, imaginar, recordar… y me aísle de lo que pasa en el exterior. Vivir el presente es más fácil si soy consciente de que mi tiempo de vida es limitado y de que el momento actual no se repetirá; de ahí la conocida recomendación de vivir cada momento como si fuera el último, que es una forma de decir que viva el presente, porque es lo único que puedo vivir y si lo empleo en pensar cómo voy a vivir el futuro, pierdo la oportunidad de vivir.

 

La actitud idónea para vivir el presente / vivir conscientemente se trata a continuación.

 

12. Mira tu entorno con inocencia, atenta, tranquila y desinteresadamente.

 

Ser consciente implica mirar al presente tranquila y desinteresadamente, ya que supone que la mente no puede adueñarse de la atención con pensamientos sobre cómo utilizar lo que veo (mirada interesada) o cómo atender mis preocupaciones sin que el presente me distraiga (mirada apresurada). Sin embargo, aunque pudiéramos mantenernos conscientes, nos sería difícil encontrar atractivo un mundo etiquetado (ese mundo que la mente ha etiquetado para utilizar el tiempo “eficientemente”). Por tanto, lo normal es que nos aburriéramos, que nos costase mantener la atención.

 

Para no aburrirnos, para conseguir apreciar la armonía y admirar lo que nos rodea, tendríamos que ser capaces de mirar las cosas como son, sin etiquetas, sin preguntarnos para qué nos sirven ni cómo pueden afectarnos, como hacen los ojos inocentes de un niño cuando ven algo por primera vez; solo la inocencia nos permitirá ver lo que vemos siempre, como si no lo conociéramos; entonces, la curiosidad por conocer y la satisfacción al comprender nos ayudarán a continuar por este camino. Esta mirada atenta y curiosa, tranquila y desinteresada con la que conviene que observe las cosas de mi entorno y, en particular, a las personas que me rodean, es una mirada amorosa, puesto que les doy lo único de lo que soy dueño: mi atención.

 

Por supuesto, lo anterior no quiere decir que una persona, aun manteniéndose consciente, pueda estar siempre en condiciones de admirar la armonía del entorno; a menudo, la vida acarrea situaciones (el fallecimiento de un familiar o la pérdida del trabajo, por ejemplo) cuya aceptación consciente ya es más que meritoria; de esto trata la siguiente recomendación.

 

13. Acepta el presente, afronta el sufrimiento y actúa desde la consciencia.

 

Sufrir es experimentar tristeza, miedo, ira o una combinación de estas emociones, que son causadas por los estímulos correspondientes: pérdidas, amenazas u obstáculos. Aceptar lo placentero es fácil, pero aceptar el inevitable sufrimiento que acarrea la vida puede ser muy difícil. El presente es lo único que realmente existe y debe aceptarse, porque no hay forma de cambiarlo; lo que puedo cambiar es mi actitud respecto a él.

 

Aceptar lo que me trae la vida es, en primer lugar, aceptar el estímuloque desencadena la emoción, sin culpar a otros (o a mí mismo) de lo ocurrido; por ejemplo, sin culpar a mis jefes de mi “injusta” destitución, lo que solo serviría para añadir ira a la tristeza que ese hecho me ha producido. En segundo lugar, hay que afrontar el sufrimiento, lo que significa sentir la emoción (no negarla ni rehuirla) e indagar sobre ella viendo por qué sufro, qué bienes están en juego; averiguarlo puede hacer que mi sufrimiento global disminuya y se haga más selectivo; en el caso del ejemplo, podría darme cuenta de que mi tristeza no la provoca la pérdida de sueldo o de poder sino, básicamente, la pérdida de estatus.

 

Aceptar el presente no significa dejar de actuar, sino dejar de hacerlo reactivamente. Las decisiones que requieran la aplicación de criterios o valores fundamentales16 deben tomarse desde la consciencia (si no, será el ego el que decida); para ello, debe formularse la pregunta esperando una respuesta intuitiva que, necesariamente, será la idónea: la más acorde con mi instinto compasivo (capítulo 14, apartado C). Cuando la decisión requiera una planificación temporal, sin embargo, será necesario recurrir a la razón, que es la competente en cualquier asunto en el que el tiempo sea relevante.

 

14. Compadécete del sufrimiento y de la inconsciencia, e intenta remediarlos.

 

La compasión es la emoción que nos impulsa a ayudar al que sufre; es una emoción “exocéntrica”, que nos mueve en sentido contrario al que nos lleva nuestro ego; este hace que veamos a los demás17 como posibles oportunidades, obstáculos o amenazas. La compasión es desinteresada y une, en lugar de separar, aunque no suele guiar nuestras acciones (a pesar de ser innata) porque los apegos egoicos predominan sobre los instintos compasivos; esto cambia cuando se actúa desde la consciencia, estado en el que esos apegos pierden su influencia; entonces es posible la atención desinteresada; así, la consciencia hace florecer la compasión.

 

Normalmente, la compasión se dirige a remediar situaciones de indigencia o de riesgo grave para la salud y, en general, a mitigar el sufrimiento intenso, aunque sea coyuntural (a calmar al niño que llora desconsolado, por ejemplo). Sin perjuicio de ello y sabiendo que la mayor parte del sufrimiento deriva de la “inconsciencia”, paliarla tendría que ser uno de nuestros principales objetivos compasivos.

 

En todo caso, uno debería empezar compadeciéndose a sí mismo por el sufrimiento gratuito que se inflige mientras “está inconsciente”; además, en estado de inconsciencia es dudoso que se pueda ayudar a otra persona a ser más feliz (más allá de algunas acciones puntuales).

 

La compasión y, en términos más amplios, el amor al prójimo, pueden verse como un estadio intermedio entre la voluntad de “tratar al prójimo como quieres ser tratado” (punto 9) y la “sensación de comunión” (de que uno está unido al prójimo con el que forma parte de un mismo todo), que se tratará a continuación.

 

15. Ama a la vida o a quien creas que la ha creado; busca la fe, si no la tienes.

 

Desde que comienzo a ser consciente, a constatar que no soy “mi cuerpo”, sino que soy el testigo de lo que pasa por mi conciencia, comienzo a preguntarme quién soy yo, quién es ese testigo. La respuesta a esta pregunta tiene una gran importancia.

 

Si creo que soy parte de un Ser del que surgen todas las formas de vida… o que formo parte de una “Consciencia universal” que impulsa la vida para ser consciente de sí misma… o que soy una de las criaturas de Dios -creador de la vida- que no mueren con la muerte… o, en general, si creo que soy parte de un todo transcendente, entonces, seré más feliz y haré más felices a los demás. Seré más feliz porque disminuirá el sufrimiento derivado del apego que siento por mí mismo y por los míos, al minimizarse la importancia del presente e incluso de la propia muerte; y haré más felices a los demás porque me será más fácil ser compasivo: el deseo de poseer y el temor a perder dejan de tener sentido si me siento unido a los demás y, por ello, tiendo a compartir en lugar de competir. Y todo ello, con independencia de que mis creencias sean ciertas o no.

 

La creencia de ser parte de un todo transcendente solo orientará mis actos si tengo verdadera fe en ella; solo una creencia sentida -un “apego espiritual”- tendrá una influencia efectiva sobre mi comportamiento; de ahí, la importancia de las “vivencias espirituales satisfactorias”18, que necesariamente tienen que producirse para que se conformen tales apegos. Por ello, es muy importante buscar este tipo de experiencias, que suelen surgir cuando nos esforzamos por amar y sentirnos unidos a los demás seres vivos o, en su caso, a Dios o la entidad que creamos que los anima o ha creado.

 

C. Consideraciones finales

 

En la introducción a este capítulo se ha explicado que las 15 recomendaciones derivan de un modelo concreto, deducido y explicado en los capítulos anteriores; no son “ideas felices”. Una vez presentadas estas recomendaciones, conviene destacar sus relaciones con dicho modelo, para mejor comprensión de este y de aquellas. Para facilitar la lectura, se incluye a continuación un esquema del modelo en cuestión:

 

Figura 15.4: El modelo del ser consciente

El modelo del ser consciente


Las recomendaciones 1 y 10 utilizan el modelo para ver cómo se puede aprender a conocerse mejor y a ser consciente, a través de la auto-observación y la meditación. Las recomendaciones restantes son “operativas”: tratan de lo que debe hacerse o evitarse para mejorar el control del cuerpo (círculo rojo), del ego y mente del autómata (círculo verde), y para evolucionar hacia el “ser consciente y compasivo” (círculo azul); y todo ello, con el objetivo, implícito y no exclusivo, de minimizar el sufrimiento.

 

Respecto al cuerpo, ego y mente se dan:

 

  1. una recomendación específica para cada uno: cuida tu cuerpo… (2), minimiza tu ego… (3) y controla tu imaginación (tu mente)… (4) y una recomendación común a los tres (5), dirigida a evitar que el aburrimiento o el mimetismo determinen nuestros pensamientos, emociones o acciones.
  2.  

  3. tres recomendaciones para el autómata (el conjunto cuerpo-ego-mente). La primera preconiza afrontar las justas obligaciones (6), la segunda, evitar la búsqueda compulsiva de aprecio (7) y la tercera, no consagrar el presente a pensar en el futuro (8).

 

La recomendación 9, que invita a dar al prójimo un trato justo y comprensivo, representa el tránsito entre las recomendaciones anteriores, centradas en el autómata (inconsciente y egocéntrico), y las que buscan su evolución hacia un ser más consciente y compasivo. Estas últimas pueden agruparse de la siguiente forma:

 

  1. las recomendaciones 11 y 12 muestran la actitud propia de la persona consciente; en esencia, la de experimentar el momento presente con una mirada inocente; la 13 establece la “norma de conducta”: aceptar lo que venga, incluido el sufrimiento, y responder desde la consciencia; y la 14 fija el objetivo (compasivo): paliar el sufrimiento y la inconsciencia propios y ajenos.
  2.  

  3. por último, la recomendación 15 promueve el desarrollo de un apego espiritual, de una creencia “sentida”: la de que formamos parte de un todo trascendente. Si se tiene una fe absoluta en ello, los (demás) apegos desaparecen y los sentimientos compasivos se maximizan, ya que cuidar al prójimo pasa a ser cuidar de mí mismo, si siento que ambos somos uno o que formamos parte de un mismo todo.

 

Es natural que cualquier persona aspire a liberarse de las miserias que derivan de nuestros múltiples apegos; que desee sentirse en paz y gozosa, y en permanente comunión con la vida (o con Dios), aun sabiendo que esto solo llegan a conseguirlo plenamente unos pocos afortunados. Sin embargo, en la búsqueda de la “iluminación” (tanto si esta se produce súbita como paulatinamente) es bueno recordar que es poco probable que encontremos atajos milagrosos. Para progresar en esta búsqueda es conveniente empezar por tratar de dominar nuestra mente y, para ello, es necesario minimizar el ego y cuidar el cuerpo. Así, aunque no consigamos “iluminarnos”, al menos, sufriremos menos y haremos que los demás también sufran menos.

 


1 Incluidas mis capacidades, es decir, incluido “lo que soy”.

2 Al menos, hasta un determinado nivel de desarrollo espiritual.

3 Si tengo miedo a ahogarme, me agarroto y me ahogo, aunque sepa nadar; el miedo me ha matado.

4 Con frecuencia, si lo consigo, disfruto al hacerlo y me mantengo concentrado.

5 Que suele dirigirse contra todo el que se aparta de lo establecido y que tanto temen las personas pendientes de la opinión ajena.

6 No es raro que alguien acabe creyendo y defendiendo criterios que empezó a utilizar solo por quedar bien.

7 A menudo, por ejemplo, las peleas motivadas por la adjudicación o el cumplimiento de una obligación no guardan proporción con el esfuerzo que esta supone; la disputa no es, por tanto, la estrategia idónea.

8 El poder (jerárquico o económico) facilita imponer (transferir) obligaciones y evitar que nos las impongan.

9 Salvo que se prevea que la obligación lleve aparejado un beneficio que compense el esfuerzo a realizar.

10 Uno puede convencerse de que se compra el mejor coche por razones de seguridad, sin darse cuenta de que lo hace para que lo vea el vecino; o puede exagerar inconscientemente el pequeño accidente que tuvo, para que los demás se compadezcan de su mala suerte.

11 Es la necesidad de saber qué hacer (de estar preparado) para afrontar las amenazas y aprovechar las oportunidades que vayan surgiendo.

12 Con frecuencia, esta actitud incluye también la tendencia a minimizar las fuentes de preocupación, es decir, a prescindir de los bienes o relaciones que no me “compensan”.

13 A la vez que tiendo a maximizar mis propias experiencias.

14 No tiene sentido a) que para conocer a mi vecino le investigue por internet y no se me ocurra llamarle o invitarle a café; b) que para encontrar un sitio me oriente a base de ir preguntando, en vez de consultar antes el GPS; c) que dude y “sufra” al tener que decidir entre un producto barato y uno caro pero ecológico.

15 Ello no significa que no sea necesario usar la razón (pensar) ocasionalmente (lo que nos torna “inconscientes”), pero la decisión de hacerlo debería tomarse desde la consciencia y el retorno a la misma debería producirse espontáneamente, como resultado del hábito del auto-recuerdo.

16 Aquellos que condicionan el sentido de mi vida y la naturaleza de mis relaciones con los demás.

17 Excepto a aquellas personas con las que nos identificamos (por las que sentimos afecto).

18 Que pueden ir desde la simple satisfacción sentida tras realizar una buena obra, hasta las más intensas experiencias místicas o religiosas. Cuando una única experiencia produce una transformación radical del comportamiento suele hablarse de “iluminación”.

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