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PARTE 1ª CAPÍTULO 14

DEL AUTÓMATA AL SER CONSCIENTE

 

A. Bases para la ampliación del modelo del autómata

 

El eneagrama del autómata expuesto en los capítulos 10 y 11 es incompleto, ya que no incluye la consciencia (el estado en el que el “espectador” se da cuenta de que lo es y puede ser dueño de su atención) ni el “estado” compasivo / espiritual del ser humano, que se ha abordado en los capítulos 12 y 13. Para poder ampliar el modelo es necesario comprender antes que el eneagrama del autómata es una simplificación de un modelo más complejo (figura 14.1); es a partir de este último que podrá elaborarse uno nuevo que incluya características tales como la consciencia y la “espiritualidad”.

 

Figura 14.1: El (verdadero) modelo del autómata

El (verdadero) modelo del autómata

 

En el eneagrama ”normal”, el triángulo 9-1-8 es un bucle particular (el del “instinto”) dentro de la circunferencia que lo delimita. En el modelo “complejo” de la figura 14.1, ese bucle es un eneagrama en sí mismo, aplicable a un vegetal o a alguien en coma1, por ejemplo; al eneagrama del autómata (en verde) se llega añadiendo a la instintiva (en rojo) una parte emocional y otra mental, y fusionando ciertos elementos de la parte instintiva (para obtener los elementos 1 y 8).

 

B. El modelo del ser consciente

 

A partir del modelo de la figura anterior se ha  extrapolado el “modelo ampliado” de la figura 14.2, al que se denominará el modelo del ser consciente.

 

 

Figura 14.2: El modelo del ser consciente (1)

El modelo del ser consciente


Los seis elementos nuevos de este modelo (en amarillo) surgen como una extensión natural de otros elementos del modelo del autómata. Así, de los programas emocionales surge la compasión, que no es más que un deseo concreto: el de ayudar a los seres que sufren; como cualquier otra emoción, se desencadena a partir de una imagen, real o imaginaria (en este caso, la del sufrimiento ajeno).

 

Desde la memoria egoica, donde reside el apego a nuestros bienes, surge el instinto compasivo, que es el apego espiritual que nos une con los seres humanos y, en general, con la vida y la naturaleza, directamente o a través de Dios u otro ser espiritual (el ”Ser”, la “Consciencia”…).

 

Debe resaltarse la importancia de las experiencias espirituales2 en el desarrollo del instinto compasivo; en el caso del apego a un bien cualquiera, ya se ha explicado (capítulo 3) que la magnitud del vínculo emocional depende de las experiencias satisfactorias que nos ha proporcionado; es lógico pensar, paralelamente, que la magnitud del instinto compasivo dependerá de las experiencias espirituales que se hayan tenido. Considerando que este “instinto” es el motor de la actuación consciente y compasiva (al igual que los otros apegos lo son de la actuación del autómata), la búsqueda de ese tipo de experiencias debería ser algo prioritario para todo aquel que desee ser más libre y evitar sufrimientos innecesarios.

 

La atención consciente es el estado en el que soy dueño de mi atención porque soy el que “miro” lo que pasa por “la pantalla de la conciencia” (sensaciones, emociones e imágenes) y puedo centrarme en uno u otro contenido; cuando no soy consciente, la conciencia no es más que un órgano que coordina y selecciona imágenes (en función de sus cargas), y lo hace de forma mecánica; en el estado de “inconsciencia” no tiene sentido hablar de voluntad o libertad. Un instante de consciencia puede darse en cualquier momento, pero la atención consciente, aunque solo sea temporal, probablemente aparece a medida que se conforma el hábito de recordarse a uno mismo (de decirse “estoy haciendo esto o sintiendo esto otro”).

 

La memoria íntegra es el elemento del modelo ampliado cuyo equivalente es la memoria conceptual. Por esta se entiende el almacén de conceptos con los que etiquetamos el mundo, al cual se accede para encontrar una cierta información, definida por la preocupación del momento; los datos obtenidos dependen de cómo se formula la demanda y de la codificación (etiquetado) de la información disponible. Por memoria íntegra se entiende ese mismo almacén, pero con un sistema de búsqueda (que solo opera cuando estoy consciente) que permite acceder directamente a toda la información existente sobre un tema determinado (sin que opere el “filtro lógico”).

 

Para “reflexionar”, la razón trabaja con la memoria conceptual empleando reglas lógicas. La intuición, por su parte, puede alcanzar conclusiones no justificadas racionalmente, aprovechando la información adicional que le proporciona la memoria íntegra; así, por ejemplo, puedo confiar en una persona recién conocida, sin motivo lógico aparente, por su parecido (subliminal) con alguien de mi confianza.

 

Por último, la intención consciente representa la parte motora de la actuación consciente, ya que sus “propuestas de acción” acaban activando los programas motores, sea directamente o a través de la conciencia; la intención consciente es la verdadera voluntad, el elemento que decide lo que hacer consciente / libremente.

 

C. El funcionamiento del ser humano

 

En relación con el funcionamiento del ser humano, la cuestión fundamental estriba en saber por qué actuamos de forma “automática” o de forma “consciente-compasiva” y cuándo cambiamos de una forma de actuar a otra. En general, permaneceremos más tiempo conscientes cuanto mayor sea nuestro “hábito de la consciencia” (concepto que se explica a continuación) y más intenso sea nuestro instinto compasivo (que es “exocéntrico”) comparado con el resto de los apegos (egocéntricos); son estos últimos los que nos tornan “inconscientes” al desencadenar emociones negativas (miedo, ira…) y estar en el origen de nuestras preocupaciones3.


El “hábito de la consciencia”, básico para permanecer consciente el mayor tiempo posible, es el hábito de observar lo que pasa por la conciencia (es decir, lo que me sucede) sin identificarse con ello. Para adquirirlo es preciso: a) experimentar lo que es el estado de consciencia en el que uno se siente “el observador”; b) entender las ventajas de ese estado como medio para conocernos mejor y paliar nuestro “automatismo”; y c) “practicar la consciencia”, esencialmente, a través de la meditación (apartado D). En todo caso, lo normal es el “hábito de la inconsciencia”: la gran mayoría de la gente permanece inconsciente casi todo el tiempo.


En la figura 14.2, los elementos del autómata (en verde) y los “nuevos elementos” (en azul) están muy diferenciados pero, en realidad, su naturaleza es muy similar4; para subrayar esa similitud, que se explica a continuación, se ha modificado dicha figura, representándose el modelo del ser humano de la siguiente forma: 

 

Figura 14.3: El modelo del ser consciente (2)

El modelo del ser consciente (2)


La naturaleza de la memoria donde están grabados nuestros apegos no varía según estos sean ego o exocéntricos; los programas emocionales reaccionan igual frente al deseo, sea este el de ayudar a alguien o el de utilizarlo en beneficio propio; la conciencia se encarga de seleccionar lo que nos preocupa, sea mecánicamente o conscientemente y sea por motivos egoístas o altruistas; la memoria en la que se guardan los símbolos y sus relaciones es la misma, aunque el acceso a ella pueda estar condicionado por el tipo de atención y motivación; la intuición nos da respuestas teniendo en cuenta toda la información disponible y la razón hace lo mismo, pero limitándose a explotar las relaciones lógicas; y por último, las acciones que se producen al activar los programas motores no cambian por el hecho de ser voluntarias (resultado de una intención consciente) o “automáticas”. Está claro, por todo ello, que la diferencia entre la actuación “automática” y la consciente-compasiva no reside tanto en la distinta naturaleza de los elementos que entran en juego, sino en la forma en que estos se utilizan cuando se es consciente y/o cuando el instinto compasivo / apego espiritual tiene un peso relevante.

 

Los procesos que se desarrollan en el modelo del ser consciente son casi idénticos, en cuanto a su “recorrido”, a los ya explicados al tratar del funcionamiento del autómata (capítulo 10, apartado C), con la única diferencia de que las actividades pueden desarrollarse en la parte automática o en la parte consciente del ser humano (líneas verde y azul, respectivamente, de la figura anterior). Sin embargo, el que el proceso transcurra en una u otra parte tiene importantes consecuencias, como se verá a continuación.

 

La percepción (figura 10.3) consciente aporta más información que la automática; en primer lugar, porque la atención se centra en el presente (no está tan dominada por intereses que la transportan al pasado o futuro); y, en segundo lugar, porque no es selectiva (no está centrada en ver la utilidad de lo que nos rodea). En definitiva, la percepción consciente no utiliza la mirada interesada-apresurada del autómata, lo que nos permite vivir el presente con mayor intensidad.

 

En relación con el proceso de emoción y carga de una imagen (figura 10.4), la única diferencia es que, en el caso de la compasión, la emoción que se desencadena es muy específica: el deseo de ayudar al que sufre (si existe la oportunidad de hacerlo y en la medida que me impulse a ello mi instinto compasivo).

 

En el caso de la actuación consciente-compasiva, el proceso de reflexión y acción voluntaria (figura 10.6) es, de hecho, un proceso de intuición y acción compasiva. El proceso es impulsado por la “preocupación compasiva” y la acción que resulta es, por definición, la acción idónea: la mejor que puede hacerse teniendo en cuenta que la intuición trabaja con la totalidad de la información disponible (memoria íntegra).

 

El equivalente al proceso de conformación de la memoria egoica (figura 10.8) es el de crecimiento y cristalización del instinto compasivo (que es innato). Como cualquier otro apego, el apego espiritual se conforma a partir de experiencias satisfactorias; se entenderán como “experiencias espirituales” las asociadas a estados de consciencia y/o de comunión (de unión con Dios, con la vida…) que proporcionan una emoción positiva (paz, gozo, alegría…); estas vivencias pueden ir desde la experiencia mística de un santo hasta la satisfacción del ateo al realizar una buena obra.

 

El tipo de apego espiritual puede ser muy variable, según las experiencias que lo hayan conformado; cualquier apego espiritual lleva implícito un “amor a la vida”, aunque no es lo mismo identificarse con Dios que con la humanidad, por ejemplo. Un apego espiritual relevante transforma el comportamiento del ser humano porque disminuye la importancia relativa del resto de apegos, lo que no solo impulsa a la compasión, sino que también ayuda al desarrollo de la consciencia. Cuando la transformación es súbita y muy importante suele hablarse de “iluminación”.

 

D. La meditación

 

Por meditación se entienden aquellas prácticas encaminadas a centrar voluntariamente la atención sobre cualquiera de las sensaciones (externas o internas), emociones o imágenes que pasan por la pantalla de la conciencia; toda práctica meditativa tiene en común la búsqueda de un estado de consciencia en el que yo soy dueño de mi atención o, al menos, en el que soy consciente de dónde se centra mi atención (del “foco” de la misma). Meditar significa (intentar) permanecer consciente utilizando a tal fin una técnica determinada.

 

La meditación se puede considerar como un medio para conseguir ciertas sensaciones de paz y tranquilidad o evitar sufrimientos innecesarios, pero es mejor considerarla un fin en sí misma; “irse volviendo consciente” es, justamente, el objetivo de toda persona que se haya preguntado sobre su naturaleza y haya constatado que él no es un autómata (un cuerpo con ego y mente).

 

Un tipo de meditación especialmente importante es el dirigido a la autoconsciencia o recuerdo de uno mismo, cuyo objetivo es ser consciente de que se es consciente; en realidad, se trata de ir alternando el foco de atención entre un contenido de conciencia (los ruidos que percibo, por ejemplo) y la imagen (la “idea”) de estar percibiendo (oyendo el ruido)5; se trata, en definitiva, de percibir que estoy percibiendo.

 

En cualquier caso, si queremos iniciarnos en la meditación, debemos empezar por aquellas técnicas en las que nos resulte más fácil mantener fija la atención6; para ello conviene antes comprender, con algunos ejemplos, en qué tipo de “objetos” podemos centrarla.

 

En primer lugar, podemos enfocarla en alguna sensación externa7 e intentar mantenerla sin atender a otros estímulos; esta práctica es ideal para mejorar la capacidad de concentración. De la misma forma, podemos centrar la atención en nuestras sensaciones internas; una de las prácticas más utilizadas es la concentración en la respiración8; otra práctica, también muy común, es la dirigida a la relajación muscular9; asimismo, es posible concentrarse en las sensaciones que experimentamos al realizar una actividad rutinaria cualquiera10.

 

En segundo lugar, podemos centrar la atención en nuestras emociones y estados emocionales, lo que puede ser difícil, pues son el miedo, la ira o el deseo, precisamente, los que nos tornan “inconscientes”. En cualquier caso, familiarizarse con las sensaciones corporales -sutiles- asociadas a cada emoción es clave para conocer la dinámica de nuestra psiquis; así, por ejemplo, podemos meditar en un momento de ansiedad o de estrés para entender la naturaleza de dicho estado, o evocar, a propósito, una situación embarazosa, para analizar cómo se genera la emoción (qué imágenes la originan) y dónde se percibe en el cuerpo.

 

Por último, podemos centrar la atención en una imagen, real o imaginaria (en mi perro o en el recuerdo del que tuve, por ejemplo). Sin embargo, debe quedar claro que no es posible permanecer consciente mientras se piensa; o bien YO soy dueño de la atención, o lo es la mente; de hecho, uno de los propósitos de la meditación es aprender a “liberarse” de la mente o, mejor dicho, a aquietarla, de forma que no vaya asociando imágenes por su cuenta. Esto no quiere decir que no pueda meditar mientras cuento, recito o canto, porque estas son actividades automatizadas que no requieren atención.

 

La mente y YO no podemos compartir la atención, pero sí alternarla, que es lo que pasa durante la práctica de la meditación cuando, involuntariamente, un pensamiento toma el control y me torna inconsciente por un rato. Sin embargo, esto puede resultar muy útil por dos razones. En primer lugar, porque me permite constatar que soy esclavo de la mente; solo el hecho de comprenderlo ya es un gran avance, pues lo normal es que crea que “yo soy el que piensa”; en realidad, no solo no soy quién piensa (lo es la mente), sino que, además, ni siquiera suelo tener el control de la atención; darme cuenta de esto puede molestarme (por mi falta de autocontrol) y hacer que me esfuerce más por mantenerme consciente.

 

En segundo lugar, porque al recuperar el control de la atención, puedo identificar las causas (imágenes o emociones) que provocaron la inconsciencia y mejorar así el conocimiento de mí mismo. Si soy un meditador experimentado, puedo utilizar la alternancia (el entrar y salir del estado de consciencia) para plantear temas concretos11 y observar las reacciones de mi mente y de mi ego; puedo también introducir (imaginar) “argumentos” que favorezcan dinámicas psíquicas terapéuticas (por ejemplo, imaginar escenas en las que se aplauden mis intervenciones, para vencer mi temor a hablar en público)12.

 

La mayoría de las prácticas de meditación acaban provocando una respiración armoniosa, una relajación muscular, una quietud emocional y un silencio mental; estas condiciones de total relajación, normalmente asociadas a una sensación de paz o placidez, favorecen la consciencia, ya que no queda nada con lo que identificarse, aunque la mente siga intentando pensar. En estas condiciones es posible plantar una semilla en la conciencia para que la intuición la haga fructificar; así, por ejemplo, puedo preguntarme ¿quién soy yo? esperando algún tipo de respuesta reveladora que mejore el conocimiento de mí mismo; o puedo concentrarme en la imagen de Dios13 -si soy creyente- o en la de un ser que sufre, para que mi apego espiritual o instinto compasivo se fortalezca.

 

En cualquier caso, es posible que si se consigue mantener un cierto tiempo la relajación total (y, en especial, el silencio mental), pueda llegar a sentirse la identidad propia como “algo que está presente” mientras todo va pasando “ahí fuera”; como una presencia inmóvil que, simplemente, es, frente al continuo cambio de las formas exteriores (que no forman parte de mi verdadera identidad). Intentar experimentar esa “presencia” es fundamental para que una persona se dé cuenta, al menos, de lo que no es, e incluso pueda llegar a intuir / sentir que “eso que permanece” es la naturaleza común de toda persona (o ser vivo) y, por tanto, que carece de sentido la distinción entre yo, tú o él.

 

Una vez comprendidos los distintos tipos de meditación, la clave está en la práctica; conocemos tan poco nuestro funcionamiento, que meditar es casi como aprender un idioma, que no podemos empezar a hablar hasta que no sabemos lo básico. Existen gran variedad de técnicas que conviene experimentar para ver cuáles se ajustan mejor a nuestras condiciones; pero, en todo caso, deberíamos dar preferencia a las prácticas que nos proporcionen sensaciones agradables (que nos hagan disfrutar de la meditación) o que nos eviten sufrimientos y que, por ello, nos muevan a repetir la experiencia. Conviene “engancharse” a la meditación como si de una (buena) droga se tratara, de forma que espere con ganas “mi rato diario de meditación” o que, por ejemplo, antes de una importante entrevista de trabajo, prefiera meditar a tomar un tranquilizante.



1 Si se le alimenta artificialmente, un paciente en coma puede vivir largo tiempo; los sentidos internos dan información a los programas instintivos, que hacen que los pulmones funcionen, el corazón lata, el riñón filtre… y nuestro cuerpo siga vivo.

2 Tal como se definirán en el apartado C del presente capítulo.

3 Por supuesto, también pueden volvernos inconscientes las sensaciones de dolor, hambre, etc.

4 Desde el punto de vista conceptual y, probablemente, anatomo-fisiológico.

5 Esta alternancia puede originar la sensación de que “las cosas pasan, pero yo permanezco presente” (es decir, de que yo soy el “percibidor”: el espectador de la película que pasa por mi conciencia).

6 Por eso muchas técnicas recomienden cerrar los ojos, estar cómodo (evitando la somnolencia), un entorno silencioso, un trabajo de relajación previo o meditar en horarios fijos.

7 Un ruido, un punto en el techo o el titilar de la llama de una vela.

8 El carácter semivoluntario y cíclico de la respiración facilita mucho la práctica de la meditación. El Vipassana (meditación budista) es, quizá, una de las técnicas más conocidas.

9 Se realiza, por ejemplo, sintiendo (concentrando la atención en) las distintas partes del cuerpo, en un orden determinado, y “soltando” las tensiones detectadas.

10 Tales como caminar o lavarse los dientes, que son hábitos que no requieren reflexión; así, los hábitos motrices pueden convertirse en “hábitos de consciencia” (apartado C).

11 Que pueden ir desde cuestiones filosóficas (la fugacidad de la vida o la ilusión del tiempo, por ejemplo) hasta temas relacionados con mi personalidad o con las preocupaciones del día a día.

12 Lo que es, en el fondo, una práctica de autosugestión (autohipnosis).

13 Se usa el término “contemplación” para la meditación enfocada en Dios u otra entidad espiritual.

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