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PARTE 1ª CAPÍTULO 13

COMPASIÓN, FE Y ARMONÍA.

 

A. Tipos de amor. Compasión.

 

Pueden diferenciarse tres tipos de amor: instintivo, emotivo y compasivo. La definición es prácticamente la misma: lo que nos mueve a obtener, mantener (cuidar), mejorar (ayudar) y disfrutar del “objeto amado”; lo que varía es el objeto.

 

El amor instintivo se dirige hacia nosotros mismos y, en cierta medida, hacia nuestros hijos. Nacemos con un cuerpo (no tenemos que “obtenerlo”) e intentamos conservarlo, mejorarlo y disfrutarlo; lo hacemos instintivamente. El egoísta por excelencia es la persona que “solo se quiere a sí misma”, es decir, en la que el amor instintivo es muy predominante. El amor por los hijos (al menos, inicialmente) también es instintivo. El amor emotivo (que es al que solemos referirnos al hablar de “amor”) se ha tratado en el capítulo 3. Es el amor “adquirido”, el que sentimos por lo que está asociado mentalmente a un recuerdo satisfactorio o una esperanza de satisfacción y puede sentirse por una persona, objeto, afición, idea, etc.; según el caso, se usan términos distintos para expresarlo: afecto, atracción, interés, ilusión… (figura 3.1).

 

Al objeto del amor (instintivo o emotivo) se le denomina bien (los bienes se clasifican en el apartado 3.F) y al vínculo emocional que me une al bien se le llama apego. Tener un bien es poder disfrutarlo; perderlo es dejar de tener ocasión de hacerlo. Por ello, el amor que se siente, no solo por cosas, sino también por personas, suele ser posesivo: quiero cuidarlas, pero también poder disfrutarlas a voluntad, como si fuese su propietario. Como se ha explicado en el capítulo 3, el ciclo de un bien suele ser el siguiente: el bien deseado (una ilusión) pasa a ser (con suerte) un bien disponible (una posesión) y acaba siendo un bien perdido (un recuerdo).

 

El amor compasivo (en adelante, la compasión) es la emoción que nos mueve a cuidar y ayudar al que sufre (al hambriento, doliente, triste, asustado, solitario…); la compasión también puede sentirse por otros seres vivos (animales o plantas) o por la naturaleza en general (la emoción que se siente al ver a un indigente o al observar la devastación de un bonito paisaje son cualitativamente similares). La compasión es, por tanto, una emoción “exocéntrica”, que nos mueve en sentido contrario al que nos lleva tanto el amor instintivo (“egoísta”) que sentimos por nuestro cuerpo, como el amor (emotivo) que nos suscitan otras personas o cosas, que es “interesado” (se siente solo por lo que me ha satisfecho o espero que lo haga). En definitiva, el amor (instintivo o emotivo) surge del apego a mi cuerpo y a otras personas o cosas (que componen mi ego) y hace que me sitúe frente al resto de personas o cosas, a las que percibo como posibles oportunidades, obstáculos o amenazas; por el contrario, la compasión es siempre desinteresada y une en lugar de separar.

 

Si se siente compasión es que existe un vínculo emocional (un apego) que nos une con los seres vivos y la naturaleza. Este apego no es un vínculo “adquirido” (no me compadezco de un perro maltratado por el placer recibido o esperado); en consecuencia, debe ser también instintivo, pero contrapuesto al apego que se siente por uno mismo, ya que la compasión me impulsa a esforzarme por los otros desinteresadamente. De hecho, esta es la emoción en la que se basa la necesidad de integración y amparo, y ha sido introducida por la evolución en nuestros genes buscando la supervivencia de la especie (y de su entorno natural), aunque ayude, indirectamente, a la supervivencia de cada individuo (que disfrutará del derecho de amparo pero, a cambio, tendrá el deber de amparar).

 

Lo anterior no impide que el apego a la vida (en general, no solo a la propia) pueda considerarse como un reflejo de nuestra naturaleza espiritual (si es que esta existe) puesto que, como se ha explicado antes, la evolución puede concebirse como un proceso mecánico (basado en el mecanismo de “prueba y error / acierto”) o como un proceso dirigido (por Dios, la Conciencia, el Ser u otro tipo de entidad espiritual). En cualquier caso, este apego amplía nuestro “campo de sufrimiento”: puedo sufrir por cualquier cosa que sufra (o me parezca que sufra), aunque no mantenga con ella ningún tipo de relación.

 

B. Fe, consciencia y disminución del sufrimiento. Compasión.

 

Las personas religiosas tienen una gran ventaja, respecto a las restantes, en relación con el sufrimiento. Creer que tenemos una naturaleza espiritual, que no muere con el cuerpo, significa que nos preocupa menos la muerte y la de nuestros allegados; creer, por ejemplo, que existe un Dios cuya voluntad conforma los acontecimientos -y amarlo sobre todas las cosas- ayuda a aceptar las desgracias con resignación y a esperar que nos ayude a merecer la felicidad eterna, aunque para ello tengamos que comportarnos caritativamente (esfuerzo que vale la pena, vista la recompensa).

 

Debe tenerse muy en cuenta, sin embargo, que la disminución del sufrimiento solo se produce, realmente, cuando la fe sale del corazón y no solo del intelecto. Un cristiano o un musulmán, por ejemplo, pueden seguir las prácticas litúrgicas de sus religiones, pero su sufrimiento no decaerá ni su conducta se regirá realmente por los principios de sus doctrinas si no han experimentado algún tipo de experiencia místico-religiosa (a través de la oración o como resultado de las “buenas obras”, por ejemplo). Son estas experiencias las que les “convencen” de la existencia de Dios y, por ser gratificantes, concitan el amor por Él, tanto más fuerte cuanto más intensas y repetidas sean.

 

El que alguien sea más o menos religioso (o no lo sea) depende del entorno donde nazca, se eduque y desarrolle; nadie puede elegir una creencia (o no tener ninguna) si es un autómata situado por el azar en un entorno determinado. Sin embargo, todo cambia si se es consciente de que YO no soy mi cuerpo, sino el que observa lo que mi cuerpo proyecta en mi conciencia; entonces, puedo preguntarme cuál es mi verdadera naturaleza y si (como respuesta a esa pregunta) llego a creer y sentir que mi naturaleza es espiritual, viviré más feliz y seré más compasivo. La consciencia y la espiritualidad son condiciones necesarias para la compasión y dicha verdaderas.

 

Supóngase, por ejemplo, que creo en la hipótesis espiritual “unificadora”: que creo que existe y soy parte de una única substancia espiritual (el “espíritu”) que lo impregna / conforma / mueve todo1 (y no solo al ser humano). Si me siento así y me identifico con tal substancia (y en la medida en que lo haga), entonces:

 

  1. Disminuirá el sufrimiento derivado del apego que siento por mi cuerpo, por mis amigos y familiares, por mis cosas… ya que los veré como “el lugar donde moran otras partes de mí mismo” (en distintos estados de consciencia) y sentiré que los avatares evolutivos (incluida nuestra “muerte”) no afectan a nuestra transcendencia.
  2.  

  3. Intentaré siempre favorecer el desarrollo de la consciencia y la espiritualidad (en mí y en todos) para evitar sufrimientos innecesarios; la acción resultante será, por tanto, la acción más compasiva. El deseo de posesión (o de poder) y el temor a perder lo que tengo carecen de sentido cuando yo soy / me siento UNO (el espíritu) y, en consecuencia, no puedo luchar contra nadie (porque no hay otro) para obtener o mantener nada2.
  4.  

La doctrina propia de cada opción espiritual y, en particular, aquello con lo que se identifica el creyente, varía de una opción a otra. En el caso del párrafo anterior, el “creyente” se identifica con el “espíritu” (que lo anima todo); un cristiano, por ejemplo, ama a Dios (fundamentalmente) y al resto de la humanidad. La gran mayoría de las opciones religiosas afirman nuestra transcendencia (de una forma u otra) y predican la compasión. Según lo que se crea, la acción compasiva puede ser más o menos amplia: podemos llegar a identificamos, o no, con un animal, con una planta o con una montaña. En cualquier caso, sea lo que sea con lo que comulguemos3, si nuestra fe es genuina, es decir, si sentimos y nos entregamos a lo que creemos, seremos más felices y compasivos, con independencia de que nuestra “hipótesis espiritual” sea verdadera (si es que se puede hablar de “verdad” en esta materia).

 

C. La experiencia espiritual como fuerza transformadora

 

Lo expuesto en los apartados precedentes puede resumirse de la siguiente forma:

 

  1. Estamos emocionalmente vinculados (apegados) a la vida y la naturaleza y, en particular, a los otros seres humanos. La emoción mediante la que se expresa este vínculo es la compasión, que nos mueve a cuidar y ayudar al “sufriente” de forma desinteresada. Salvo en los casos indicados luego, este apego es muy débil si se compara con los que siento por mí mismo y por “lo mío”; dicho con otras palabras, para la mayoría de la gente la vida y naturaleza4 es un bien poco importante.
  2.  

  3. La mayoría de las religiones5 predican el amor a la vida y naturaleza, directamente (por ejemplo, si nos identificamos con el espíritu que las conforma e impulsa) o indirectamente (por ejemplo, si amamos a Dios y a “todas sus criaturas”); en definitiva, predican la compasión como guía para la acción. Cuando la fe se siente (cuando hay una vinculación emotiva con la vida y naturaleza que las convierte en un bien), entonces, el “creyente” reduce sus sufrimientos y actúa de forma compasiva; pero ello solo ocurre en la medida en que ese bien predomina sobre el resto de bienes (“ama a Dios sobre todas las cosas”) y para eso es necesario haber tenido experiencias místico-religiosas (de una u otra forma, conscientes o no).
  4.  

  5. Solo el azar puede llevar al autómata a profesar una determinada fe y tener ese tipo de experiencias. Sin embargo, a la persona que deja de ser un autómata (aunque sea temporalmente) y se pregunta por su verdadera naturaleza, se le abre la posibilidad de elegir conscientemente una determinada opción espiritual; elegir una (sea cual sea) es muy conveniente -por lo dicho en el párrafo anterior-, pero sabiendo que lo que realmente necesita para transformar las creencias en actitudes (y minimizar su sufrimiento) es disfrutar de experiencias espirituales; buscar ese tipo de experiencias transformadoras debería ser un objetivo fundamental para toda persona “consciente”.

 

Una “experiencia transformadora”, sea cual sea, no es algo especial, de naturaleza poco conocida; es, simplemente, una experiencia o conjunto de experiencias (muy) agradable o desagradable. Si es agradable, la imagen (objeto, causa, situación…) asociada a las experiencias pasa a ser un bien de gran importancia (o un “mal”, en caso contrario). Por eso, para identificarme (apegarme, amar…) a la vida y naturaleza, al “espíritu” que las anima, a Dios, al prójimo o a cualquier otra entidad, material o espiritual, es necesario que esa “entidad” me produzca o haya producido satisfacción, es decir, debo poder disfrutar de ella. En último término, el problema de cómo apegarme o amar a algo tiene, como única solución, la resolución previa de la siguiente cuestión ¿qué hago para comenzar a disfrutar de ese “algo”?, ¿qué hago, por ejemplo, para comenzar a disfrutar de Dios?, ¿o de la vida y naturaleza? Se trata tan solo de comenzar, porque una vez que comience a disfrutar ya no necesitaré esforzarme para repetir la actividad satisfactoria.

 

D. Armonía, paz y “desetiquetado”

 

En otros capítulos se ha visto cómo el cuerpo se tensa cuando se prepara para la acción -se siente deseo, ira, miedo o asco- y se destensa cuando se logra o pierde lo que se quiere -sintiéndose alegría o tristeza-. La tensión corporal sube y baja (a menudo, erráticamente), en función de lo que me pasa y de lo que pienso, pero difícilmente llega a ser nula, aunque sea por poco tiempo, incluso en los periodos en que disfruto de bienestar físico (en los que no se producen tensiones derivadas del hambre, la incomodidad, la fatiga, etc.). Esto se debe, como ya se ha explicado, a que la mente no es capaz de descansar mientras tenga algo de lo que preocuparse (es decir, mientras existan bienes / apegos) y, en este proceso, nuestra imaginación nos causa tensiones (sufrimiento) para evitar futuras (hipotéticas) tensiones.


Sin embargo, en la vida existen (breves) instantes en que nuestras tensiones se reducen al mínimo, en los cuales se experimenta una relajación física y mental asociada a sentimientos de “paz y felicidad”, a una sensación de placidez muy agradable, pero distinta de la alegría o el placer derivados de la distensión. Si uno se analiza introspectivamente, verá que esas sensaciones se producen en los momentos en los que “me siento uno” (me siento en comunión) con una persona (o con Dios, en el caso de un creyente) o con la vida y la naturaleza: por ejemplo, cuando veo un amanecer a la orilla del mar o descanso en un frondoso bosque percibiendo sus ruidos y movimientos; lo que pasa en todas estas experiencias es que siento la armonía de lo que veo y me siento en armonía (resonancia) con lo que veo.

 

La armonía suele definirse como un equilibrio de proporciones o un fluir ordenado, según se predique de algo estático o dinámico; es posible extasiarse frente a un cuadro, cuya belleza deriva de la armonía de sus formas y colores, o emocionarse con una composición musical, por la armonía de sus acordes. Sentirse en armonía con algo significa “fluir en consonancia”, es decir, intuir que formo parte de ese algo y sentir que resueno con las demás partes para mantener el equilibrio dinámico del proceso; la resistencia, la queja, la no aceptación de todo aquello que no se puede cambiar en el día a día de nuestro devenir muestra nuestra falta de sintonía con la vida que nos rodea, nos aleja de las experiencias de paz y nos causa sufrimiento gratuito.

 

Si la contemplación de la armonía en la vida y la naturaleza que nos rodea no solo es posible, sino que da lugar a experiencias “espirituales” muy agradables (de gozo, paz, éxtasis, felicidad…) y si, además (como se ha dicho antes), esas experiencias ayudan a que tanto yo, como los demás (objeto de mi compasión) suframos menos, entonces ¿por qué son tan raras o esporádicas? Una primera explicación es que se necesita ser / estar “consciente” para tener ese tipo de experiencias, lo que no es frecuente; solo si soy consciente de que yo soy el espectador de la película de “mi vida” puedo buscar armonía en lo que transcurre ante mis ojos. Sin embargo, esta explicación no basta, por sí sola, para responder a la pregunta planteada; es obvio que meditar, por ejemplo, no me asegura disfrutar a voluntad de esas experiencias (aunque consiga mantenerme “consciente” bastante tiempo); probablemente, ello se debe a algo que ya se ha estudiado antes: el “etiquetado” de las cosas con las que me relaciono.

 

En el capítulo 7 se ha explicado que mi mente se comporta como si siempre hubiese algún objetivo importante que alcanzar en un futuro próximo o lejano; mientras me dedico a pensar y actuar para lograrlo, lo único que me interesa del presente es mantenerlo todo bajo control y para ello me basta con un superficial conocimiento de mi entorno (el mínimo preciso para detectar amenazas u oportunidades). La mente solo se interesa por los datos necesarios para caracterizar (reconocer) los objetos de su entorno y obtener de ellos el mayor beneficio posible. En definitiva, la mente etiqueta a las personas y cosas con las que se relaciona; su mirada es apresurada e interesada ya que solo se detiene en el presente si ve amenazas u oportunidades; y llega a confundir al objeto con su etiqueta (lo que es muy malo para nuestros conocimientos, pues no se tiene interés en aprender lo que se cree que ya se sabe).

 

Entender el problema no supone que pueda resolverse fácilmente. Si queremos ver la armonía en nuestro entorno y sentirnos en resonancia con él -facilitando así las experiencias espirituales que buscamos- es necesario vivir el ahora, atender a lo que ocurre en el presente en lugar de vivir imaginando lo que puede pasar en el futuro; además, se trata de vivir en el presente para “buscar la armonía” y no para ver cómo puedo controlarlo para obtener beneficios o evitar perjuicios. Todo ello es difícil, como se ha dicho repetidamente, porque nuestros apegos nos tornan “inconscientes” y nos obligan a actuar para conseguir o mantener bienes, impidiéndonos ver las cosas con una mirada exenta de interés. Sin embargo, aunque pudiéramos mantenernos conscientes y observar el presente atenta y desinteresadamente, nos sería imposible encontrar armonía en un mundo etiquetado; para conseguirlo tendríamos que ser capaces de mirar las cosas como son, sin etiquetas, profundizando en su naturaleza y sus interrelaciones, como hacen los ojos inocentes de un niño cuando ven algo por primera vez; solo la inocencia nos permitirá ver lo que vemos siempre como si no lo conociéramos; entonces, la curiosidad por conocer y la satisfacción al comprender nos ayudarán a continuar por este camino.

 

En definitiva, si somos capaces de cambiar nuestro modo de ver el mundo, si podemos cambiar nuestra mirada “inconsciente” y apresurada / interesada por una mirada nueva, consciente e “inocente” / compasiva, entonces podremos:

  1. entender el significado profundo de lo que ocurre y de lo que nos ocurre,
  2. emocionarnos al admirar la belleza de lo que nos rodea y de lo que somos, y
  3. actuar espontáneamente compadeciéndonos del prójimo inconsciente y de todo ser sufriente, incluidos nosotros mismos, alineándonos con el flujo de la vida, en vez de luchar en defensa de nuestro ego.

Esta es la moraleja del presente capítulo.

 

E. Compasión y evolución

 

Un reptil siente amor instintivo por sí mismo y ese es todo el amor que siente (ni siquiera cuida a sus crías); en otras palabras, solo utiliza su energía vital para cuidar de sí mismo (protegerse, alimentarse…). Un animal social puede amar, además de a sí mismo, a sus crías, a algunos de sus congéneres e, incluso, a ciertas cosas (a su refugio, por ejemplo); eso significa que gasta parte de su energía en cuidar a otros individuos u objetos, pero ello no va en su perjuicio; por el contrario, el esfuerzo le es rentable, ya que a cambio recibe la ayuda y colaboración de los demás. Este fenómeno puede denominarse la sinergia del amor: dar al prójimo es beneficioso, no solo porque recibimos la energía ajena cuanto la necesitamos, sino también porque (gracias a la cooperación) usamos nuestra energía con más eficiencia.

 

Aunque el objetivo de la evolución humana no fuera más allá de la supervivencia de la especie, sería muy probable que el amor acabara convirtiéndose en el principio orientador de las acciones individuales, simplemente, por ser el más eficiente; en cualquier sociedad debería aplicarse este principio, aunque solo fuera para alcanzar las cuotas de bienestar más altas y mejor distribuidas. De hecho, la justicia social es un objetivo básico de toda sociedad “civilizada” y, hasta ahora, el progreso humano, con sus altibajos, se dirige inequívocamente en esa dirección; puede decirse, quizás optimistamente, que el reconocimiento de los derechos humanos es resultado de nuestra evolución y es también el catalizador que puede acelerarla, si esos derechos se respetan verdaderamente. La democracia es, por ahora, el mejor sistema político para regular la convivencia de las personas, es decir, para que “fluyan conjuntamente” con la menor fricción posible; pero la fricción existe y es grande, teniendo en cuenta que se lucha por los bienes, aunque la competencia se desarrolle siguiendo reglas acordadas. No cabe duda, sin embargo, de que en un entorno en el que la compasión estuviera generalizada (dentro de un marco organizativo general) surgirían espontáneamente formas de actuación aún mucho más fluidas y eficientes.

 

El hombre no solo es el único animal social racional; es, también, el único con la capacidad de ser consciente de sí mismo y de amar a los demás seres vivos sin que medien relaciones de parentesco, interés o mutua complacencia, es decir, de sentir genuina compasión; por supuesto, esto no quiere decir que la consciencia y la actitud compasiva sean predominantes (en nuestro actual estado de desarrollo), pero abren la puerta a una evolución con un enorme potencial.

 

El ser humano es el organismo vivo más complejo, el más “anti-entrópico”. Pareciera como si la evolución necesitase de esta complejidad para dar un doble salto evolutivo; en primer lugar, para comprender las leyes de la naturaleza, prevenir los acontecimientos (situándolos en un marco temporal), y acumular y facilitar el acceso a la información (gracias a la tecnología); y en segundo lugar (aunque, por ahora, solo de forma limitada) para llegar a ser consciente de sí mismo (pudiendo evitar así las conductas automatizados propias de la “inconsciencia”) y para identificarse con la vida y compadecer a los seres que sufren.

 

Llegados a este punto y pensando en el futuro, cabe preguntarse cuál sería el comportamiento (e, incluso, la naturaleza y los fines) de un colectivo de bastantes miles de millones de personas en el que la mayoría de ellas:

 

  1. fueran conscientes de sí mismas y se consideraran (y consideraran a las otras) como partes de un mismo todo, produciéndose una perfecta comunión entre todas ellas, y
  2.  

  3. compartieran toda la información que generasen y tuvieran acceso (casi) instantáneo a la que necesitasen.
  4.  


1 Por “todo” puede entenderse todo ser vivo o, incluso, todo lo que existe, entendiendo que todo evoluciona, aunque lo haga en un marco temporal mucho más amplio que el de un ser vivo.

2 Si soy el espíritu que impulsa la vida y crea organismos cada vez más complejos como medio para llegar a ser consciente de sí mismo, mi actuación (la de una parte del espíritu, que se ha hecho ya consciente) será siempre la que favorezca u ofrezca menos resistencia a ese “flujo vital”.

3 Exceptuando, obviamente, creencias espirituales aberrantes, en las que puede llegar a promoverse la satisfacción basada en el sufrimiento del prójimo.

4 Entendidas como un “bien general”, que tiene un valor intrínseco, independiente de mis intereses.

5 O “sistemas de creencias” asimilables.

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