Home La obra Los libros Los autores Qué queremos Diálogo Contacto Derechos English
PARTE 1ª CAPÍTULO 12

LIBERTAD, CONSCIENCIA Y ESPÍRITU.

 

A. Introducción

 

En los capítulos anteriores se ha tratado del funcionamiento y mejora del autómata. En el proceso de análisis han surgido cuestiones cuya explicación requeriría ampliar el modelo del autómata; son cuestiones tales como ¿quién soy YO, en realidad?, ¿cómo puedo ser un autómata y tener la certeza de que soy libre?, ¿puede un autómata ser consciente de que lo es? La posibilidad de ampliar el modelo del autómata -para poder responder a este tipo de preguntas- se ha mostrado en la figura 11.3.

 

En el presente capítulo, que es un puente entre el modelo del autómata y el modelo del ser consciente, se resumen temas ya tratados, se plantean en profundidad las cuestiones esbozadas en el párrafo anterior y, en definitiva, se abre la puerta a la posible existencia de una dimensión “espiritual” en el ser humano. Debe tenerse claro, desde el principio, que el término “espiritual” se usa para referirse a un funcionamiento menos mecánico que el del autómata, sin que ello vaya necesariamente ligado a una “esencia inmaterial”, que puede existir o no, pero no es condición necesaria para la coherencia y comprensión del modelo que se presenta en el capítulo 14.

 

B. ¿Automatismo o libertad?

 

Una máquina simple (una sierra circular, por ejemplo) se mueve cuando la pongo en marcha y sigue haciéndolo (mientras disponga de energía) hasta que la detenga o se rompa. Una máquina compleja (un coche, por ejemplo) puede moverse de distintas formas (girar, frenar...) según las órdenes que reciba del conductor; es este el que fija el destino y el que maniobra para hacer que el coche siga el camino escogido.

 

Un autómata (un robot) es una máquina más compleja que un coche; puede ser capaz de “ver” las características de su entorno (aunque sea de forma rudimentaria) y de moverse en función de lo que percibe; por ejemplo, puede detectar un obstáculo (si tiene un detector de proximidad) y detenerse o retroceder; para ello necesita un “cerebro” con un software “conductor”, que interprete la señal del detector y determine cómo debe reaccionar. El clásico robot de Isaac Asimov sería un autómata evolucionado que, además de un software conductor, tendría un software “director” (en el que están inscritas las tres leyes de la robótica) que le marca una dirección u objetivo (el de proteger y servir a las personas). En la cima de la evolución estaría el ser humano, un robot complejo, capaz de aprender, de modificar su software con la experiencia, en cuyo software director están grabadas las “necesidades humanas” (las leyes de la naturaleza humana que gobiernan / impulsan a las personas).

 

Está claro que el ser humano no puede gozar de libertad si es un robot, es decir, una máquina. Cualquier estudiante de física sabe que, si no hay intervención externa, el comportamiento de un objeto en un momento y entorno dados está totalmente determinado por las características del objeto y del entorno en ese momento; el objeto (por complejo que sea) nunca puede “optar libremente” por hacer una cosa u otra. Sin embargo, esto choca frontalmente con nuestra sensación de ser libres, de hacer lo que queremos, de elegir hacer algo tras valorar y rechazar las opciones restantes. ¿Es la libertad una ilusión?

 

Si observo cómo actúo, veré que siempre hago lo que me hace sentir mejor (o menos mal). Busco alimento, me aparto del fuego o huyo del peligro para no sentir hambre, dolor o miedo, pero aguanto la fatiga si tengo que cuidar a mi hijo enfermo o dejo de jugar a algo divertido para ponerme a estudiar. Es una cuestión de balance: como se ha dicho en capítulos anteriores, hago (necesariamente) lo que me permite “descargar” las imágenes que comportan una mayor tensión; es mi ego (mi software director) el que determina la dirección del proceso y mi mente (el software conductor) la que toma el timón y conduce a mi cuerpo por el que cree que es el mejor camino. Al “caminar” surgen nuevas sensaciones y emociones y la dirección a seguir se mantiene o modifica; el proceso sigue indefinidamente. Soy como la lágrima que se desliza por la mejilla: la fuerza que la impulsa es la gravedad (podría decirse que su necesidad es “bajar”, que solo se siente bien bajando) y baja siempre por la mejor ruta, la que presenta menos resistencia (no puede optar entre seguir esa ruta o pasear por otra).

 

Todo lo dicho abona la creencia de que yo no soy libre, pero la argumentación tiene un supuesto oculto que puede no ser cierto, como se verá a continuación.

 

C. El concepto de yo. Esencia y forma.

 

Lo expuesto en el apartado anterior parte de la hipótesis implícita de que yo soy mi cuerpo, el cual incluye mi mente (con base orgánica: un cerebro con memoria y software). Eso es lo que implícitamente cree el que señala su imagen en la foto diciendo “ese soy yo”. Eso es lo que cree la mayoría de las personas no religiosas, en particular, si no han reflexionado sobre el tema (lo que no quiere decir que si lo hacen tengan que cambiar de opinión). En todo caso, si eso es cierto, si yo soy un objeto, carezco de libertad.

 

Antes de continuar conviene aclarar la diferencia entre esencia y forma. Lo esencial de la esencia es la permanencia; lo esencial de la forma es el cambio. Si soy guapo lo seré mañana y pasado; si hoy estoy guapo (forma) puedo no estarlo mañana. El agua puede ser líquida, sólida y gaseosa; una ola es una forma que adopta el agua líquida, pero solo es un concepto y lo que realmente veo es un desnivel móvil en una masa de agua; un muñeco de nieve es la forma que adopta la nieve (o sea, el agua) en un momento dado; tanto la ola como el muñeco pasarán, desaparecerán, pero el agua no. Esta argumentación me permite decir que yo no soy mi cuerpo, si lo defino a través de la imagen (“aspecto”) que tengo de él: mis características varían desde mi nacimiento; no puedo ser una sucesión cronológica de datos, recuerdos o fotografías.

 

Como alternativa a definirme en función de las características de mi cuerpo, yo podría definirme como el cuerpo que ve cómo su propia imagen se mueve en el espacio y cambia con el tiempo. Esta característica sí que es esencial, ya que se mantiene toda la vida. Sería lo mismo que definir la Tierra no como un planeta con determinados continentes y océanos (cambiantes), sino como el tercero de los planetas que giran alrededor del sol (esta propiedad permanece invariable dentro de un amplio marco temporal). Este enfoque, sin embargo, tiene un problema: puedo definir la Tierra así porque yo observo (percibo) que es el tercer planeta; la Tierra es lo observado y yo el observador. Sin embargo, si aplico esta argumentación a mí mismo resulta que soy a la vez “el que se mueve” y “el que observa al que se mueve” (y a todo lo que este ve); yo tendría que ser el observador y lo observado. Es tanto como decir que mi cuerpo filma su entorno y se graba a sí mismo (y, por tanto, se graba grabando) y -además y simultáneamente- observa la película grabada. No cabe aquí discutir los problemas filosóficos que encierra esta posibilidad, pero debe quedar claro que el observador y lo observado son sujetos distintos, aunque estén intrínsecamente relacionados, con independencia de que el primero pueda (o no) “morar” en el segundo (el cuerpo).

 

Por todo ello, si quiero ser preciso y referirme siempre a lo mismo al utilizar el término “YO”, debo asociarlo al observador, ya que si no hay observador el concepto de “observado” carece de sentido. En definitiva, YO soy el observador de las sensaciones, emociones e imágenes que llegan a la conciencia; el que las “experimenta”.El cuerpo (que se mueve, que genera esas sensaciones, emociones e imágenes) no soy yo, aunque pueda parecérmelo.

 

Para continuar profundizando en estos conceptos debe comprenderse bien qué es la conciencia y la conSciencia. En cualquier caso, queda aún por contestar la cuestión básica: ¿sea yo quien sea, soy un objeto material (que, por tanto, carece de libertad)?

 

D. Conciencia y conSciencia

 

En los capítulos precedentes se ha usado el término conciencia para referirse a dos cosas distintas o, mejor dicho, a una misma cosa vista desde distintas perspectivas. Desde un punto de vista “objetivo” o material, la conciencia es el elemento del autómata que selecciona mecánicamente la imagen más cargada (es decir, la “preocupación” más intensa) y se la transmite a la mente para que busque soluciones. Desde un punto de vista subjetivo, la conciencia es la pantalla donde yo (sea yo quién sea) “veo” las sensaciones, emociones e imágenes que proyecta el cuerpo.

 

Cuando me identifico con lo que pasa en mi conciencia no soy consciente de que YO soy el observador (el que estoy mirando): estoy “inconsciente”; mi atención pasa automáticamente de una imagen a otra y soy un espectador pasivo, identificado con el actor de la película (de “mi vida”) que se proyecta en la conciencia. Si me identifico con el actor (que es mi cuerpo con su mente y ego), siento lo que creo que siente el actor y lloro cuando él lo hace; mi atención ha quedado monopolizada y, aun en el caso de que YO tuviera la libertad de dirigirla a una u otra imagen, no podría hacerlo, al quedar mi voluntad anulada por mi inconsciencia. Mientas estoy “inconsciente” (sea YO libre o no) no soy dueño de mi atención y actúo como un autómata.

 

La conSciencia es el estado en el que tengo conciencia de mí mismo (como espectador) y es por ello que puedo controlar mi atención, es decir, que puedo dirigirla intencionalmente a cualquier imagen (al menos, aparentemente). Como se verá a continuación, esta verdad introspectiva puede ser una ilusión. En cualquier caso, conviene evitar pensar en la libertad como en algo que se tiene o no se tiene, en algo blanco o negro, sin grises; es mejor adoptar un enfoque gradual: mientras la gravedad exista, nadie es totalmente libre, pero es mejor poder pasear por la ciudad que estar en arresto domiciliario y aún es peor estar encerrado y maniatado.

 

E. ¿Espíritu o solo materia?

 

Definirme a mí mismo como “el que observa lo que pasa por la conciencia” es definirme a través de lo que hago, pero no me dice de qué estoy hecho. ¿Soy materia? ¿Soy una parte especial de mi cerebro (con un nuevo software) dedicada a mirar lo que hace, siente o piensa el resto de mi cuerpo? Esta es una posibilidad que plantea algunos problemas filosóficos1 y presenta un gran inconveniente: si soy material no soy libre y eso resulta difícil de compatibilizar con el hecho de que, cuando estoy consciente, puedo elegir “voluntariamente” en qué centrar mi atención.

 

Parece claro, como ya se ha dicho, que cuando estoy “inconsciente” no soy libre. A pesar de ello, la persona inconsciente cree que es libre; esta ilusión, profundamente arraigada, está producida por el hecho de que cada vez que alguien se pregunta (o le preguntan) si es libre, pasa a serlo, ya que se torna (momentáneamente) consciente; es como el espectador concentrado en una película al que le preguntan si le gusta el trabajo de los actores, lo que hace que deje (por poco tiempo) de identificarse con ellos y pueda juzgarlos “desde fuera”.

 

Resulta mucho más difícil sostener que una persona que está “consciente” (por ejemplo, cuando está meditando) no es dueña de su atención; en el estado de consciencia, la libertad es una verdad introspectiva. Sin embargo, para que eso pueda ser cierto, la sustancia que constituye mi YO no puede ser material2. Si no soy material, el comportamiento de mi cuerpo en su entorno ya no está determinado por las características de ambos, dado que “YO” intervengo desde fuera3; en tal caso “YO” podría pilotar mi cuerpo al igual que un conductor maneja su vehículo.

 

Es indiferente el nombre que se le dé a la sustancia “no material” que conformaría mi YO si esta hipótesis fuese cierta: puedo decir que soy espíritu o que mi naturaleza es divina, que soy Consciencia, que formo parte de una Consciencia Universal o, simplemente, que soy Energía, que es lo único que existe y lo conforma todo, entendiendo por todo cualquier objeto, incluido mi cuerpo (el cual no sería más que una forma -muy compleja- que adopta temporalmente la Energía).

 

Por supuesto, uno puede no creer en esta hipótesis; sin embargo, descartarla con sonrisa de superioridad por razones científicas es algo petulante y carente de sentido cuando la Física actual nos dice, por ejemplo, que: a) el todo apareció de repente desde la nada (el Big Bang); b) puede haber múltiples dimensiones y universos; c) observar influye sobre lo observado; d) hay cosas que pueden estar en más de un sitio a la vez; e) el universo está constituido mayoritariamente por una energía “oscura” que no se sabe qué es; y f) el vacío no lo está, sino que está lleno de una energía “concentrada” -pero indetectable- cuyas fluctuaciones podrían ser las que originan la materia que conocemos. Tras estudiar muchos años, es posible que uno llegue a entender estas “realidades físicas”; de lo contrario, debe reconocerse que se necesitan grandes dosis de credulidad (o de “fe científica”) para darlas por ciertas.

 

F. ¿Qué es lo que “empuja” a la evolución?

 

¿Por qué evolucionamos como evolucionamos? Para analizarlo, partamos primero de la hipótesis materialista. En ausencia de intervención externa, el ser humano, cien por cien material, sería el resultado de una evolución determinada por las condiciones iniciales del Big Bang. De ser así, no existe motivo alguno por el que se haya evolucionado tal como se ha hecho (y no de otra forma); ha sido pura casualidad, aunque parece mucha suerte que esas condiciones iniciales acaben creando algo tan complejo como un ser humano. Sin embargo, es posible que no sea cuestión de suerte; pueden haber muchos o infinitos universos (cada cual con su Big Bang) y pertenecemos a uno de los pocos en los que han aparecido entes tan complejos como para preguntarse sobre ellos mismos y el universo en el que habitan.

 

Pasemos ahora a la hipótesis espiritualista. Aquí caben diversas alternativas respecto a la “substancia espiritual”: 1) ¿es única o existen distintos tipos (de igual forma que existen distintos tipos de materia)?, 2) ¿lo impregna todo o solo al ser humano? y 3) ¿es inseparable de la materia (y la diferenciamos de esta porque no podemos percibirla) o se trata de algo esencialmente distinto? Sin entrar a discutir cada posibilidad, la que resulta de elegir la primera alternativa de las tres preguntas (una sustancia espiritual única e indiferenciable que lo impregna todo -y no solo al ser humano- y que es inseparable de la materia) presenta dos ventajas fundamentales: es la más sencilla de las posibilidades (navaja de Ockham) y acaba con la dualidad materia / espíritu.

 

Un muñeco de nieve es nieve con forma de muñeco (de un objeto); el muñeco durará unos días, la nieve puede durar más, pero al final se licuará, el líquido irá al mar, luego se evaporará… y el ciclo se repetirá; en ese ciclo, lo único que permanece es el agua, cuya molécula tampoco es eterna, ni lo son sus átomos, ni las partículas subatómicas, etc.; así, no resulta absurdo creer que existe una única energía básica (el “Ser”) que lo constituye todo; el ser humano sería una de las más complejas formas que adopta, capaz de percibirse a sí mismo y a las otras. Esta hipótesis podría denominarse la hipótesis “unificadora”, ya que acaba con el dualismo (el Ser conforma la materia, pero no es material, en el sentido que usualmente se da a ese término).

 

De ser cierta esta o cualquier otra de las hipótesis espiritualistas, debería admitirse la posibilidad de que la evolución tuviera un motivo, un sentido determinado por el Ser; por ejemplo, el Ser podría querer llegar a ser consciente de sí mismo, a percibirse a sí mismo, a ver sus “movimientos”; así, las formas (y las formas dentro de las formas) que el Ser iría adoptando serían de complejidad creciente hasta llegar al ser humano, el cual, a su vez, tendría un sentido, el de “observar”, de ser consciente, de ser “el ojo del Ser” que puede ver las distintas formas que este adopta.

 

Uno puede creer en cualquiera de las posibilidades mencionadas o en ninguna. No dejan de ser puras especulaciones cuya veracidad o falsedad es ahora (y, a lo peor, por siempre) indemostrable. Sin embargo, parece sensato creer que el ser humano tiene ciertas necesidades espirituales (que se examinan a continuación), con independencia de si son una treta de la evolución para facilitar el desarrollo de la especie o son un reflejo de la naturaleza “espiritual” del ser humano.

 

G. Las necesidades espirituales

 

Cuando nace un pájaro enseguida necesita mover las alas para luego poder volar; esa necesidad deriva de su naturaleza. De igual forma, si el ser humano tiene naturaleza espiritual, es lógico que tenga necesidades acordes con esa naturaleza, que le lleven a sentirse y comportarse conforme a lo que es. Sin embargo, el ser humano podría tener necesidades espirituales, aunque su naturaleza fuese material; ello se debe a que, gracias a sus conocimientos, las personas saben que tienen que morir e incluso pueden pensar que son autómatas cuya vida carece de sentido; por eso, la evolución podría habernos introducido las necesidades espirituales como un antidepresivo, para evitar argumentos del tipo ¿para qué voy a esforzarme, a sufrir, si tengo que morir?

 

La mayoría de las religiones más extendidas coinciden en tres cosas: en que la naturaleza del ser humano no es material (o no es solo material), en que uno no muere (o no muere definitivamente) con la muerte de su cuerpo y en que la vida debe vivirse respetando siempre unas “leyes morales” en las que la paz y el amor suelen ocupar un papel destacado. Paralelamente, la mayoría de los no creyentes, a pesar de serlo, desean creer que son libres (no autómatas), no quieren morir y creen en una moralidad natural, opuesta a la “ley de la selva”, que oriente las conductas; en definitiva, tienen las mismas o parecidas necesidades espirituales que los creyentes.

 

La primera de estas necesidades es la necesidad de espiritualidad; esta necesidad lleva a algunos a creer que somos parte o poseemos algún tipo de entidad espiritual (un alma, por ejemplo) pero, probablemente, lo que todos realmente necesitamos es creer que somos libres y responsables de nuestro destino (con ciertos límites), que nuestras acciones voluntarias determinan nuestro futuro, es decir, que no somos simples autómatas.

 

La necesidad de transcendencia es la segunda necesidad espiritual; las religiones prometen (aunque condicionalmente) la vida eterna, el paraíso, el nirvana (tras sucesivas reencarnaciones), etc.; lo que uno espera, lo que necesita creer es que su existencia no es temporal (o, al menos, que no acaba con la muerte de su cuerpo), que su vida tiene un sentido que transciende la muerte. Esta necesidad está íntimamente relacionada con la anterior (la de espiritualidad): si se cree que no solo soy materia, sino que tengo alma, resulta fácil creer que el alma sobrevive al cuerpo, lo que resulta muy atractivo teniendo en cuenta el miedo instintivo que se tiene a la muerte. Podría decirse que ambas necesidades (espiritualidad y transcendencia) son dos aspectos o dimensiones de una misma necesidad.

 

Por último, la tercera necesidad es la necesidad de comunión; el respeto y el amor al prójimo, a los seres vivientes y a la naturaleza, está en el corazón de casi todas las religiones; esta necesidad nos mueve a identificarnos, a sentirnos unidos (en comunión) con todo lo que vive y con lo que posibilita la vida y, por tanto, a dejar de ser egocéntricos. La emoción (el gozo, la “alegría plácida”) que sentimos al percibir la belleza y armonía de la vida y la naturaleza es característica de esta necesidad.

 

Finalmente, a cuento de todo lo anterior, considérese la siguiente anécdota: un psiquiatra da un medicamento a un paciente, diciéndole que es algo nuevo y este mejora; un familiar le pregunta si el medicamento es un placebo, ya que ningún otro médico lo conoce; el psiquiatra responde que no importa si el medicamento es “verdadero”, sino si es efectivo; no importa que el gato sea blanco o negro mientras cace ratones (Deng Xiaoping). Con las necesidades espirituales pasa otro tanto; si se las deja expresarse, si se atienden sin combatirlas con prejuicios mentales4, seremos más felices. No importa si son una treta de la evolución o reflejan nuestra verdadera naturaleza. Si creemos que somos libres y que no estamos condenados a obrar de una determinada forma, si admitimos la posibilidad de que la vida tenga un sentido que transciende a la muerte y, sobre todo, si nos identificamos con la vida, entonces, en primer lugar, viviremos más felices esta vida y luego, a lo mejor, nos toca la lotería y nuestra existencia no acaba con la de nuestro cuerpo.

 


1 Problemas planteados por preguntas como la de ¿quién observa al observador para calificarlo como tal?

2 No puede tratarse de una sustancia sujeta a las mismas leyes que las que gobiernan la materia / energía que constituyen mi cuerpo y su entorno.

3 Podría ser material pero, en tal caso, tendría que estar fuera del cuerpo (para manejarlo desde el exterior) y, además, ser invisible, lo que resulta absurdo.

4 Poder opinar con propiedad y emitir juicios fundados (equivocados o no) sobre temas tales como “espíritu y materia”, “mente y cerebro”, “conciencia y consciencia” o “libertad o determinismo” requiere una voluntad de reflexionar y unos conocimientos básicos de Filosofía, Física, Biología… que no abundan demasiado. Lo habitual, desgraciadamente, es el prejuicio: un juicio que, en el fondo, no está basado en razones, sino en emociones.

COMENTARIOS
NUEVO COMENTARIO
Nombre
Email    
Comentario
Acceso Privado