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PARTE 1ª CAPÍTULO 11

LA MEJORA DEL AUTÓMATA.

A.- El eneagrama de las capacidades. B.- La mejora de nuestras capacidades. C.- La mejora de la “inconsciencia”.

 

A. El eneagrama de las capacidades

 

Cada elemento del eneagrama puede asociarse a una capacidad1 (que puede estar más o menos desarrollada o dañada, según nuestra genética, edad e historia):

 

Figura 11.1: El eneagrama de las capacidades

El eneagrama de  las capacidades

 

Aunque la figura anterior se explica por sí misma (teniendo en cuenta lo expuesto en el capítulo anterior), resulta conveniente efectuar algunas precisiones:

 

  1. La relación entre la intensidad del estímulo que reciben los sentidos y la de la correspondiente sensación depende de la sensibilidad del sentido afectado.
  2.  

  3. Cuanto mayor sea la emotividad, mayor será la respuesta de los programas emocionales frente al mismo estímulo (por ejemplo, más fácil será que llore).
  4.  

  5. Como se ha explicado en un capítulo anterior, los bienes grabados en nuestra memoria egoica conforman nuestro ego, es decir, nuestra identidad.
  6.  

  7. La conciencia selecciona la “preocupación” más intensa y la transmite a la mente para que busque soluciones; en este sentido, la conciencia dice a la mente lo que quiere, manifestando así su voluntad. En realidad, este proceso es mecánico y, como se verá más tarde, en ausencia de conSciencia, la voluntad es una ilusión.
  8.  

  9. La memoria conceptual es el “almacén de conceptos” que nos permite etiquetar y “entender” lo que nos rodea. Los conocimientos pueden ser generales (cultura) o especializados.
  10.  

  11. El trabajo de la razón depende de la cantidad y calidad de los conceptos disponibles. La inteligencia es la capacidad de asociarlos (pensar) eficazmente, con el fin de satisfacer “la voluntad de la conciencia”.
  12.  

  13. Por habilidades debe entenderse, con carácter general, la (mayor o menor) capacidad de los programas motores para “conducir nuestro cuerpo”, es decir, para gestionar las actividades automatizadas y voluntarias.
  14.  

  15. Como instintos se entienden los programas que regulan la actividad refleja, tanto innata como adquirida (los “gustos”). Los hábitos alimenticios, sexuales, de reposo... condicionan nuestra voluntad y, a menudo, nuestra salud.
  16.  

  17. El estado del cuerpo (nuestra salud, fortaleza, belleza…) depende de nuestra genética y edad, y del trato que se le haya dado teniendo en cuenta, en particular, los hábitos que hayamos adquirido, sean positivos (el deporte, por ejemplo), o negativos (sobrealimentación, drogadicciones, molicie, etc.).

 

B. La mejora de nuestras capacidades

 

Mejorar el autómata supone mejorar sus capacidades y, sobre todo, evitar o corregir su uso incorrecto, es decir, los “vicios” propios de cada elemento:

 

  1. Elemento 8: los (malos) hábitos instintivos (las adicciones),
  2. Elemento 7: los malos hábitos motores,
  3. Elemento 6: los vicios del razonamiento (los reflejos mentales),
  4. Elemento 5: los conocimientos (conceptos) erróneos o insuficientes,
  5. Elemento 4: la “inconsciencia”,
  6. Elemento 3: los apegos excesivos (las llagas emocionales),
  7. Elemento 2: el exceso o defecto de emotividad,
  8. Elemento 1: el exceso o defecto de sensibilidad.

 

Cualquiera de estos vicios repercute sobre el cuerpo (elemento 9); pueden perjudicar la salud originando una pérdida temporal o definitiva de nuestras capacidades, con el consiguiente sufrimiento; en todo caso, perjudican nuestra vitalidad, entendida como la capacidad de “fluir con la vida” actuando de la forma idónea para vivir cada momento con la máxima satisfacción posible o, al menos, sin sufrimiento innecesario.

 

No se pretende dar recetas para solucionar cada uno de los citados “vicios”, los cuales, en cualquier caso, no pueden estudiarse por separado. Es fundamental, sin embargo, comprender las partes del autómata que más influyen sobre su conducta y, por tanto, que más conviene mejorar; se trata, en concreto, del bucle del instinto, de los reflejos mentales y llagas emocionales, y de la conciencia (a la que se dedica el apartado C).

 

En el bucle del instinto (9➙1➙8➙9…) y, en particular, en nuestro cuerpo, es donde reside la “inercia” o, dicho en términos psicológicos, la resistencia al esfuerzo (la pereza). Tendemos a mantenernos en reposo o haciendo algo sensorialmente agradable (o, al menos, no desagradable); el cuerpo se opone al cambio salvo que otra sensación (generada dentro del propio bucle), como el dolor o el hambre, lo impulse a moverse. Esta inercia es muy importante porque supone una resistencia a actuar “con vistas al mañana”, a esforzarse en el presente en busca de una recompensa futura. Si el cuerpo está a disgusto (incómodo, hambriento…) se empeñará en que centremos nuestra atención en contentarlo; si por el contrario, está a gusto, no querrá que le molestemos o le ordenemos hacer cosas que le disgusten.

 

Minimizar la inercia del cuerpo es siempre conveniente y es imprescindible cuando nuestro cuerpo o nuestros hábitos instintivos condicionan mucho nuestras conductas. Nuestro cuerpo no debería constituir, por sí mismo, un obstáculo para la acción, más allá de los impedimentos que puedan aparecer con la edad o con dolencias coyunturales; no solo es conveniente mantener un cuerpo mínimamente saludable, sino que deberíamos desarrollar buenos hábitos y evitar o luchar contra los malos en materias tales como la alimentación, la higiene, el ejercicio y reposo, etc. Todo ello, no (solo) por cuestiones ergonómicas (“me canso al andar”), estéticas (“lo gordo no está de moda”) o morales (“las drogas son malas”), sino por una razón de mayor importancia: si quiero mejorar el funcionamiento del autómata, mejor evitar que este se mueva teniendo que arrastrar su cuerpo como un peso muerto.

 

Si nuestro cuerpo no impone su voluntad, intentará hacerlo nuestra “psiquis” (nuestra mente trabajando con nuestro ego). En este bucle (3➙4➙5➙6➙3…), los principales vicios son las llagas emocionales: apegos desmesurados que hacen que vivamos queriendo o evitando cosas por motivos inconscientes habitualmente ligados a traumas infantiles; y los reflejos mentales, que sesgan los razonamientos y condicionan las estrategias que utilizamos. En el capítulo 8 se ha visto cómo la combinación de los reflejos y las llagas caracteriza nuestra personalidad que, cuanto más fuerte es (cuanto más acusadas son nuestras compulsiones), más determina (y hace “anómalo”) nuestro comportamiento.

 

Anteriormente ya se ha dicho lo difícil que resulta neutralizar nuestras compulsiones. En primer lugar, hay que conocerlas; quizás -para empezar- la manera más fácil de hacerlo es situarnos en el “eneagrama de las personalidades” e intentar reconocer nuestro tipo, utilizando la amplia información que existe al respecto; si sospechamos cuál es, podremos identificar el reflejo y la llaga que, probablemente, condicionan nuestra personalidad. A partir de ese momento, debemos observarnos.

 

Confirmar que tenemos un cierto reflejo mental no tendría que ser difícil, incluso, aunque no sospechemos cuál es; por ejemplo, si pertenezco al grupo de los individualistas, me será relativamente fácil constatar mi tendencia a “apañarme solo”. Menos fácil puede ser reconocer mi llaga ya que, como se ha explicado (capítulo 5, apartado H), mi conducta puede ser opuesta a la que cabría esperar de mi tipo de llaga; por ejemplo, aunque tenga la llaga del temor, puedo sentirme capaz de afrontar los problemas que se presenten, sin darme cuenta de cuán compulsiva es mi necesidad de prevenirlos y de informarme de los posibles peligros del entorno.

 

En todo caso, lo verdaderamente difícil es neutralizar nuestras compulsiones, aunque las conozcamos bien. Estas compulsiones son grabaciones (huellas profundas) en la memoria. Supóngase que se es individualista porque de pequeño las relaciones con los demás comportaron sufrimiento; es inútil decirse a uno mismo que, por lo general, es mejor colaborar con los otros que apañarse solo, ya que este argumento lógico no contrarresta el temor a establecer relaciones; de igual forma, si alguien tiene la llaga del temor, por ejemplo, por haber pasado hambre de niño, de poco servirá decirle que debería estar tranquilo porque tiene un trabajo bueno y estable; continuará oteando el horizonte continuamente, en busca de hipotéticas amenazas.

 

Los efectos de una grabación solo pueden modificarse mediante “grabaciones compensatorias”, es decir, si nuevas experiencias contrarrestan los efectos de las experiencias que nos causaron la compulsión, reequilibrándonos emocionalmente. En esencia, existen dos métodos para hacerlo.

 

El primer método puede ser traumático y exige esfuerzo; se trata de hacer o ponerse en la situación que nuestros reflejos / llagas desearían evitar y de repetir la experiencia sucesivas veces, intentando acostumbrarnos a ella, para que vaya desapareciendo poco a poco el desagrado que nos genera; por ejemplo, se trataría de relacionarnos si fuéramos individualistas o de arriesgarnos si tuviéramos la llaga del temor; este método puede ser contraproducente, si no se aplica con pausa y prudencia (si mi hijo teme al agua y lo tiro cada día a la piscina puede aprender a nadar y perder el miedo, pero también puede ahogarse). Se trata, en esencia, de “afrontar nuestros miedos”.

 

Con el segundo método se intenta hacer lo mismo, pero imaginariamente (me imagino que estoy en las situaciones “preocupantes” y que las supero e, incluso, que me proporcionan placer); como para que esto sea efectivo, nuestra mente debe tomar las imágenes por reales, deberán utilizarse técnicas de (auto)sugestión próximas a la (auto)hipnosis2. Se trata de aprovechar el poder de la “imaginación positiva”.

 

Por último, cabe la posibilidad de intentar atacar nuestras compulsiones desde el estado de “conSciencia” del que se hablará a continuación.

 

C. La mejora de la “inconsciencia”

 

Aparentemente, la conciencia es el elemento menos mejorable del autómata ya que, en esencia, es como un embudo que en cada momento solo deja pasar (hacia la mente) la imagen más cargada3 (más preocupante); yo no puedo “enseñar” a la conciencia a dar prioridad a otras imágenes menos cargadas, de la misma forma que no puedo enseñar a una ladera a intervenir en el movimiento de las piedras que caen por ella, para variar el orden de llegada.

 

Esto solo es cierto mientras el funcionamiento del autómata es mecánico, que es lo que pasa (usando la analogía presentada en el capítulo 9) si el espectador que ve en su conciencia la película de su vida se identifica con el cuerpo del protagonista4, es decir, si el espectador no es consciente de que lo es. Mientras permanezca “inconsciente”, el espectador no es dueño de su atención (que se centra siempre en la imagen más cargada) ni tiene “intenciones” (la única intención posible es la de descargarla); por tanto, carece de libertad y voluntad, aunque crea que las tiene5.

 

Cerrando los ojos, uno puede darse cuenta, por introspección, de que es capaz de observar lo que pasa por su conciencia y fijar la atención en un contenido u otro (en un cierto ruido, o en una sensación de picor en su mano, por ejemplo). En ese instante deja de ser “inconsciente” y, al hacerlo, cambia (o puede cambiar) “desde fuera” la conducta del autómata; por ejemplo, si se concentra en algo determinado, el tránsito de imágenes queda interrumpido y el comportamiento se modifica (mientras ha permanecido “concentrado” podrían haberle venido a la cabeza imágenes que le hubieran suscitado ira o recordado que tenía que salir a comprar pan).

 

Como saben los que meditan, no es fácil permanecer consciente, “enterado” del flujo de sensaciones-emociones-imágenes que pasa por la conciencia; nos “dormimos” con facilidad y olvidamos que somos el espectador. Sin embargo, la conSciencia es el estado y la única vía para mejorar realmente al autómata haciendo que deje de serlo o que lo sea menos; pero, en la práctica, esto resulta imposible mientras nos dominen nuestros vicios instintivos (“adicciones”), emocionales (“llagas”) y mentales (“reflejos”), porque son estos los que nos impiden permanecer conscientes.

 

Cuando uno está conSciente, la analogía del espectador deja de ser adecuada, ya que es un espectador consciente de que lo es (no identificado con el protagonista); es un espectador que ve “desde fuera” la película que va produciendo su cuerpo y que es capaz, porque puede controlar su atención, de variar el guión de la película. Por eso, para describir qué hago YO cuando estoy “en el estado de conSciencia”, es una analogía mejor que la del espectador verse a sí mismo como el que es capaz de conducir el autómata (un cuerpo con mente y ego) al que se halla intrínsecamente ligado; verse como el que puede (tele)dirigir al autómata, guiándose por la información que este le envía sobre su entorno y sobre su propio cuerpo. En la siguiente figura se muestra un fotograma de la película que pasa por nuestra conciencia al ir en moto:

 

Figura 11.2: Fotograma en la conciencia


Si el motero está inconsciente simplemente “va en moto”; ve lo que se muestra en el fotograma anterior y a lo mejor disfruta del paisaje o de la velocidad, o bien va enfrascado en sus pensamientos; en todo caso, la secuencia de lo que ve, hace, siente y piensa está absolutamente determinada: es un autómata. Sin embargo, si el motero está consciente, la cosa cambia; va en moto, se percibe a sí mismo yendo en moto y puede elegir en qué centrar su atención; así, dentro de unos ciertos límites (mejor que no aparte mucho la mirada de la carretera), va “produciendo” lo que ve en su conciencia; en la práctica, ve en la conciencia lo mismo que vería desde su casa, en la pantalla de una consola, si desde esta se manejase a un motero-robot que nos remitiera las imágenes que van grabando los ojos. En todo caso, si YO soy el conductor del autómata, se plantean dos preguntas, que se intentarán responder más adelante: ¿Dónde quiero llevar al autómata? y ¿soy YO una parte (o fenómeno emergente) del autómata (como la mente o el ego) o soy algo de distinta naturaleza?

 

Si se analiza lo expuesto en este capítulo y los precedentes, pareciera como si el ser humano dispusiera, al menos, de tres “niveles de actuación o control” superpuestos. El primero sería el más rápido, reactivo, automatizado e inconsciente y se correspondería con el denominado “bucle del instinto”: el triángulo 9➙1➙8 del eneagrama mostrado en la figura 11.1. El segundo nivel (que es el correspondiente a esa figura) sería menos rápido y automatizado; en él se actuaría de forma preventiva (más que reactiva), gracias al trabajo del ego y la mente, y aparecería la ilusión de consciencia y libertad, aunque seguiría actuándose como un autómata. Sólo en el tercer nivel, que se analizará en los próximos capítulos, se alcanzaría realmente un cierto grado de consciencia y libertad. En la figura siguiente se esquematizan esos “niveles”:

 

Figura 11.3: Niveles de consciencia

Niveles de consciencia


1 Entendida como una característica que posibilita, facilita o incita a actuar de una determinada forma.

2 Con las dificultades que ello conlleva teniendo en cuenta, en particular, lo delicado de las estructuras psicológicas afectadas.

3 El que esté más o menos cargada depende de otros elementos del autómata.

4 El cuerpo es, además, el que filma la película.

5 Las razones de esta “ilusión” se explicarán más tarde.

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