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PARTE 1ª CAPÍTULO 10

EL MODELO DEL AUTÓMATA.

 

A. Introducción y diagramas básicos

 

Para explicar cómo funciona el autómata se usará el eneagrama, de gran utilidad para representar las relaciones entre los tres subsistemas básicos de los seres vivos y otros sistemas asimilables: a) el director: el que “quiere” y manda fijando objetivos; b) el conductor: el que piensa qué hacer para alcanzarlos; y c) el ejecutor: el que hace, el que se mueve obedeciendo al conductor para satisfacer al director. En el caso del hombre (el autómata), a estos tres subsistemas se les ha venido llamando ego, mente y cuerpo. Los nueve elementos del autómata (representados en el eneagrama) surgen porque cada subsistema consta de un elemento característico (una “CPU”) y elementos de “entrada y salida” que, además de actuar como interfases (véase la figura 9.5), tienen funciones específicas que determinan sus interrelaciones.

 

En este capítulo se analizan los elementos del autómata y los principales procesos que caracterizan su funcionamiento: las emociones, la reflexión, las acciones voluntarias y automatizadas, etc. Para ello se usan diagramas específicos y los dos “eneagramas de referencia” (figuras 10.1 y 10.2) en los se muestran los elementos del autómata y sus interrelaciones.

 

Los nueve elementos son los siguientes: 1) Los sentidos (externos e internos), 2) Los programas emocionales, 3) La memoria egoica, 4) La conciencia, 5) La memoria conceptual, 6) La razón, 7) Los programas motores, 8) Los programas instintivos, y 9) El “cuerpo”.

 

 

Figura 10.1: Los elementos del autómata y sus interrelaciones (1)

Autómata eneagrama


Figura 10.2: Los elementos del autómata y sus interrelaciones (2)

Autómata eneagrama

 

B. Los nueve elementos del autómata

 

Mediante los sentidos internos y externos (elemento 1) obtenemos información sobre nuestro cuerpo y entorno1. Los visceroceptores nos informan sobre nuestras vísceras y los propioceptores sobre las posiciones, tensiones y movimientos del cuerpo (sensaciones cinestésicas). Los sentidos externos nos permiten ver, oír, oler, saborear y tener tacto2, lo que nos posibilita conocer el mundo que nos rodea.

 

La relación entre las sensaciones cinestésicas y las “externas” (en particular, las visuales y táctiles) nos permite “actuar” en el mundo; al movernos (o mover los ojos para explorarlo), a la vez que sentimos nuestros movimientos, percibimos cambios en lo que vemos, constatando que aquellos son la causa de estos; paralelamente, cuando el cambio percibido no se relaciona con nuestros movimientos, comprendemos que es el entorno el que cambia. Los conceptos de espacio (ocupado por objetos que veo y toco) y tiempo (o velocidad) derivan, básicamente, de la relación entre las sensaciones visuales, táctiles y cinestésicas. Los sentidos, además de informarnos sobre el cuerpo y su entorno, actúan como “promotores de reflejos”, instintivos3 o condicionados.


Los programas instintivos (elemento 8) son activados por las señales emitidas por los sentidos y por las instrucciones recibidas desde otros programas de mayor jerarquía: los emocionales y los motores, que se analizarán más adelante. Se encargan de dar al cuerpo las órdenes necesarias para la realización de los movimientos y las actividades fisiológicas; las órdenes se transmiten por vía nerviosa o química (hormonal). Esencialmente, estos programas gestionan las actividades motoras reflejas y las vegetativas (las del sistema nervioso autónomo), así como la transmisión de las órdenes de realización de movimientos voluntarios.

 

Los elementos 1 a 8 representan, en su conjunto, al sistema nervioso (y endocrino); el resto del organismo (el “cuerpo”: elemento 9) cambia y se mueve a las órdenes de los programas instintivos. Los movimientos, tensiones y cambios fisiológicos del cuerpo son captados por los sentidos internos; a su vez, las señales generadas por estos (y por los sentidos externos) pueden activar los programas instintivos, conformando así lo que cabe llamar “el bucle del instinto” (1➙8➙9➙1…), básico para el mantenimiento de la homeostasis.

 

El cuerpo es el único que se mueve, que “hace”, que se relaciona con un entorno a veces agresivo del que debe obtener lo necesario para sustentarse y reproducirse. En este sentido, cabe decir que el objetivo de los otros 8 elementos es facilitar que el cuerpo haga lo mejor posible para la supervivencia individual y de la especie.

 

Con el objetivo de provocar determinados cambios corporales, los programas emocionales (elemento 2) dan a los programas instintivos4 distintos tipos de órdenes. La función esencial de estos programas -y, de ahí, su nombre- es la de desencadenar emociones motrices (miedo, asco, deseo e ira) o emociones de incentivación (alegría y tristeza); en realidad, lo que hacen es preparar al cuerpo, mediante ciertos cambios fisiológicos (el aumento del ritmo cardiaco o respiratorio, por ejemplo), para que realice determinadas acciones (huir o atacar) o para que se relaje, cuando la acción ya no es necesaria; solo más tarde, cuando los sentidos internos detecten los cambios y los transmitan a la conciencia en un contexto determinado, las correspondientes sensaciones se percibirán como emociones.

 

La activación de estos programas ocurre cuando llega desde la conciencia un estímulo emocional, que siempre es una imagen5. Son estímulos emocionales las pérdidas o ganancias de un bien, las amenazas, las oportunidades y los obstáculos, que dan lugar, respectivamente, a la tristeza o alegría, el miedo o asco, el deseo y la ira.

 

Los programas emocionales desempeñan también un papel fundamental en la constitución de la memoria egoica; las sensaciones y emociones agradables o desagradables transmitidas desde esos programas modulan la memorización de las “imágenes de nuestra vida”, como se verá a continuación.

 

La memoria egoica (elemento 3) es, en esencia, el elemento que define nuestra identidad, nuestro “ego”. Es una memoria autobiográfica en la que los recuerdos de las personas, objetos, actividades o situaciones están asociados a las sensaciones o emociones que nos provocaron en su momento; así, en función de nuestras vivencias, se van definiendo paulatinamente los bienes a los que estamos apegados, por la satisfacción que nos han producido o por el sufrimiento que nos han evitado. Estos apegos determinan la importancia relativa que damos a la salud, belleza, inteligencia, dinero, amistad o fama, por ejemplo.


Básicamente, lo que hace la memoria egoica es valorar emocionalmente las imágenes que le llegan desde la mente, en la medida en que estén relacionadas con algún bien. La valoración se produce cuando la imagen es la de a) un bien6; b) una amenaza (posibilidad de perder un bien), una oportunidad (posibilidad de ganarlo) o un obstáculo (dificultad para defenderlo o conseguirlo), o c) una pérdida o ganancia de un bien (ya esperada, u ocurrida por sorpresa).

 

Respecto a estas últimas debe recordarse que una ganancia esperada y finalmente frustrada es emocionalmente valorada como una pérdida y que una pérdida esperada y finalmente evitada es valorada como una ganancia7. Es por ello que la valoración de lo ocurrido en el presente depende, en parte, de mis expectativas8; puede pasar que llegue a considerar desagradable tener que hacer algo agradable, simplemente, porque esperaba hacer otra actividad aún más agradable.

 

A la conciencia (elemento 4) llegan las imágenes valoradas por la memoria egoica las cuales, según su naturaleza y el resultado de la valoración, desencadenan emociones, de la forma que se explicará seguidamente. Asimismo, a la conciencia llegan también sensaciones desagradables (dolor, hambre…) o agradables (placer) que concitan nuestra atención y que suelen acabar originando emociones; por ejemplo, el hambre suscita la imagen de la comida y, con ella, el deseo de encontrarla; un dolor de muelas puede provocarme miedo (si imagino que persistirá) o deseo (de un calmante); y mi ira puede dirigirse hacia quien me moleste mientras realizo una actividad placentera.

 

Las emociones se generan de la siguiente forma: las amenazas, oportunidades, obstáculos, pérdidas o ganancias que tienen la suficiente “intensidad” (tras su valoración por la memoria egoica) se convierten en estímulos que activan los programas emocionales y los cambios corporales provocados por estos se perciben en la conciencia como emociones. Las emociones motrices están intrínsecamente asociadas a tensiones y las emociones de incentivación a distensiones. La “tensión” puede entenderse como la integración de las sensaciones provocadas por los cambios fisiológicos que preparan para el movimiento y por las tensiones musculares que lo anticipan9; la “distensión”, por su parte, integra la relajación muscular y la vegetativa10.

 

El trabajo de la conciencia puede visualizarse considerando que una imagen “tensionante” es una imagen que lleva una carga emocional que la conciencia quiere descargar o, mejor dicho, que envía a la mente para que esta vea qué puede hacerse para descargarla; la carga refleja la “preocupación” asociada a la imagen. Estoy tenso / preocupado, por ejemplo, si temo perder mi empleo, necesito encontrar uno nuevo o se me trata injustamente; pero también puedo estarlo por cosas más simples: porque llego tarde a un sitio, por ejemplo. Es la conciencia la que determina cual es la imagen que está más cargada en cada momento. Todo este proceso es mecánico (al menos, mientras yo no sea consciente de que soy el “espectador”: véase el capítulo 9) 11.

 

Los estímulos emocionales se producen cuando percibo que un bien está en juego o que lo he perdido o ganado. Es fundamental conocer también lo que ocurre cuando la imagen de un bien que no está en juego llega a la conciencia (por ejemplo, cuando la madre mira a su hijo pequeño mientras juega); en este caso, el bien concita nuestra atención hasta que la mente descarta la existencia de amenazas12 o, dicho de otra manera, “le damos vueltas a la cabeza hasta quedarnos tranquilos” (la madre está preocupada hasta ver que su hijo no puede hacerse daño). Así, todo bien, por serlo, nos tensiona y desencadena un proceso de vigilancia (de búsqueda de amenazas / oportunidades) que suele producirnos un sufrimiento innecesario.

 

En la memoria conceptual (elemento 5) se almacenan símbolos y relaciones. Los símbolos se conforman (por abstracción) a partir de la experiencia: la realidad se trocea y codifica definiéndose objetos (mesa, dinero, María, Barcelona…), propiedades (blanco, grande, bueno…) y actividades (comer, amanecer, girar…)13; la codificación es más o menos precisa según la información contenida en su respectiva etiqueta; los objetos no tienen por qué ser solo “visuales”; también pueden ser sonoros (un ladrido), táctiles (un roce), etc. Las relaciones entre símbolos también se establecen a partir de nuestras experiencias: en la memoria quedan relacionados los símbolos que se presentan asociados en nuestro día a día, con independencia del motivo por el que ocurra: mesa-silla, amigos-juerga, playa-sol, noche-dormir, París-Torre Eiffel...

 

La primera de las funciones de la memoria conceptual es la de reconocer nuestro entorno (y a nosotros mismos) al convertir en símbolos las sensaciones que se originan cuando los sentidos son estimulados (transformando la “mancha marrón y negra” que veo en “mi perro”); esta codificación o etiquetado constituye la esencia del proceso de percepción; de especial importancia es el reconocimiento de las palabras (habladas o escritas), ya que la atribución de significado a estas es condición necesaria para la comunicación y el razonamiento.

 

La segunda de las funciones de la memoria conceptual es la de asociar imágenes; las imágenes entrantes se asocian con otras (generadas a partir de las relaciones memorizadas), que se envían a la razón o directamente a los programas motores. Esto último pasa cuando se realizan actividades automatizadas: no necesito pensar para pasear, pedalear o leer, por ejemplo; de hecho, actividades relativamente complejas están automatizadas: recitar o rezar “de memoria”, cantar, esquiar...

 

La remisión de información (de imágenes) desde la memoria conceptual a la razón forma parte del proceso de reflexión que se verá posteriormente. A menudo, en el marco de este proceso, la memoria conceptual califica al objeto o actividad cuya imagen le llega desde conciencia en función de su relación con un bien determinado; puede calificarla como una pérdida, ganancia, amenaza, oportunidad u obstáculo porque en el pasado se revelaron como tales, sin perjuicio de que la razón modifique o precise posteriormente ese primer “diagnóstico”.

 

La razón (elemento 6) trabaja para encontrar soluciones a las preocupaciones (imágenes con carga emocional) que surgen de la conciencia y para ello cuenta con la información que le proporciona la memoria conceptual y con un software lógico-semántico. Una solución es una “decisión de acción” (por ejemplo, si siento hambre, la de ir a comer al restaurante); tomada la decisión, la razón la transmite a los programas motores mediante una imagen que los estimula (la imagen de mí mismo ya comiendo en el restaurante), iniciándose así la acción que acabará con mi “preocupación” (en este caso, con el hambre). Sin embargo, muchas de las decisiones que tome no podrán ser ejecutadas de inmediato (los bancos no están abiertos cuando yo quiera) y, por ello, la planificación14 es una función básica de la razón.

 

Con frecuencia, la razón no tiene soluciones directas para los problemas que se le plantean; entonces tiene que “pensar”, iniciándose el proceso de reflexión que se explicará posteriormente. Si, por ejemplo, la “preocupación” es la de adquirir una vivienda, la razón tendrá que decidir / deducir y ordenar en el tiempo todas las actividades (“movimientos”) necesarias para conseguir ese objetivo, integrando en una única planificación dichas actividades y las correspondientes a otros objetivos (trabajar, comer, etc.). El trabajo de la razón respecto a una preocupación acaba cuando el problema se soluciona o desaparece por sí solo, o cuando aceptamos que es irresoluble, sea de forma paulatina (por ejemplo, a medida que pierdo la esperanza de un ascenso) o repentina (como ocurre con la muerte de un familiar).

 

Aunque la razón sea un software lógico-semántico, debe incluir o tener a su disposición una (pequeña) memoria donde se almacenen temporalmente (aunque sea por poco tiempo y en cantidad limitada) las imágenes con las que puede operar. De lo contrario, la razón solo podría trabajar “en línea” (con una sola imagen), lo que haría difícil su labor (impidiendo, por ejemplo, la comparación); esta es la memoria que me permite, por ejemplo, cruzarme con un conocido sin reconocerlo (por estar pensando en otras cosas), pero hacerlo “segundos después” y volver atrás para saludarlo.

 

Los programas motores (elemento 7) transforman las señales “entrantes” en órdenes de ejecución de movimientos voluntarios (conscientes), si las imágenes (normalmente visuales) provienen de la razón, o automatizados (inconscientes), si las señales (normalmente, visuales o cinestésicas) proceden directamente de la memoria conceptual. En el caso de los movimientos voluntarios, los programas motores, estimulados por las “decisiones motrices” tomadas por la razón, planifican los movimientos necesarios visualizándolos previamente y dando, a continuación, las órdenes necesarias para la ejecución de cada movimiento.

 

En el caso de los movimientos automatizados (cuyo inicio siempre es voluntario) no existe la fase de planificación; los estímulos provenientes de la memoria conceptual hacen que los programas motores ordenen la ejecución de cada componente del movimiento automatizado; por ejemplo, de un saque de tenis que, aunque no lo parezca, es un movimiento complejo con múltiples componentes. Por razones obvias, dentro de este tipo de programas destacan, en particular, los que permiten el habla y la escritura los cuales, partiendo de símbolos (palabras), producen complejas órdenes motrices dirigidas al aparato fonador y a los brazos-manos.

 

Los movimientos se perciben gracias a las sensaciones cinestésicas que estos originan y, complementariamente, al detectar los cambios externos que conllevan (al moverme, cambia la percepción del entorno). Sin embargo, los programas motores pueden dar órdenes cuyo objetivo sea moverse para percibir (en particular, al mover los ojos hacia algún lugar) con lo que la percepción pasa a ser el motivo del movimiento y no su consecuencia.

 

Cuando el movimiento se realiza para examinar voluntariamente un cierto espacio suele hablarse de exploración; y de vigilancia cuando se realiza para identificar con rapidez los cambios del entorno (cuando se mira hacia el origen de un ruido o un destello, por ejemplo).

 

C. Los principales procesos del autómata

 

Algunos de los procesos que caracterizan el funcionamiento del autómata se describen a continuación; en concreto, se detallan:

 

  1. La percepción, que me permite reconocer a mi perro al ver “esa mancha marrón”.
  2.  

  3. La génesis de la emoción y la carga de las imágenes; por ejemplo, la reacción (de miedo) que se desencadena al ver al perro que me mordió, que hace que me preocupe e intente evitar que se repita.
  4.  

  5. Los movimientos automatizados (caminar o leer, por ejemplo).
  6.  

  7. La reflexión y la acción voluntaria: el proceso por el cual decido comprarme una moto tras valorar si lo que espero disfrutarla compensa lo que pago por ella.
  8.  

  9. La vigilancia (o exploración), provocada por la imagen de un bien en juego; por ejemplo, lo que hace la madre para cerciorarse de que su hijo se divierte sin peligro.
  10.  

  11. La conformación de la memoria egoica: el proceso por el que acabo sintiendo afecto por la mascota con la que juego.
  12.  

 

La percepción es el proceso por el cual estímulos internos o externos acaban siendo “reconocidos” (en la conciencia) como objetos (sucesos, actividades…), es decir, son conceptualmente etiquetados (identificados con símbolos más o menos abstractos):

 

Figura 10.3: La percepción

 

Debe destacarse que la imagen finalmente percibida no solo habrá sido calificada conceptualmente, sino también, si procede, emocionalmente; por ejemplo: mancha negra y ruidosa = el perro del vecino; valoración emocional = peligroso, molesto…

 

El proceso por el cual se suscitan las emociones y se “cargan” las imágenes se muestra en la siguiente figura:


Figura 10.4: La génesis de la emoción y la carga de las imágenes


El proceso de descarga es muy similar (pero contrario) al de carga de una imagen, que acaba de explicarse; en el caso de la descarga, los estímulos emocionales son las pérdidas o ganancias y las emociones correspondientes son la tristeza o la alegría, asociadas a la distensión (a través del lloro o la risa, por ejemplo). Con la descarga finaliza el proceso iniciado por las emociones motrices, que me hacen pensar y moverme para eliminar la carga de la imagen que las provoca. Por ejemplo, el miedo “carga” la imagen del perro agresivo; entonces, pienso dónde esconderme y si lo consigo, siento el alivio (alegría) asociado a la descarga de la imagen.

 

El proceso de percepción acaba con una imagen en la conciencia que puede, desde allí, desencadenar una emoción; la repetición encadenada, voluntaria y continuada de estos dos procesos es la base de muchos entretenimientos, cuyo objetivo es el de “emocionarnos”. Así, al ver una película e identificarnos con el protagonista sentimos diversas emociones y esta actividad emocional no requiere de una actividad física (más allá de mover los ojos) ni mental. Lo mismo pasa cuando jugamos a la ruleta, pero en este caso, el tipo de emociones que se suscitan es muy específico: el deseo de ganar y el miedo a perder nos llenan de adrenalina y están en la base de cualquier actividad lúdica; para sentir esas emociones somos capaces de desarrollar intensas actividades físicas (como los alpinistas) o mentales (como los jugadores de póker).

 

Existen tres tipos de movimiento: instintivo (reflejos innatos), automatizado (reflejos adquiridos) y voluntario, que es el que requiere atención, monopolizando la actividad de la conciencia; es obvio que no podríamos vivir sin los movimientos instintivos (sin que el corazón latiese, los pulmones “respirasen”…), pero los automatizados (caminar, conducir…) son también totalmente necesarios y merecen el trabajo que nos costó aprenderlos; es difícil imaginar el tiempo que llevaría redactar este capítulo, si tuvieran que visualizarse, antes de hacerlos, los movimientos de manos y dedos necesarios para escribir. El “proceso” de los movimientos automatizados se muestra a continuación:


Figura 10.5: Los movimientos automatizados


El inicio de toda acción voluntaria es una “decisión favorable” de la razón que se produce, automáticamente, cuando esta imagina / visualiza la posibilidad de hacer algo para descargar una imagen. Mientras ello no ocurra, la mente irá “dando vueltas” (reflexión) siguiendo el bucle que se muestra a continuación:

 

Figura 10.6: La reflexión y la acción voluntaria


En la realidad no existen “acciones voluntarias” tan simples como la mostrada en la figura; incluso una acción sencilla, como la de enhebrar una aguja, supone múltiples movimientos encadenados. Cualquier acción, aunque no sea compleja (por ejemplo, comer algo) se compone de distintas actividades, tanto voluntarias como automatizadas (ir a la cocina, coger comida, prepararla, masticar….) y cada una de ellas incluye diversos movimientos. En cualquier día de nuestra vida se dan con profusión (combinándose y complementándose) todos los procesos descritos (percepción, emoción, reflexión, acciones reflejas, automatizadas y voluntarias…). Si las vías que conectan los diversos elementos del autómata se iluminasen al circular por ellas una señal, el eneagrama sería un continuo destello.

 

Entre las acciones voluntarias debe resaltarse una que es muy importante, porque en torno a ella se organiza la actuación del autómata. Se trata de la actividad de vigilancia, que se produce cuando la imagen de un bien (o mal) ocupa nuestra conciencia, lo que ocurre con frecuencia, ya que todo bien tiende a captar la atención. Vigilamos un bien para ver si necesita protección o ayuda15 y, de ser así, para ver cómo hacerlo; la vigilancia suele dar paso al proceso de carga de una imagen y desencadenar así el de reflexión / acción ya descrito: si al vigilar vemos, por ejemplo, una amenaza, sentimos miedo e inmediatamente pensamos en huir o escondernos y lo hacemos si podemos. En la figura siguiente se presenta de forma esquemática el proceso de la vigilancia:

 

Figura 10.7: La vigilancia


Por último, conviene analizar cómo aprende el autómata. El aprendizaje es un proceso que varía según lo que se va a almacenar / recordar; depende de si se memorizan procedimientos16 o datos17. Por su importancia, a continuación se presenta el proceso (de aprendizaje) de conformación de la memoria egoica (el ego) que está básicamente constituida por las experiencias (datos autobiográficos) que determinan nuestros apegos.

 

Figura 10.8: La conformación de la memoria egoica

 

D. El eneagrama biológico

 

El modelo que se ha presentado en este capítulo, que considera al autómata como un sistema que actúa gracias a la interrelación existente entre tres subsistemas (director, conductor y ejecutor), se ha desarrollado atendiendo a consideraciones basadas en la lógica y la introspección, aunque se utilicen también conceptos elementales de fisiología, propios de la cultura general. Parece probable, sin embargo, que los elementos del autómata y sus interrelaciones tengan unos ciertos correlatos a nivel anatomofisiológico pero, en todo caso, su búsqueda no se encuentra entre los objetivos del presente ensayo; en cualquier caso -y desde la osadía del profano- en la figura siguiente se presentan algunas posibilidades a este respecto, con el único e “inocente” objetivo de incitar a la investigación en esta materia.

 

Figura 10.9: El eneagrama biológico



1 En este capítulo volverá a usarse el concepto “clásico” de sensación (capítulo 2), entendiéndose por tal la señal que llega a la conciencia procedente de los sentidos, tanto si concita nuestra atención, como si no lo hace. Las sensaciones agradables o desagradables (dolor, hambre, placer...), a las que en los capítulos anteriores se llamaba simplemente “sensaciones”, se considerarán como un tipo particular de sensación.

2 En la epidermis se encuentran receptores diversos, sensibles a la presión, la vibración, la temperatura y el dolor (nociceptores).

3 Respuestas automáticas e involuntarias que regulan la autodefensa y el funcionamiento del organismo; incluyen desde movimientos simples, como el de apartar la mano del fuego o parpadear frente a una molestia ocular, hasta los que regulan la respiración, circulación, sudoración o equilibrio, por ejemplo.

4 Estos programas intervienen, por ejemplo, en la regulación del proceso de alimentación y, por tanto, en la generación de las sensaciones de hambre y saciedad.

5 Con una única excepción: los “sustos”, en los que la emoción es provocada por un estímulo externo súbito.

6 O la de un mal: véase el apartado C del capítulo 4.

7 El “alivio” que se siente al evitar una pérdida es una forma de alegría.

8 La valoración emocional de una obligación sobrevenida (por ejemplo, la de recibir a un familiar que nos anuncia su llegada) no solo depende de la naturaleza de la obligación (por ejemplo, de mi simpatía por ese familiar), sino también de lo agradable o desagradable que sea la actividad que dejo de poder hacer.

9 Posteriormente se explicará cómo la visualización de los movimientos precede a su ejecución.

10 Como relajación vegetativa se entiende el predominio del sistema parasimpático sobre el simpático. 

11 Por ello, puesto que para el autómata la conciencia es un centro de gestión que ordena las respuestas en función de las señales entrantes, debería llamársele (por analogía con el nombre dado a otros elementos) “programas de priorización” o algo similar. Se la ha denominado “conciencia” porque, además, es la pantalla en la que YO veo / experimento las imágenes y sensaciones.

12 O de oportunidades de mejorarlo o incrementarlo.

13 Esta es una forma muy simplificada de clasificar los símbolos. Lo normal es que el símbolo de un objeto se componga de otros símbolos (la silla tiene “patas”), se le atribuyan propiedades diversas (el asiento es una superficie “plana”) y, a menudo, se defina como tal por su uso o utilidad (sirve para sentarse). Por su parte, las actividades representan, en esencia, movimientos de / entre objetos (correr, crecer, adelantar…) o variaciones de las propiedades de un objeto (oscurecer, enfermar, envejecer…).

14 La planificación supone situar las decisiones en un marco temporal. El concepto de tiempo es necesario para el entendimiento y la racionalización.

15 Y “vigilamos” un mal para ver cómo podemos perjudicarlo o, al menos, evitar que nos perjudique.

16 Como es el caso de los programas motores, emocionales o lógico-semánticos (los que utiliza la razón).

17 Que es el caso de la memoria egoica o de la memoria conceptual.

COMENTARIOS
21/05/2015
Bernis
He disfrutado cada capitulo. En este ultimo punto en particular (d). creo que los chkra hablan de... (más)
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