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PARTE 1ª CAPÍTULO 1

LAS NECESIDADES HUMANAS

 

A. Concepto de necesidad humana. 1 + 9 necesidades.

 

Una necesidad humana es algo que todo ser humano se siente forzado a tener, por imperativo de su naturaleza; es algo genérico que quiere obtener, mantener o incrementar compulsivamente; necesitamos bienestar, seguridad, conocimientos... Una necesidad lo es porque si no se satisface, se siente una sensación o emoción desagradable y, al satisfacerse, suele sentirse una sensación o emoción agradable. Es algo subjetivo, ya que depende de lo que se siente; sin embargo, todo ser humano, por serlo, tiene las mismas necesidades básicas, aunque varíe su intensidad relativa.

 

La evolución ha ido inscribiendo en nuestros genes necesidades útiles para la supervivencia y desarrollo de la especie, o sea, para el desarrollo y reproducción de sus miembros, en beneficio del colectivo. Las sensaciones y emociones que sustentan estas necesidades se han desarrollado con ese objetivo.

 

A continuación se describen las 1 + 9 necesidades humanas fundamentales.

 

La primera, innata y más fundamental de las necesidades es la de BIENESTAR, la de acabar con lo molesto (dolor, sed, hambre…) y disfrutar de lo placentero1. Definirla y denominarla así es una forma subjetiva, pero sencilla e intuitiva, de referirse a la necesidad de supervivencia (física y genética) que se sustenta en sensaciones (las que se presentan en el capítulo 2 de este documento); las nueve necesidades restantes se sustentan en emociones y no en sensaciones. La necesidad de supervivencia supone la necesidad de cuidarnos (de alimentarnos y velar por nuestra integridad física) y reproducirnos. Las sensaciones son el primer “truco” que utiliza la evolución para obligarnos a hacerlo; si no sintiéramos hambre o dolor, no comeríamos ni dejaríamos de correr al sufrir una lesión; cualquier animal moriría, si las sensaciones no le forzaran a cuidarse.

 

Es claro que la supervivencia no es algo cuya búsqueda se produzca solo en el reino animal; obviamente, la evolución también se ha encargado de que las plantas se alimenten y reproduzcan2. Lo que en esencia distingue a un animal de un vegetal es la movilidad y, en particular, la capacidad del animal de desplazarse “libremente”; por otra parte, el afecto entre miembros de una misma especie, en el que se basa la familia y la vida social, es una característica propia de los mamíferos; finalmente, el razonamiento es una característica específicamente humana. Por todo ello, el ser humano puede definirse como un animal social racional y las necesidades que se describen a continuación (sustentadas en emociones) son las que lo caracterizan como tal. En último término, estas necesidades son las mejoras concatenadas y sucesivas que ha ido introduciendo la evolución en la genética de las especies para mejorar sus posibilidades de supervivencia a partir de la experiencia del bienestar.

 

 B. Las necesidades “reptilescas” (comunes a todo animal)

 

La necesidad primaria de un animal, por serlo, es la de moverse; su supervivencia depende de su movilidad, de la posibilidad de ir hacia los alimentos y huir de los peligros; salvo en sociedades avanzadas, los animales con graves problemas de movilidad mueren y muchos de los problemas de la vejez lo son porque afectan a nuestra capacidad de movernos, de valernos por nosotros mismos. Para satisfacer esta necesidad no basta con disponer de unas capacidades que permitan el movimiento; es preciso, además, que este sea realmente posible, es decir, que no existan obstáculos que lo impidan o limiten excesivamente: una persona encerrada se siente mal, aunque pueda moverse por su prisión. Lo que existe, por tanto, es una necesidad de movilidad y libertad, de poder moverse y de hacerlo como o adonde se quiera, en búsqueda de la supervivencia / el bienestar. La ira es la emoción básica que nos mueve a eliminar los obstáculos que nos impiden “hacer” (movernos); el bebé coge una rabieta si le quitan lo que quiere y todos tenemos la tentación de golpear a quién nos sujeta contra nuestra voluntad.

 

Para que un animal pueda moverse, debe ser capaz de saber (ver, oír, oler…) lo que ocurre en su entorno y percibir / reconocer obstáculos, amenazas u oportunidades; la necesidad de percepción y exploración es la que mueve al gato “curioso” a mantenerse siempre alerta y vigilante. El bebé gira la cabeza cuando oye un ruido y presta atención; siente curiosidad; pronto podrá reconocer objetos y calificarlos como buenos o malos según se asocien a recuerdos agradables o desagradables; la aparición de un objeto “bueno” constituirá una oportunidad y la de uno “malo” una amenaza. A diferencia de una planta, un animal no solo reacciona de forma refleja frente a estímulos externos, sino que se desplaza para buscar oportunidades y evitar amenazas, lo que es una gran ventaja evolutiva. El conocimiento de lo que ocurre en el entorno es condición necesaria para la voluntariedad de la acción; si aparto el brazo al picarme una avispa efectúo un movimiento reflejo; para evitar que me pique tendré antes que haberla identificado como avispa y calificado como amenaza.

 

Esta necesidad me impulsa a saber lo que ocurre aquí y ahora, lo que me puede afectar de inmediato; otras necesidades, que se tratarán luego, me mueven a saber lo que ocurre allá, ha ocurrido antes o puede ocurrir después y el porqué de todo ello.

 

Poder moverse no asegura a un animal alimento o protección (puede que no encuentre comida o que él sea la comida de otro animal más fuerte); es por ello que los animales sienten la necesidad de tener (poseer) un “territorio”, un espacio con recursos en el que puedan alimentarse y descansar sin correr peligro; necesitan, en definitiva, seguridad física y material: disponer de los medios necesarios para protegerse y sustentarse3. En un entorno primitivo con recursos limitados en el que rija la ley de la selva4, la seguridad física y material está ligada a la fortaleza, agilidad, habilidad… y, en las especies que tienen capacidades emotivas y cognitivas, también a la simpatía, la astucia, etc.5 En conjunto, estas cualidades determinan el poder del que disfruta el animal, el cual determina su “riqueza”; por ello, en último término, la necesidad de seguridad física y material es una necesidad de poder (de poder obtener de otros lo que quiero y de poder evitar que me quiten lo que ya tengo). El deseo de obtener, el miedo a perder y la ira frente a lo que me impide lograrlo / evitarlo son las emociones básicas que sustentan esta necesidad.

 

Es muy difícil, sin embargo, que un solo individuo pueda disfrutar de seguridad en un entorno hostil y competitivo; por ello, esta necesidad6 nos mueve, a veces, a aliarnos o integrarnos en colectivos capaces de obtener y mantener un “territorio”, y de cedernos una parte como premio a nuestra contribución a la lucha.

 

C. Las necesidades “grupales” (propias de los mamíferos)

 

Un reptil, al nacer, ya es capaz de moverse y reconocer las amenazas y oportunidades que surgen a su alrededor; la cría de un mamífero no lo es y tardará un cierto tiempo en serlo, dependiendo de la especie; hasta entonces, necesitará que la cuiden, necesitará estar integrada en una familia o grupo capaz de prestarle la atención que requiere su indefensión. Esta necesidad de amparo e integración se sustenta en la compasión que suscita el desvalido y, en particular, en la ternura que se siente por los críos. Instintivamente, el bebé llora (si quiere algo) para conmover a sus padres; el adulto no llorará, pero se quejará buscando la comprensión del prójimo y, con ella, su aceptación y compasión. La queja es una demanda (emocional) implícita de amparo que suele argumentarse aduciendo que nuestra situación es culpa de otros, o de la mala suerte, pero no de nuestra incapacidad.

 

En el ámbito colectivo, el amparo toma la forma de solidaridad y garantiza una cierta seguridad: un miembro del colectivo, por serlo, tiene derecho a recibir cierto amparo, si lo necesita7. La necesidad de amparo e integración es la primera de las cuatro necesidades “sociales”, comunes a los mamíferos, que impulsan la agrupación, que puede ir desde la formación de familias, hasta la de sociedades avanzadas.

 

Un grupo lo es si sus miembros se relacionan, si se comunican intercambiando información de una forma u otra. Por eso, la necesidad de información y comunicación es propia del “animal social” y en el ser humano se satisface mucho mejor que en cualquier otra especie gracias al lenguaje (hablado y escrito) y, actualmente, a las tecnologías de información y comunicación. Mediante la información que así obtiene (inicialmente, de padres y profesores), el niño aprende mucho más y más rápidamente de lo que haría si se limitase a observar o explorar su entorno. Esa es una de las grandes ventajas de la asociación.

 

Esta necesidad nos mueve a relacionarnos y a usar los medios de comunicación para saber mejor qué hacer en cada momento (cómo divertirnos o resolver un problema)8; nos mueve a enterarnos de lo que ha pasado, aunque no nos afecte de forma directa y nos permite adquirir una cultura general ligada a la sociedad a la que pertenecemos.

 

La necesidad de relevancia y emulación está intrínsecamente relacionada con el progreso del grupo y de sus miembros. Cada individuo necesita que el grupo lo valore, que reconozca su importancia, e imita a los mejores deseando emularlos. Esta necesidad se sustenta en la admiración: el individuo admira a los triunfadores y quiere destacar para ser admirado. El admirador quiere emular al admirado y suele estar dispuesto a apoyarlo, a darle lo que pida (por lo que el éxito es muy rentable).

 

Esta necesidad nos impulsa a destacar por nuestra fuerza, belleza, bondad, simpatía, cultura o inteligencia, buscando el brillo del éxito para atraer la atención, con la esperanza inconsciente de obtener afecto y, por tanto, el apoyo que podamos necesitar. Es un ejemplo del buen hacer de la evolución a la hora de lograr que trabajemos para la mejora de la especie (al inculcarnos el deseo de mejorar y hacer que lo inculquemos en la descendencia). Es la necesidad en la que se sustenta la sociedad de la imagen, la competitividad y una autoevaluación basada en la opinión ajena.


La necesidad de unión y cooperación es la que cohesiona al grupo y hace que sus miembros colaboren entre sí, en beneficio mutuo y del colectivo. Esta necesidad se sustenta en la gratitud: una persona siente agradecimiento cuando hacen algo por ella y desea devolver la atención recibida; al hacerlo suscita la gratitud de la persona beneficiada. Este intercambio engendra el mutuo afecto y, con él, primero la unión y luego la cooperación; la persona querida se asegura el apoyo que pueda necesitar sin tener que suscitar admiración o compasión. El afecto es el cemento de “la unión que hace la fuerza”. El afecto también puede darse a cosas, animales o colectivos; el “hincha” se identifica con su club, sus jugadores y los otros hinchas (sus socios emocionales); nos identificamos también, por ejemplo, con nuestra empresa, partido o religión. Como se verá en un capítulo posterior, el afecto se siente por lo que nos ha producido satisfacción. A menudo, la pertenencia a una institución política o religiosa tiene raíz emocional: una creencia común se convierte en una pasión común.

 

D. Las necesidades “racionales” (propias del ser humano)

 

El ser humano es un animal racional, lo que le diferencia del resto de los mamíferos. La necesidad de entendimiento y racionalización es la más característica del ser humano, la que le lleva a dominar y trasformar su entorno; es la necesidad de comprender el porqué de las cosas. El entendimiento posibilita prevenir o provocar sucesos en beneficio propio identificando a tiempo amenazas y oportunidades. Esta necesidad lleva implícito el concepto de tiempo; prever implica reflexionar sobre las razones de lo que ocurrió para imaginar lo que pasará9; ningún (otro) animal piensa que morirá o lo que hará mañana, ni se recrea / martiriza recordando lo que hizo ayer.


La lógica inherente a la capacidad de entendimiento procede, probablemente, de las estructuras propias del lenguaje, surgidas para permitir una comunicación coherente.

 

El entendimiento lleva implícita la necesidad de racionalización (de disponer de criterios que nos permitan actuar “razonablemente”), que nos impulsa a establecer reglas sociales lógicas (no basadas en la fuerza). El entendimiento nos lleva también a intentar comprender “qué somos”; abre la puerta, por tanto, a las necesidades “espirituales”: las relacionadas con nuestra finalidad y eventual transcendencia10.

 

La necesidad de capacidad y racionalidad aparece a medida que la tribu, en la que impera la ley de la selva, se transforma en una sociedad racionalmente regulada a la que el individuo tiene que adaptarse. En este nuevo entorno social es el acuerdo y el intercambio -y no la fuerza- lo que me permite conseguir lo que preciso: tengo que ser capaz de aportar lo necesario para que me den lo suficiente y, en cualquier caso, hacerlo cumpliendo las reglas.

 

Esta necesidad me impulsa a maximizar todas mis capacidades y, en particular, aquellas que me permiten aportar al colectivo lo que este más valora, asegurándome una contraprestación que rentabilice mi esfuerzo; me mueve, en definitiva, a esforzarme e invertir en mi capacitación teniendo en cuenta que, cuanto mayor sea esta, más fácil me será encontrar un trabajo bien retribuido. Además, puesto que consigo mi autonomía a través del intercambio, esta necesidad me mueve también a “cumplir y hacer cumplir”, lo que es más fácil en una sociedad que fije los derechos y deberes de sus componentes, y vele por el cumplimiento de los pactos entre estos. El deseo, el miedo y la ira “primitivos” se transformarán en el deseo de cumplir, el miedo a no poder hacerlo y la ira si los demás no cumplen.

 

E. Resumen de las necesidades humanas

 

A continuación se resumen las 1 + 9 necesidades humanas, en el “orden evolutivo” explicado:

 

Figura 1.1: Resumen de las necesidades humanas

necesidades humanas

 

En la siguiente tabla se muestra de forma más detallada la manera en que las necesidades aparecen y se relacionan.

 

No debe creerse que las necesidades más recientes y “civilizadas” son las que más nos condicionan; con frecuencia se imponen las más “animales”.

 

Figura 1.2: Desarrollo de las necesidades humanas

Desarrollo de las necesidades humanas


F. Clasificación de las necesidades humanas

 

La necesidad de bienestar (la necesidad de supervivencia que se sustenta en las sensaciones) es una necesidad “vegetativa” a cuya satisfacción se dirigen, de una u otra forma, las nueve necesidades restantes (sustentadas en emociones), las cuales pueden clasificarse, al menos, de las dos formas que se presentan combinadas en la figura siguiente:

 

 

Figura 1.3: Clasificación de las necesidades

Clasificación de las necesidades humanas

 

En la primera clasificación (véanse las filas de la figura), las necesidades se agrupan según el momento en que surgen y representan fases en el desarrollo del ser humano.

 

Ser amparado, poder moverse y percibir el entorno son necesidades innatas, básicas para la supervivencia del bebé; ya las siente cuando aún no se atribuye un “yo” ni distingue al prójimo como “tú”. El bebé es “individualista” y egocéntrico en el sentido de que no puede pensar en los demás (para bien o para mal) porque solo (y apenas) es consciente de sí mismo; no considera a las personas de su entorno como tales (como entes similares a él, con voluntad propia, con los que tendrá que competir o colaborar); no sabe aun lo que es “vivir en sociedad”.

 

Más tarde, el niño deberá enfrentarse a otros niños (en el colegio o la calle) en un ambiente potencialmente cruel en el que, para salir adelante, necesitará defenderse, distinguirse (por algún tipo de capacidad o posesión) y mantenerse enterado de lo que pasa; es la fase de desarrollo en la que se va conformando el ego11, en la que la autoestima se basa en lo que se es, se tiene y se sabe (cuanto más mejor y, a ser posible, más que los otros). Estas necesidades egoicas”, que surgen como resultado de la presión por sobrevivir en la “tribu” y originan comportamientos egoístas, son utilizadas por la evolución para seleccionar a los más fuertes, hábiles o astutos.

 

Por último, las necesidades “cívicas”, propias de las sociedades “civilizadas”, marcan el paso del niño al joven y al adulto. Al civilizarse, el joven constata que es el trabajo, y no la lucha, lo que le da autonomía; que la amistad se consigue dando afecto y no provocando pena o admiración; y que es la razón -y no la pasión- la que le permite actuar eficientemente y distinguir lo bueno de lo malo. En este tránsito del bárbaro al ciudadano, el intercambio y compromiso son esenciales: se debe dar para recibir, querer para ser querido y aceptar deberes si se quieren tener derechos.

 

En la segunda clasificación (véanse las columnas de la figura 1.3), las necesidades se agrupan, según su naturaleza, en necesidades motrices, emocionales y mentales.

 

Las necesidades motrices nos impulsan, en último término, a actuar buscando el bienestar (y la supervivencia12) pero, por su objetivo inmediato, son necesidades de autonomía, de disponer de los recursos (cualidades, habilidades, medios, entorno, etc.) que posibilitan el éxito de la acción sin depender de la ayuda ajena; en este sentido, son necesidades de libertad. En concreto, estas necesidades nos mueven a disponer de a) la libertad “de movimiento” inherente al desarrollo de toda actividad; b) los medios y el entorno que aseguran el éxito de la actividad (para pescar, mejor hacerlo con una buena caña en un lugar con muchos peces) y c) la capacidad para obtener y saber utilizar esos medios.

 

Las necesidades emocionales son, por su finalidad, necesidades de agrupación para la mutua ayuda y colaboración; la evolución nos mueve a ello para que así podamos “hacerlo mejor” (la unión hace la fuerza). Por su objetivo inmediato, son necesidades de afecto, que nos impulsan a buscar la atención de los demás (a captarla y poder ser atendidos cuando lo necesitemos); el afecto / atención se busca a) mostrando desamparo (suscitando compasión); b) logrando destacar (provocando admiración) o c) siendo “bondadoso” (suscitando gratitud).

 

Las necesidades mentales, por su finalidad, son necesidades de prevención; nos impulsan a saber qué hacer: a prever lo que va a ocurrir e imaginar lo que debe hacerse para evitarlo o aprovecharlo según nuestras conveniencias; la prevención también nos ayuda a “hacerlo mejor” (saber es poder, más vale prevenir que curar). Por su objetivo inmediato son necesidades de conocimiento, el cual puede obtenerse a) por observación directa; b) a través de las personas con las que nos relacionamos o c) mediante la reflexión.


1 Si esta necesidad se plantea como la de acabar con el sufrimiento y disfrutar de lo satisfactorio, sea físico o psicológico, se transforma en la necesidad que engloba a todas: sentirse siempre lo mejor posible.

2 Cabe imaginar que si un vegetal fuera consciente (y pudiera “actuar” en beneficio propio) sentiría hambre cuando no le llegasen suficientes nutrientes.

3 El dinero es importante, ante todo, porque es lo que permite disponer de comida y alojamiento.

4 Que consiste en intentar que los demás satisfagan mis deseos y luchar contra quién los contraríe.

5 Esta necesidad nos mueve a “poseer”, pero no a mejorar las capacidades que nos permiten obtener y mantener lo que poseemos (este otro tipo de necesidad se describe en el apartado D).

6 Aunque no es una necesidad “grupal” como las que se muestran en el apartado C.

7 En sociedades avanzadas, las prestaciones de la “seguridad social” son ejemplos de amparo.

8 Y también para cotillear e interesarnos por cosas insubstanciales.

9 La necesidad de percepción y la de información se relacionan con la memoria (necesitamos recordar lo que hemos visto o nos han dicho). La necesidad de entendimiento hace que busquemos estructuras lógicas que nos sirvan para hacer predicciones; se relaciona, por tanto, con la razón.

10 Explicadas en el capítulo 12.

11 Véase el capítulo 5.

12 Véase el apartado A de este capítulo.

COMENTARIOS
13/11/2014
Belmont
Completísimo!, esto tendrían que habérselo explicado a Maslow!
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